La comunidad lgbti organizada

La Marcha del Orgullo como expresión contra Milei en tiempos de odio institucionalizado

Las feministas y la comunidad lgbti tienen una experiencia que avanza de generación en generación y facilita encontrar modos de organización, incluso en los lugares más marginales: una manía de construir con otras personas. Y adquirieron cierta gimnasia incluso para bajar las pretensiones con tal de no romper lo común y para generar desvíos con creatividad: una experiencia que viene de los tiempos en los que éramos mala palabra, que se parecen bastante a los actuales.

Hay una historia de organización lejos del mainstream (más cerca de las cucarachas que de los ministerios), incluso cuando la legislación no acompañaba, sino que echaba tierra. En todo contexto hay intersticios y nuestros movimientos tienen escuela para encontrarlos. En todos, incluso en un contexto que hace creer que nunca nos habían odiado tanto.

Odio oficialista, pero también desde sectores que hasta hace no tanto creían ver en nuestros movimientos reivindicaciones atendibles y horizontes comunes. El fuego amigo de quienes fueron aliados se hizo más audible que nunca en 2023, después del triunfo del libertarismo. Sin embargo, escenas como las que mostró Brasil en las últimas semanas llaman a recalcular las ideas de que el movimiento de mujeres y disidencias es un lastre piantavotos. Porque fueron justamente esos sectores los que tuvieron mayor visibilidad y efectividad en la campaña de la remontada de Lula da Silva.

En Argentina, sin embargo, nunca antes un gobierno había hecho de la homofobia y la misoginia, entre otras formas de odio, una carta de presentación y columna de su programa. Nunca antes, en este grado, convivimos con un discurso oficial que convierte a estos sectores de la sociedad en blanco móvil y chivo expiatorio de todos los malestares. Esa culpabilización tiene lugar desde el discurso, en sintonía con otras expresiones de ultraderecha en el mundo, con lo que ya hicieron los fascismos en otros momentos del siglo XX: gays, lesbianas, feministas, migrantes y musulmanes como origen y responsables de todos los males. En esa línea sin frontera cobran sentido posicionamientos como los de Milei en el Foro de Davos el año pasado, cuando vinculó a la homosexualidad con la pedofilia, y los de muchos de sus funcionarios, amigos íntimos y asesores.

No se trata solo de un ataque verbal o del ámbito de la ‘batalla cultural’. En paralelo, mientras grita, desmantela las políticas públicas que en otros momentos apuntaban a achicar brechas -de clase, de género, etcétera-. Si hay algo inédito en esta Argentina es que destruyeron por completo los programas estatales y las estructuras dedicadas a prevenir y erradicar las violencias de género y la discriminación: ya no queda en pie ningún organismo nacional especializado en esto. Ese es el contexto en el que un gran grupo de adolescentes decidió atacar masivamente a mujeres travestis y trans, grabar videos, subirlos a las redes sociales y exhibir lo que consideraron una hazaña.

Conocimos el ataque no por los medios o por la palabra de las víctimas, sino por la difusión que hicieron los propios victimarios, que convirtieron lo que pasó en “contenido” para redes en un país en el que, desde lo más alto del poder, la bajada es el ataque directo a comunidades como la de las personas trans. Los crímenes de odio en Argentina siempre existieron, pero hay contextos que legitiman y estimulan las condiciones para que sucedan aún más. Eso dicen los datos del Observatorio de la Federación Argentina LGBT: en lo que va de 2026 hubo 260 crímenes de odio; en 2025, 227; y en 2024, 140. Cada 28 horas ocurre uno.

Nada de esto significa que la totalidad de las personas que optaron por Javier Milei en 2023 adhieran a los postulados homofóbicos, misóginos, racistas, clasistas, capacitistas de la fuerza que gobierna, pero sí que no resultaron un impedimento para votarlo.

Además de la defensa de los derechos de las personas lgbt, la convocatoria a ser parte este sábado 7 de noviembre de la Marcha del Orgullo fue una invitación al conjunto de la sociedad. Las organizaciones lgbti llamaron a marchar para “la construcción de una alternativa democrática frente a lo que denuncian como un proyecto autoritario, reaccionario y colonial”. “El objetivo es recuperar un horizonte de justicia social, convivencia plural y respeto por la diversidad sexual y los derechos humanos”.

La gran mayoría de las personas que participan en la Marcha del Orgullo, cada año más multitudinaria, no tienen un recorrido de participación política orgánica. Pero la participación se disparó brutalmente en los últimos años, después de las declaraciones de Milei en el Foro de Davos.

Si bien hacer gala de la postura antiderechos es libertarismo en estado puro, la variedad de colectivos, alianzas e individuos de distintos colores políticos que llaman a unir filas contra el modelo de crueldad e hiperconcentración de la riqueza de Milei, es prueba de que no hace falta sentirse parte del colectivo de la diversidad sexual para marchar este sábado. Ni para reaccionar ante el ejercicio del odio organizado, como el del ataque en los Bosques de Palermo. No hace falta ser el aliade número uno ni pasar por un feministrómetro para posicionarse, expresar descontento y oposición con este estado de cosas.

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