Una fábrica no es una planilla de Excel
Por eso, las declaraciones en el Día de la Industria del presidente Javier Milei y del ministro de Economía, Luis Caputo, merecen ser discutidas con seriedad. No desde la grieta ni desde una posición partidaria. Hay que discutirlas desde donde realmente se siente el impacto de las decisiones económicas: desde la fábrica, desde el comercio y desde los barrios del conurbano.
El Gobierno plantea que las empresas deben adaptarse, reconvertirse, invertir y competir. Es razonable exigir productividad, eficiencia e innovación. Ninguna empresa puede pretender vivir eternamente protegida de la competencia. Pero hay una pregunta que quienes estamos todos los días frente a una pyme necesitamos hacer: ¿Cómo se supone que una empresa argentina debe competir de igual a igual con productos fabricados en países que tienen otra escala, otros costos, subsidios estatales fuertes para la producción, trabajo presurizado, gran acceso al crédito y otras condiciones productivas?
Una máquina industrial no se cambia como quien cambia una planilla de Excel. Una línea de producción requiere inversión. La inversión necesita financiamiento. Y el financiamiento necesita previsibilidad. Quienes trabajamos en la industria sabemos que cada decisión de inversión se piensa en años. Nos preocupa cuando la apertura comercial avanza más rápido que la capacidad de adaptación de nuestras empresas.
Hace pocos días, hablando con empresarios y comerciantes del conurbano, apareció una escena que resume mejor que cualquier estadística lo que está ocurriendo. Un pequeño industrial de la zona, que durante años fabricó en el país y sostuvo puestos de trabajo, me contaba que cada vez le resulta más difícil competir con productos importados que llegan al mercado a valores con los que él no puede producir.
No estaba pidiendo que le cierren la frontera. No estaba pidiendo un subsidio. Estaba tratando de explicar algo mucho más elemental: que los números ya no le cierran.
Tiene máquinas, tiene trabajadores y tiene clientes. Tiene años de experiencia. Pero si producir localmente cuesta más que importar el mismo producto terminado, llega un momento en que la ecuación deja de funcionar. Y entonces aparece la decisión que ningún empresario quiere tomar: bajar la producción, reducir personal o cerrar.
Ese es el verdadero riesgo de una política industrial inexistente: que la discusión termine reducida a cuánto más barato conseguimos comprar, sin preguntarnos qué dejamos de producir para poder comprarlo.
La Unión Industrial Argentina informó que desde agosto de 2023 se perdieron alrededor de 90.000 puestos de trabajo industriales. No son números abstractos. Son familias.
Argentina necesita estabilidad macroeconómica. Necesita terminar con la inflación, ordenar sus cuentas públicas y recuperar previsibilidad. Necesita inversiones y necesita integrarse al mundo.
Podemos conseguir productos más baratos en una góndola y, simultáneamente, perder empresas que tardaron décadas en construirse. Podemos importar más y producir menos. Y ahí está el límite que deberíamos discutir. Una economía abierta no necesariamente es una economía desarrollada.
La verdadera pregunta es qué somos capaces de producir, cuánto valor agregamos, cuántos puestos de trabajo generamos y qué lugar queremos ocupar en el mundo. Nadie plantea volver a una economía cerrada. El mundo cambió y Argentina tiene que competir.
Los países que tienen industrias fuertes no llegaron hasta ahí simplemente abriendo sus mercados y esperando que las empresas sobrevivieran. Desarrollaron infraestructura, tecnología, financiamiento, capacitación y políticas que les permitieron ganar competitividad.
Se trata de entender algo básico: la industria es una política de desarrollo, no una política de protección. Pero también necesitamos un Estado que genere las condiciones para que ese mercado sea verdaderamente competitivo. No un Estado que subsidie eternamente empresas ineficientes.
Pero tampoco uno que mire cómo desaparecen empresas nacionales y considere que se trata simplemente de un proceso natural de selección.
Como industrial pyme, no pido que nos regalen nada. Quiero competir. Quiero invertir. La Argentina tiene una oportunidad enorme. Tiene energía, alimentos, recursos naturales, talento, industria, conocimiento y empresarios dispuestos a invertir. Pero esa oportunidad no se va a transformar automáticamente en desarrollo.
Por eso, frente a las declaraciones del Gobierno, mi preocupación no es ideológica. Es profundamente productiva y social. Abrirnos al mundo, sí. Pero no cerrar nuestras fábricas.
Competir, sí. Pero generando condiciones para poder hacerlo. Reformar, sí. Pero sin destruir el aparato productivo. El desafío no es elegir entre estabilidad e industria. El verdadero desafío es conseguir las dos.
Y para eso, las fábricas tienen que seguir abiertas.
