“Fuck you, Mr. Parkinson”: postales de la despedida del Indio

La fila interminable, el dolor y la política

Por momentos esto engaña: parece un recital. Hay condimentos similares. Los puestitos, el aroma a chori y paty, micropogos, parlantes y coros, baños improvisados, banderas y remeras, micros, una noción de sacrificio y de fidelidad religiosa que se arrastra hasta el final. Puede parecer un recital porque hay dos cosas: una intención de despedir a este hombre con alegría, pero también descreimiento -o ganas de disimular, de esquivar a la muerte-. Descreimiento como sucede ante la muerte de un familiar muy querido. No son pocos los que le dicen “padre” en esta fila. Hay que repetirse varias veces lo que pasó para entender, para que suene real.

Puede parecer un recital pero lo contradicen los ojos hinchados de tanto llorarlo -ya van dos días-, la debilidad de los cánticos, las flores que algunes, en un gesto cargado de ternura, llevan en sus manos. Además: ¿qué es esta fila tan ordenada, tan diferente -por suerte- al caos y la deformidad que caracterizó a todo lo que rodeó a este mágico líder? Los que están vienen a hacer algo muy puntual y no desvían su atención de ese objetivo. Al final del recorrido -de hasta 10 horas de pie, para algunos; muy largo para los que llegaron de lejos; con lluvia para los que llegan hacia la noche- está la certeza de lo inevitable. La necesaria y dolorosa confirmación: ha muerto el Indio.

En la fila, como dijo una chica, se es habitado por una contradicción: no hay, del todo, ganas de llegar al destino, donde la certeza se nos presenta a pocos metros. Rodeado de remeras y otras ofrendas, el ídolo yace en un brillante, lustrado cajón de madera. El salón está oscuro. Una luz teatral ilumina el cajón. Detrás del ataúd hay una pantalla con su apodo, el año en que nació guion símbolo del infinito, un fondo estrellado. La imagen varía de acuerdo al momento que toque. El acercamiento, mediado por una valla, debe ser rápido; la circulación fluida. Los integrantes de la organización apuran el paso colocando la mano en el hombro de los presentes. Es medio un trámite. Absolutamente entendible pero decepciona a la mayoría, que quiere estirar el dolor dulce de la despedida, y especialmente al muchacho que, en la fila para ingresar al Gatica, había ingenuamente preguntado: “El cajón… ¿se puede tocar?“.

Es un fastidio que las frases del Indio se cuelen en todas las notas que remiten a él, pero a la vez es imposible no usarlas, son tan perfectas para describir el acontecimento. Donde hay dolor habrá canciones: hay que cantar mucho para ahuyentar el dolor. Hay frases muy populares que renuevan su sentido en esta tarde de clima plomizo y húmedo, totalmente gris, en el que, maldición, nada más lejos de un día hermoso. El Indio ha muerto y se llevó consigo hasta el sol. Una bandera recoge esa hermosa frase de la dramática “Pabellón séptimo”: “Nadie es capaz de matarte en mi alma”. La sentencia de que “vivir solo cuesta vida” tendrá, de aquí y para siempre, otra resonancia.

En términos de números todo fue, en su vida, numéricamente excesivo, al borde de lo imposible. Había que ser ingenuo para pensar que sería distinto en su muerte. La fila llegó a superar las 70 cuadras de extensión. De acuerdo a la organización, llegaron a darle su último adiós 15 mil personas por hora. El velorio público duró un total de 18 horas. Si hubiera sido en la luna, la luna hubiéramos copado, como solía decirse sobre los recitales.

La fila muestra toda la organización que no hubo jamás en las misas. Hay una conexión amable, educada, respetuosa entre los presentes que se suma a la cuidada tarea oficial de quienes estuvieron a cargo del evento. El único incordio es que muchas personas se retiran por no llegar nunca al Gatica, por los colados. Esto es un tsunami hermoso de amor que atraviesa generaciones. Las anécdotas se multiplican. “Un hermano que ya no está me hizo escuchar al Indio”, “mi hijo se llama Patricio por Patricio Rey”, “estoy enterrando a un padre por segunda vez”, “nos conocimos con mi pareja en un recital”, etcétera, etcétera. Hay una dimensión que tiene el Indio que posiblemente no tenga ningún otro artista musical: el Indio es mucho más que música, es todo lo que nos hizo vivir. Hemos vivido a través de su música, de sus recitales. Y nos habló sin subestimarnos. Por eso también muchos agradecen el aporte cultural que les dio.

La política se filtra muy poderosamente en este encuentro, que es una expresión del pueblo. Un poco sorprende, aunque no debería: el Indio enseñó, a través de sus letras, que todo es político, que lo personal también lo es. En sus últimos años fue mucho más explícito respecto de su ideología. Su velorio condensa el enojo, la bronca que arrasa las almas en la era Milei, una bronca muchas veces anestesiada y oculta, y alimentada en este caso por el ninguneo de las autoridades nacionales a semejante hecho y figura. En cuanto las cámaras de TV aparecen, los seguidores del cantante despotrican contra el Presidente. Hay banderas que piden por la libertad de Cristina. En los puestitos se ven imágenes de Evita y de Cristina. Hace unos días, Myriam Bregman, dirigente del Frente de Izquierda, oportunamente ironizó: “Si juntamos la fuerza que demostraron los ricoteros y las mujeres el 3 de junio, en una semana recuperamos las Malvinas”.

A la salida del Gatica todo es más obvio. Pese a los condimentos de recital, esto es un velorio. El llanto es silencioso o desconsolado, pero es siempre un punto final. Unos chicos trasladan una bandera negra con letras blancas. Dice: “Fuck you, Mr. Parkinson”. Es una frase que posteó el Indio en 2020 a cuatro años de anunciar que la enfermedad le estaba “pisando los talones”. Ha muerto el Indio y estamos desangelados. Más que nunca.

Por María Daniela Yaccar
Fuente
Pagina12

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