Riesgo Milei : la emocionalidad presidencial y el olvido del pragmatismo
Hoy por hoy, Bullrich tiene más chances de irse del gobierno que Adorni. Y esto porque en su afán por abroquelarse y resistir, a la espera de que el programa económico dé resultados y él pueda ser reelecto, el Presidente se abraza a la fe, no a cálculo ni a pragmatismo alguno. Combate a los infieles con un sermón de la montaña, y convoca a una cruzada.
Nos gobierna la “emocionalidad”, no el pragmatismo presidencial. Es que de las dos almas que habitan en el Milei político, ante las dificultades suele dominar, al menos en principio, la más religiosa y pasional, no la racional y pragmática. Después tal vez ajuste sus inclinaciones y decisiones, en caso de necesidad. Pero a veces solo lo hace al borde del abismo. Lo vimos ya el año pasado.
Tras haber chocado de frente contra esta actitud en la última reunión de Gabinete, Patricia Bullrich describió el problema que enfrenta el Gobierno en estos días, y la raíz y sentido del “caso Adorni”, con singular precisión: el Presidente se está dejando llevar por sus emociones, sus pasiones, su fe. Dicho de otro modo, la exministra nos advirtió que no se están haciendo cálculos políticos de costo/beneficio sobre el jefe de Gabinete en problemas, ni se desarrolla una estrategia de contención de la crisis que pueda ajustarse según los cambios que se produzcan en el entorno, sino una cruzada.
En parte, porque Milei siempre reacciona según las emociones que lo dominan, y la que más lo domina últimamente es una que lo ha acompañado probablemente toda la vida: se siente incomprendido, y resentido con el prójimo por ese motivo, y espera que quienes lo desprecian o critican se arrepientan de haberlo hecho cuando llegue el “momento de la revelación”, un hecho milagroso que desnude la falsedad de las creencias de sus adversarios y la verdad de las suyas.
Adorni es síntoma y canal de esta disposición. E ilustra muy bien cómo se puede convertir un problema menor en una crisis descomunal, simplemente por una cuestión de fe.
Milei mismo puso sobre la mesa esta cuestión de fe días atrás, aunque no se le prestó suficiente atención a sus palabras: “Adorni es honesto”, dijo, independientemente de lo que haya sucedido con “un par de cañitos”, una piscina acá o allá, es “una persona de bien” y merece que él lo salve de los mercaderes que se disfrazan de fiscales de la república, aún al precio de ser crucificado en las próximas elecciones.

Muchos interpretaron estas palabras como una muestra extrema de cinismo presidencial, pero fue todo lo contrario, una declaración de profunda “moralidad”: si nos atenemos a su argumento sobre “la moralidad como cuestión de Estado”, que expuso en la inauguración de sesiones legislativas de marzo pasado, el bien consiste para el Presidente en promover las creencias que han hecho grande y próspero a Occidente, que llevan directo y sin desvío alguno de la tradición judeocristiana a la filosofía libertaria y anarcocapitalista; que es lo que viene haciendo Adorni, según Milei, muy consecuentemente, desde el púlpito que él le ha concedido; así que no hay cascadita que valga, no hay forma que encontremos en el jefe de Gabinete la deshonestidad que practican y pertenece, toda y absolutamente, a los enemigos de esas creencias.
Y por si quedaba alguna duda, ante un engolosinado gordo Dan, Milei acaba de ratificar en Carajo esta cuestión de fe, como guía de sus pasos. Atribuyendo carácter satánico tanto al marxismo como a todas las creencias socializantes que, según él, inspiran a sus detractores, a los dubitativos e incluso a los indiferentes frente a esta titánica batalla entre el bien y el mal que viene librando.
Con lo cual volvió a explicitar que lo que se viene es una cruzada: de allí que estén decididos a recortarles a las universidades todos los recursos que eventualmente la Justicia pueda habilitarles, en caso de que se destrabe la Ley de Financiamiento; Karina haya dado la orden de avanzar con los proyectos de reforma política “tal y como los presentó el oficialismo”, aunque las chances de aprobarlos se reduzcan drásticamente en caso de que esa pretensión se confirme; y el Presidente se desdijera de lo que reconoció en medio de la campaña electoral de 2025, cuando necesitó dar un salvador giro pragmático, respecto a la inconveniencia de seguir peleándose con los periodistas, con la pretensión ahora de ponerlos en un pie de igualdad con los funcionarios, en cuanto a la auscultación pública de sus patrimonios. Conviene tomarse en serio estas múltiples manifestaciones de confrontacionismo, porque de otro modo no se entiende hasta qué punto el “caso Adorni” ha cambiado no solo la agenda opositora, sino la oficialista.
Y el problema principal que enfrenta Milei para sostener esta apuesta no es tanto la oposición, sino el frente interno. Porque en su propia base estas pretensiones de moralizar en clave religiosa su proyecto no generan mayor consenso: aunque la situación económica haya dejado de empeorar el oficialismo no se recupera en las encuestas, en gran medida porque hasta parte de sus seguidores más fieles consideran que el manejo de los problemas de corrupción que viene haciendo el gobierno es por lo menos insatisfactorio, sino absurdo e injustificado. Y porque ese consenso religioso tampoco existe en el propio equipo.
Las críticas públicas de Bullrich no han podido ser acalladas por los Milei porque saben muy bien que expresan una opinión bastante extendida entre los funcionarios, incluso los ministros. Para empezar, de Economía, Interior y Cancillería, pero también Justicia, cartera a la que los hermanos presidenciales le encargaron que haga desistir a Ariel Lijo del afán investigativo contra Adorni ofreciéndole juzgados a sus familiares y amigos, que igual Lijo sabe que no van a tener otra que concederle. Vueltas de la vida: Bullrich no apoyó su llegada a la Corte, pero ahora él la ayuda a demostrar que las cruzadas presidenciales son una “emocionalidad” que conviene controlar antes de que se vuelvan más dañinas.

Y los Milei también saben que la opinión de Bullrich es ampliamente compartida en el empresariado y los gobiernos aliados, en particular en Washington. Con lo cual se ha vuelto aún más difícil de ignorar, o excomulgar.
¿Significa esto que “los laicos” tienen chances de imponerse sobre “los cruzados” y conducir al Gobierno, tal como sucedió tras septiembre de 2025, por el camino de la racionalidad? Difícil, a menos que los apoyos sociales al Gobierno se derrumben, eso alimente fuertemente la incertidumbre económica, porque la reelección del Presidente no solo se mantenga, como ahora, “en duda”, sino se vuelva directamente improbable. Solo si algo así ocurriera Bullrich podría torcerle el brazo a Milei, y encabezar un nuevo giro pragmático. Si, como es más probable, nada de esto sucede, porque la crisis de la confianza pública se mantiene en los parámetros actuales, la oposición sigue descoordinada y la economía aunque sea tibiamente se recupera, entonces los hermanos pueden esperar que la tormenta pase para tomarse venganza. Y tal vez prescindir de los servicios de Bullrich, o al menos horadarla poco a poco, para que caiga en las encuestas (donde por ahora se mantiene al tope), cortar sus vínculos en el Gabinete, el empresariado y el exterior, y que ya no sea una amenaza contra ellos, sino un más dócil instrumento. De modo que el resto de los laicos escarmienten y abracen la fe.
Lo que viene facilitado por un dato que a los Milei seguramente no se les escapa, y tampoco a Bullrich: para que ella pueda ejercer un rol mínimamente autónomo, además del debilitamiento del vértice del poder, necesita poder ejercer una cierta coordinación entre todos esos actores que conforman la base “no religiosa” ni fanatizada del proyecto oficial y le dan viabilidad; e incluso ser capaz de amenazar creíblemente con una ruptura, para ofrecer una vía alternativa de reformas y estabilización, si el mileismo desbarranca; y lo cierto es que las capacidades de coordinación necesarias para que esto funcione, sea desde dentro o desde fuera del gobierno, están ausentes.
Probablemente confiando en que esto es y seguirá siendo así fue que Milei hizo lo que hizo cuando estalló el escándalo de las propiedades de su jefe de Gabinete. E invirtió la lógica del “fusible”: habitualmente los ministros son los que pagan los platos rotos cuando el presidente se equivoca; si él decide un curso de acción en algún área del gobierno que da malos resultados, descarga los costos echando al funcionario respectivo, para que se lleve con él el problema; pero Milei dio vuelta esa relación en este caso, planteó que él está dispuesto a dejar su cargo, perder la Presidencia, para salvar a su ministro coordinador de la ignominia de un despido inculpatorio, que prefiere perder el entero gobierno antes que extraviar el alma del buen Adorni. Con lo cual de paso se mostró más fiel al “amigo” y a sus “creencias”, que a la conservación del poder.
Aunque también hubo algo de amenaza en ese planteo: les estaba diciendo a los argentinos de a pie “mejor no insistan en hablar del tema, porque de hacerlo voy a mantenerme en mis trece, la crisis va a escalar y el Gobierno y su programa van a derrumbarse, así que el costo será letal tanto para mí como para ustedes, todos ustedes”.
Pero si ese fue el cálculo, la irracionalidad política que lo gobierna es aún más evidente: las chances de que el gobierno pierda más apoyos, la incertidumbre política y económica se incrementen, y por tanto también lo haga el malhumor social eran y siguen siendo altas, independientemente de si la amenaza que planteó Milei se volvía creíble para la audiencia, cosa que, al menos hasta ahora, no sucedió. Con lo cual la extorsión perdía sentido y se volvía autodestructiva, tal vez “aleccionadora” sí, pero en la destrucción: simplemente estaba haciendo que se extendiera el fuego que él, Milei, decía que podría apagar si lo dejaban hacer lo que le plazca, pero más sencillamente apagaba si echaba a Adorni y ya.
El “riesgo Milei”, precisamente el tema de estos días no solo en el debate público sino también en los cálculos de los operadores económicos y los aliados internos y externos del Presidente, fue lo que Bullrich quiso graficar al referirse al problema de la “emocionalidad”, a su gravitación y las dificultades que introduce en la gestión. Para cuyo manejo, control, o eventual supresión, ella se ofrece.
Pero también Macri se apuró a anotarse para esa misión, con su proclama sobre los “Próximos Pasos”. En su comunicado del día de la marcha universitaria el expresidente adelantó un diagnóstico sobre la nueva situación política que cree está conformándose, según el cual los argentinos vuelven a estar disponibles para que alguien represente sus deseos de cambio, porque, como explica el texto, han hecho ya su esfuerzo pero siguen esperando soluciones que no llegan. No importa en este contexto el poder momentáneo de los partidos, los gobiernos ni los funcionarios, importa ese deseo de cambio. Que lo que queda del PRO espera poder recoger de la supuesta vacancia en que lo estaría dejando el oficialismo con sus desatinos.

¿Está demasiado apurado Macri por sacar ventaja de la situación, o llegan demasiado tarde advertencias y críticas que debió hacer dos años atrás? Difícil decirlo. Lo seguro, de partida, es que su intervención ilustra ante todo los problemas de coordinación y cooperación que afectan a los demás actores de la escena y benefician a Milei: si el expresidente, como vocearon sus seguidores en Vicente López el viernes pasado, desea aún tener su “segunda oportunidad” difícilmente coopere con Bullrich para que ella tenga su primera. Y tampoco pareciera va a cooperar mucho con los gobernadores del propio PRO para que conserven las suyas: de allí que ellos pusieran el grito en el cielo y acusaran al todavía presidente de su partido de actuar en forma inconsulta y “descoordinada”. Esperan ser beneficiarios de un acuerdo con el mileismo por el cual recibirán recursos, y garantías de que no se obstaculizará sus reelecciones, a cambio de que tampoco compliquen la reelección del presidente. Apuesta que parece van a compartir con unos cuantos de sus pares radicales y peronistas. Y explica que los problemas de coordinación y cooperación en esos otros partidos sean también agudos.
Porque ese acuerdo, que les vienen ofreciendo Karina y Santilli, en este terreno sí actuando con gran pragmatismo, es un negocio para muchísimos gobernadores bastante sencillo y seguro, incluso en caso de que la reelección de Milei se siga complicando. Y porque es acorde a lo que vienen practicando desde los tiempos de los Kirchner, en tratos entre nación y distritos que siempre, o casi siempre, se cumplieron. Todavía debería producirse una crisis mucho más grave que la actual para que ese andamiaje tan tradicional y efectivo se tambalee.
Y esta es probablemente la parte de “estrategia” más firme que hay detrás del despliegue de emocionalidad presidencial que estamos presenciando. La popularidad del jefe de Estado cae, la incertidumbre política contamina un poco más una escena económica ya complicada, pero si la oposición sigue dividida, sin base territorial cohesionada, y sin planes ni líderes novedosos, si la inflación y el riesgo país vuelven a caer y la actividad repunta, aunque sea un poco, probablemente estos meses malos el gobierno logre atravesarlos sin hacer ningún cambio importante.
Podrá haber muchas marchas de protesta, podrán los opositores declamar causas nobles que el gobierno deja vacantes, pero al final del día muy difícilmente haya alternativas cohesionadas en torno a esos nobles objetivos: las universidades no ganan elecciones, la corrupción rara vez las pierde, las ganan el empleo, la desinflación, la seguridad y el orden, ese tipo de materialidades que sigue estando en manos del gobierno proveer.
Esta apuesta sigue dándole combustible al proyecto presidencial de convertir a LLA en una fuerza hegemónica, autosuficiente y capaz de deglutir a sus aliados. Se entiende el apuro por tanto de Bullrich y Macri: mejor aprovechar el momento de debilidad, tal vez pasajero, para diferenciarse, fortalecer perfil propio y negociar condiciones de convivencia, porque los Milei no van a ser generosos si sobreviven a este período de crisis más o menos indemnes y vuelven a ganar consenso.
