Gallardo ya no podía arreglar más nada

Marcelo Gallardo se va de River porque sintió que se quedó sin recursos y que ya no podía arreglar todo lo que se le había desarreglado. Por primera vez en sus dos ciclos en el club como director técnico, no tuvo más nada que decir.

Por eso, quien el 5 de agosto de 2024 retornó al Monumental para repetir aquella grandeza de sus primer tiempo, ahora elige retirarse en voz baja y con una pretensión mucho más modesta: recibir un cálido aplauso a modo de despedida.

El problema no pasó por las tres caídas consecutivas ante Tigre, Argentinos y Vélez. Viene de mucho más lejos. Desde que volvió al club, Gallardo no tuvo ningún acierto. O al menos, nunca se le dieron los resultados. Jamás consiguió que sus equipos se hicieran respetar.

En esta seguidilla de frustraciones, su responsabilidad siempre quedó dibujada con trazos muy nítidos. No sólo porque fue él quien eligió los jugadores y definió los planteos para cada partido sino porque además, tuvo la última palabra del fútbol riverplatense. Para volver a River, Gallardo exigió el poder total. Y los presidentes Jorge Brito y Stéfano Cozza Di Carlo, se lo concedieron. Fue Gallardo quien dispuso las altas y bajas del plantel. Si River invirtió en refuerzos casi 80 millones de euros en los cuatro últimos mercados de pases y dio de baja dos docenas de jugadores y una decena de juveniles fue porque así lo dispuso Gallardo. Nadie más que él.

Todo lo que jugó en estos dos años (torneos Apertura y Clausura, Mundial de Clubes, Copa Libertadores y Copa Argentina) lo perdió. Y las tres derrotas de 2026 (doce en los últimos veinte partidos) han dejado al equipo por ahora fuera de los ocho primeros de su zona. Lo que equivale a decir que si los playoffs del Apertura comenzaran esta semana, River los estaría mirando desde afuera.

Cualquier otro entrenador sin su espalda inmensa hubiera tenido que irse mucho antes ante semejante escenario. Pero Gallardo resistió hasta la noche del lunes sólo por la historia y el aura ganadora que tuvo detrásEn verdad, su ciclo quedó concluido después de la eliminación ante Palmeiras en los cuartos de final de la Copa Libertadores del año pasado. Todo lo vino después resultó una larga agonía en la que Gallardo terminó entrampado por una confusión que le impidió tomar las mejores decisiones. Hasta llegar a este punto al que se llegó.

Gallardo sabía que no había mañana después de la próxima derrota. Y prefirió reducir los daños y despedirse después de haber comprobado, el domingo por la noche en Liniers, que sus viejos fuegos se habían apagado. Y que ya no había mas fuerzas ni convicción para seguir insistiendo. Mucho más en la derrota.

Por Daniel Guiñazú
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Pagina12

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