La pelota desclasada y sin Navidad para la clase obrera
El estereotipo de clase obrera saliendo de una fábrica como en una película de los hermanos Lumière, con las manos manchadas de grasa y la frente empapada de sudor, con interminables turnos en la cadena de montaje, con vidas austeras en barrios del extrarradio, parece un retrato de un tiempo pretérito, casi desaparecido.
Según las encuestas, solo una mínima parte de la sociedad se considera de clase trabajadora, aunque trabaje; sin embargo, una inmensa mayoría se autopercibe como de clase media (alta, media, baja). Existe una fuerte divergencia entre los resultados empíricos y la percepción de los hechos. Ahora que todos somos clase media, y obreros son los otros, tal vez la sumisión atávica de una vergüenza inducida esté en el origen de los movimientos políticos que nos traen de cabeza. La conciencia de clase ha desaparecido, y no puede haber Navidad para una clase que no existe.
La Navidad es música de villancicos. Al sentir que suena en el aire noche de amor, a la clientela se le ablanda el corazón y de la mano del reflejo condicionado se va directamente de compras. Cuando suene “Noche de paz” te verás sin saber por qué con una bolsa de grandes almacenes en la mano. El villancico sube y baja por las grandes escaleras, se disemina por todas las secciones, penetra en los probadores, en los baños, y te persigue por todas las plantas, profetizando las bondades del consumo enajenado. Sabemos que no hay Navidad para todos. No la Hay. No la hay para los desprotegidos, los indefensos, los vulnerables, los invisibles, los expulsados del sistema. Hace tiempo que vamos por la vida con el ceño fruncido en un gesto de dureza para disimular que nuestros huesos son de gelatina.
(*) Periodista, exjugador de Vélez, clubes de España y campeón del Mundo 79.
