Una historia de la derecha argentina del siglo XIX a Milei

De las dos familias de la derecha argentina a la nueva ultraderecha global. Liberales conservadores y nacionalistas reaccionarios, opciones de centro y ultras. “Historia de las derechas en Argentina” de Ernesto Bohoslavsky y Sergio Morresi traza un recorrido bajo la pregunta de qué significa ser de derecha, antes y ahora.

No es frecuente que un libro de Historia se convierta en texto urgente, de candente actualidad. Y, sin embargo, con varios libros recientes (el último, podría decirse, es El fracaso de la República de Weimar de Volker Ullrich, de reciente aparición en castellano, o el oportunísimo Síndrome 33 de Siegmund Ginzberg) viene sucediendo algo así. Pero estos textos, entre otros, son indirectamente de candente actualidad para la historia argentina o de América Latina. Presuponen operaciones mentales por parte de los lectores, fundamentalmente la de atar cabos. Ver, por ejemplo, cuánto hay de lo que se prefiguró en los años de 1923 a 1933 en Europa, en el auge de las actuales ultraderechas hasta llegar hasta aquí nomás a la vuelta de la esquina. Presupone comparar, evaluar y entonces, el atar cabos va a derivar finalmente en un insoslayable salvando las distancias. Las retóricas pueden ser alarmantemente similares, o recurrentes, pero obviamente la posibilidad de un Reich en pleno siglo 21 es imposible. Y uno también puede a esto retrucar: si al fin y al cabo la memoria histórica no sirve para nada, si leer historia se ha convertido en un pasatiempo melancólico de personas que alguna vez se involucraron en los asuntos de la polis, si por una inflación que no llegó ni a los tobillos de aquella híper que desquició al pueblo alemán en los años 20, votan a un mesías grotesco, etcétera, etcétera ¿por qué no habría de repetirse la historia en manos de quienes la niegan? En fin, en ese barro estamos.

Mientras tanto, la publicación de Historia de las derechas en Argentina: de fines del siglo XIX a Milei de Ernesto Bohoslavsky y Sergio Morresi -historiador y politólogo respectivamente- no solo sorprende con una propuesta “urgente” que proviene del campo académico, sino que no se trataría esta vez para nosotros los lectores de aquí y ahora, de senderos indirectos, procesos paralelos o reverberaciones del pasado en el presente. Es exactamente una historia de las manifestaciones de derecha en la Argentina, y si bien se reserva la evaluación provisoria acerca del lugar de Javier Milei en esta historia de la historia, lo incorpora plenamente al sistema en estudio. Nos dirán hacia el final los autores del libro: Milei ya está incorporado a la historia de la derecha argentina y es uno de sus jalones más rutilantes desde fines del siglo XIX. El resto, se verá.

Bohoslavsky y Morresi recortan un campo de pertenencia y desde ahí disparan interrogantes que a su vez anticipan esta inmersión teórica y práctica en las mejores familias de la derecha: ¿Por qué no se les ha prestado mayor atención desde el campo intelectual, sobre todo en los últimos diez o quince años? ¿Por qué desde el universo de la izquierda o el movimiento nacional popular, no se les ha dado crédito a los nuevos susurros en los oídos del pueblo (esos “cantos de sirena” tan caros a la retórica marxista argentina), o se los ha minimizado, o han despreciado y hasta desdeñado y burlado a sus voceros? ¿Otro caso de arrogancia “líberal” o progre al mejor estilo Late Night Shows? ¿Por qué se afirma que no se vio venir a Milei si Milei vociferaba a los cuatro vientos que era de ultraderecha? ¿Está en peligro la democracia realmente en el momento en que estamos leyendo este libro? Entonces, para contestar alguna pregunta o plantear nuevos interrogantes, nada mejor que hacer un poco de historia.

PASA EN LAS MEJORES FAMILIAS

Hay que remontarse a la conformación del bloque conservador en la Argentina a través del PAN, una primera y formidable maquinaria política que, sin embargo, en su origen no era más que un club de liderazgos. Pero si bien representaba preponderantemente a la elite, también fue logrando arraigo popular. En el arco que fue de 1880 a 1930 (el año del primer golpe militar contra los “excesos” de la democracia), liberales y nacionalistas fueron convergiendo y divergiendo. Nació la Liga Patriótica Argentina, que alcanzó tintes de ultranacionalismo y puso el foco en destruir al yrigoyenismo y azuzar al incipiente partido militar. El breve periodo 1928-1930 fue decepcionante para las derechas porque en tan breve periodo se comprobó que se podía ser más o menos republicano, jugar el juego de las mayorías, seducir a la sociedad con palabras altisonantes, amenazas e invectivas, pero el votante, en definitiva, les dio la espalda. De esa decepción nace la tentación autoritaria, la seducción del militarismo y la vía de los golpes institucionales. Primera máscara arrancada del rostro de la política argentina.

Los años 30 marcarían además el auge y la caída en desgracia de la gran familia conservadora entre escándalos de corrupción, con el Pacto Roca-Runciman a la cabeza, que derivó en el descubrimiento de los bajos precios en los pagos a las carnes argentinas, lo que derivó en el gran debate en el Senado y el asesinato de Enzo Bordabehere, el senador estrechamente ligado a Lisandro de la Torre. Estos y otros casos resonantes como el de la proveedora de electricidad CHADE (un caso de corrupción a la manera casi clásica), eclipsaron a la familia liberal y marcaron el primer gran auge de los nacionalistas, que solían ser más bien rumiantes dispersos, amargados y teóricos.

Ya entramos en el mundo de la Segunda Guerra Mundial, el peronismo a nivel local y el comunismo como gran polo de atracción para las izquierdas de América Latina. Este panorama va a terminar por delinear lo que Bohoslavsky y Morresi plantean de arranque: la existencia de dos grandes familias de las derechas argentinas: la liberal- conservadora y la nacionalista- reaccionaria. Y la posibilidad de que en un futuro signado por un giro de época y mediante formas de asociación o coaliciones escritas en la arena, con pactos de sangre no derramada y conveniencias mutuas rigurosamente controladas, terminen convergiendo en una familia común que entienda que la unión hace la fuerza y que la fuerza es el objetivo estratégico para tener el poder.

Aparece, entonces, el término clave que es “fusionismo” y que parece ser en la actualidad algo así como el aspecto pragmático de la tan mentada batalla cultural, que no sería, en todo caso, una cortina de humo, pero que tampoco debería ser una barrera insalvable para los que releyendo el siglo XX, resucitaron el enemigo supremo: el comunismo. Algo así como: demos la batalla cultural, pero no nos matemos entre nosotros.

“El fusionismo no se limita a que distintos actores compartan transitoriamente un espacio con un ánimo instrumental. Se refiere, en cambio, a un trabajo sistemático de cultivo de una identidad común a través de deslizamientos y reacomodamientos de los actores, renovaciones conceptuales y de los repertorios y yuxtaposición de los panteones y las bibliotecas”.

Ya es el siglo XXI, con sus ciclos cada vez más cortos y una temporalidad marcada por la nueva locomotora de la historia: el aceleracionismo. Podríamos agregar la teoría de generar caos y desorden en forma permanente para que las personas (subjetividades capturadas en las más diversas redes) no puedan pensar, ni reaccionar en forma colectiva, sino apenas replegarse sobre sí mismas en un gesto ultra defensivo.

En este contexto, el flamante ascenso de una formación de derecha tan insondable como disruptiva, parece ser algo menos opaca si se consideran los dos factores o intersecciones que describen los autores de Historia de las derechas en Argentina: en el orden local, “un acercamiento entre la familia nacionalista-reaccionaria y liberal-conservadora que empezó entre los activistas, pero que luego también fue adoptada por los representantes políticos y se desarrolló y amplió incluso entre algunos de los votantes de LLA”. Y en el orden general, o mundial, “un desdibujamiento de la frontera entre la derecha mainstream (que participa de y sostiene la democracia liberal) y la derecha radicalizada que impugna algunos de los principios básicos de la democracia, como la separación de poderes o el pluralismo político”.

Los autores del libro cierran cada capítulo con una “coda”, una suerte de remate que trata de no ser conclusivo ni reiterativo sino más bien ilustrar un estado de las cosas que nunca es repetición de lo anterior, pero tampoco es ajeno a los hechos de la historia. Una “coda” para esta nota podría ser entonces estas palabras: “Hay motivos para pensar que el surgimiento de LLA debe mucho a un proceso de convergencias superpuestas: las familias derechistas que habían estado alejadas comenzaron a acercarse al mismo tiempo que la distancia entre la centroderecha y las posiciones radicalizadas se fue acortando”.

Y una coda más, propia: frente a tanto análisis apresurado, arrogante y desorientado y, sobre todo, superficial al que asistimos durante los dos larguísimos procesos electorales de 2023 a la fecha, el libro de Ernesto Bohoslavsky y Sergio Morresi debería ser considerado un faro de rigor sin prejuicios, pero, sobre todo, un ejercicio de paciencia y humildad.

Por Claudio Zeiger
Fuente
Pagina12

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