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De grafitis y explosivos caseros

La denuncia del “atentado fascista”, efectuada masivamente a través de posts y comentarios en las redes sociales, vuelve a insertar en el debate político actual un término que, a casi 100 años de la Marcha sobre Roma, conserva su plena vigencia, aunque no como un término exacto y de significado inequívoco, sino más bien como un adjetivo peyorativo y polisémico que emplear en la arena ideológica, virtual en este caso.

De grafitis y explosivos caseros

Fuente: *Bruno Cimatti para TRAMAS Boletín de noticias sobre Trabajo y Sociedad en Bahía Blanca

Foto: apepe

En la madrugada del 25 de mayo pasado, la detonación de un artefacto explosivo casero generó graves daños en el local del Ateneo Néstor Kirchner de Bahía Blanca ubicado en pleno centro de la ciudad, en la intersección de las calles Donado y Berutti. El execrable atentado, así como los graves daños producidos, afortunadamente solo materiales, y los panfletos amenazantes que se encontraron en el lugar fueron objeto de un repudio inmediato y relativamente transversal en la clase dirigente y la opinión pública bahienses y nacionales, y el caso ya se encuentra en investigación por parte de la justicia.

Pasados ya algunos días luego de la conmoción que significó el evento, se nos plantea la oportunidad de reflexionar sobre un concepto que suele salir a la luz en el léxico político argentino, aunque no solo argentino, en momentos en los que la violencia o la intolerancia políticas aparecen en el horizonte de una sociedad que se considera democrática. En efecto, si se presta atención a las numerosas declaraciones que, con motivo del atentado sufrido por el mencionado local, realizaron numerosas agrupaciones e individuos, puede rastrearse cierta recurrencia al empleo de una palabra que resalta incluso por remitir directamente a una lengua extranjera aunque, como indicamos, forme parte del vocabulario político cotidiano: fascismo.

La denuncia del “atentado fascista”, efectuada masivamente a través de posts y comentarios en las redes sociales, vuelve a insertar en el debate político actual un término que, a casi 100 años de la Marcha sobre Roma, conserva su plena vigencia, aunque no como un término exacto y de significado inequívoco, sino más bien como un adjetivo peyorativo y polisémico que emplear en la arena ideológica, virtual en este caso. No es mi interés criticar en estas líneas el empleo del concepto de fascismo y sus derivaciones en el marco de las redes sociales o de los antagonismos políticos actuales o del pasado. En efecto, soy perfectamente consciente de que el recurso a términos deslegitimadores es inherente a la confrontación ideológica y que el empleo de los mismos en momentos de “calor político” no tiene por qué conllevar necesariamente una reflexión sobre los orígenes del mismo o su aplicación a cada caso particular, e incluso es más que probable que más de una vez uno mismo haya incurrido en esa práctica.

No obstante, considero que, abierta la puerta a la reflexión, es interesante repensar el porqué de la vigencia de un concepto en un contexto espacio-temporal diverso del de la Italia de la primera posguerra. Resulta asimismo llamativo constatar que la polisemia que el término carga en su interpretación más difundida hace que pueda ser empleado desde casi cualquier punto del arco político, siendo necesario únicamente cambiar su destinatario. Solo por citar algunos ejemplos recientes, el calificativo de “fascista” fue empleado en diversos sentidos, por Javier MileiJosé Luis EspertMauricio MacriAlejandro RozitchnerElisa CarrióFernando IglesiasLuis JuezJulio BárbaroAlberto FernándezElizabeth Gómez AlcortaManuela Castañeira o Christian Castillo, entre otros. Fuera de la política, y entrando en el campo del periodismo, el término ha sido empleado por Carlos PagniJorge LanataÁngel Pedro EtchecoparJonatan VialeEduardo FeinmannCristina Pérez o Pablo Duggan, entre los primeros que se pueden rastrear sin dificultad. La variedad de emisores y de receptores del concepto nos permiten mínimamente preguntarnos: ¿qué significa ser fascista en la actualidad? ¿Cómo puede el mismo término ser empleado al mismo tiempo y de manera recíproca por adversarios políticos? ¿O se trata acaso únicamente de un término peyorativo, un insulto aplicado hacia actitudes y declaraciones en función de la oposición que el emisor pueda detentar frente a ellas?

Por si fuera poco, la aplicación del concepto no se ha limitado a diversas figuras políticas contemporáneas, sino que también ha sido utilizado abordajes de diferentes actores políticos y procesos históricos a ellos vinculados de la historia argentina, entre los que puede mencionarse los del historiador Federico Finchelstein o el periodista Ignacio Montes de Oca. El primero ha aplicado dicho concepto a diversos momentos y personajes, tales como José Félix Uriburu y el golpe de 1930 (Finchelstein, 2002),[1] o al peronismo, las organizaciones terroristas de derecha como Tacuara y la Triple A, y la dictadura militar de 1977-1983, los que han sido articulados como parte de una línea vinculada a un supuesto fascismo argentino caracterizado por la conjunción de los principios de esa ideología y los de la Iglesia católica en el país (Finchelstein, 2014).[2]

No deja de ser oportuno señalar que este tipo de enfoques, indudablemente más académico, no está exento del recurso al término de manera peyorativa en el marco de una disputa política. En efecto, por ejemplo, el best seller publicado en 2018 por Montes de Oca[3] es un claro ejemplo de esto último, en tanto que desde una perspectiva liberal apunta a develar “la matriz autoritaria del peronismo”, al que identifica como “el fascismo argentino”.[4]

Trabajos como los reseñados bien podrían considerarse expresión de lo que Jorge Saborido ha referido como el “uso inflacionario del concepto de fascismo”,[5] al introducir una selección de las reflexiones realizadas al respecto por el politólogo e historiador alemán Karl Dietrich Bracher. Este último alertaba, ya hacia el tercer cuarto del siglo XX, sobre la “defectuosa precisión” y la “casi ilimitada capacidad de extensión” que caracterizaban la utilización del concepto tanto en el plano científico, donde se percibe la “inclinación y el hábito de aplicar la autodesignación del movimiento dictatorial italiano, como concepto general, a todos los nacionalismos autoritarios de derecha en todo el mundo”, como en el político, donde ha sido crecientemente utilizado “como concepto de lucha de manera sumamente distinta por los liberales, conservadores, socialistas y comunistas”.[6] Una advertencia similar es la realizada por el historiador italiano Emilio Gentile sobre el proceso de “inflación semántica” sufrido por el concepto a partir de su aplicación indiscriminada en la historiografía, las ciencias sociales y la disputa política.[7]

Volviendo a la atmósfera de lo recientemente acontecido en Bahía Blanca, cabe preguntarse, ¿qué vuelve fascista al atentado más allá que el hecho de representar un acto antidemocrático asociado por ello con el fascismo? O mejor aún, y en un sentido inverso: ¿Son el desprecio por la democracia liberal y la intolerancia los únicos elementos distintivos y definitorios del fascismo? En efecto, si se analiza el discurso de algunas de las agrupaciones de apariencia neofascista y presencia fundamentalmente virtual, puede apreciarse que, debajo del recurso a símbolos o formas de expresión remitentes al fascismo clásico, aparecen discursos anticientíficos o neoliberales/libertarios que lejos estarían de compartir los referentes del Partito Nazionale Fascista de la Italia de entreguerras.

Más aún, si nos remitimos al consenso con que el apelativo de “fascista” cuenta en el campo ideológico contemporáneo a la hora de ser utilizado contra cualquiera sea el adversario, es incluso probable que la persona o las personas responsables del atentado al Ateneo Néstor Kirchner considere que su acción, lejos de ser criminal, fue de lucha contra algo que entiende como fascismo. En este sentido, el punto al que quiero llegar no es el del planteo de una definición académica unívoca del concepto de fascismo cerrada sobre las particularidades políticas de la Italia mussoliniana, ni dirimir si es acertado o no calificar de fascistas un determinado dicho o acto, sino reflexionar sobre los peligros de la simplificación conceptual en la política cotidiana.

En otras palabras, considero que convertir al fascismo en un receptáculo donde depositar todas aquellas prácticas consideradas indeseables o peligrosas no solamente conlleva una polisemia sujeta a la subjetividad individual, que permitiría etiquetar como fascistas a sectores de izquierda y de derecha, liberales y proteccionistas, progresistas y conservadores, según el parecer de quien lo emplee. Además, y lo que es peor, el calificativo permite exteriorizar “lo malo”, extrapolarlo de la sociedad y ponerlo por fuera de la misma, como si se tratara de una monstruosidad ajena a la vida democrática.

El efecto tranquilizador resulta a todas luces claro, aunque carga inherentemente con una miopía analítica que tapa aquello que en realidad debería destacarse: no toda violencia o la intolerancia políticas son necesariamente fascistas, por cuanto representan recursos condenables pero desafortunadamente disponibles, incluso en el marco de una democracia y por parte de personas o agrupaciones que se consideren a sí mismas como democráticas y liberales. Sin ir más lejos, el espíritu violento e intolerante que detentó el fascismo italiano también se gestó en el marco de una sociedad liberal, lo que nos alerta sobre el hecho de que, lejos de considerar estos y otros actos como provenientes de los márgenes del consenso democrático, la intolerancia reside y residió siempre en el seno de toda comunidad política, y es allí donde debe ser identificada y neutralizada. El propio Gentile ha señalado que el peligro que entraña el recurso indiscriminado al concepto de fascismo reside en que, lejos de que la vuelta de un modelo mussoliniano clásico retorne como régimen político, los discursos intolerantes ganen terreno en las sociedades democráticas.

La crítica situación social que el mundo atraviesa como resultado de la pandemia de COVID-19 no parece brindar el contexto ideal para el aplacamiento de extremismos intolerantes y violentos, tanto hacia agrupaciones políticas como hacia comunidades étnico-culturales, si consideramos los también recientes grafitis antisemitas que dos individuos encapuchados realizaron en la fachada de la Escuela Hebrea de Bahía Blanca. Ambos hechos resultan desagradables, condenables y preocupantes. Si el término “fascista” sirve en el discurso político cotidiano, sea en la calle o en las redes sociales, para sintetizar esa idea, que lo use en buena ley quien así lo desee. No obstante, no debe perderse de vista que las actitudes violentas o intolerantes no pueden atribuirse a unos pocos fascistas, sino que son indicadores extremos de una estructura de pensamiento difundida a nivel social y muchas veces manifestada de maneras menos extremas que pueden encontrarse mucho más cerca de lo que pensamos.

Lic. En Historia, UNS – Becario doctoral CONICET.


[1] Finchelstein, Federico, Fascismo, liturgia e imaginario: el mito del General Uriburu y la Argentina nacionalista, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2002.

[2] Finchelstein, Federico, The Ideological Origins of the Dirty War. Fascism, Populism, and Dictatorship in Twentieth Century Argentina, Oxford, Oxford University Press, 2014.

[3] Montes de Oca, Ignacio, El fascismo argentino. La matriz autoritaria del peronismo, Buenos Aires, Sudamericana, 2018.

[4] Un título anterior e igualmente sugestivo del autor es: Montes de Oca, Ignacio, Ustashas. El ejército nazi de Perón y el Vaticano, Buenos Aires, Sudamericana, 2013.

[5] Saborido, Jorge, Interpretaciones del fascismo, Buenos Aires, Biblos, p. 139.

[6] Cit. en Saborido, Jorge, Interpretaciones…, op. cit., pp. 159-160.

[7] Gentile, Emilio, Fascismo. Storia e interpretazione, Roma-Bari, Editori Laterza, p. 59-69.

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