SALUD

La crisis de la malnutrición

La situación económica, la influencia de la publicidad y el ritmo de vida cotidiano convirtieron el sobrepeso y la obesidad en un problema de salud central en la Argentina de hoy y una amenaza agobiante para el futuro. Los niños, los más vulnerables.

La crisis de la malnutrición

El dato corresponde a la Segunda Encuesta Nacional de Nutrición y Salud (ENNyS 2), presentada a fines de septiembre, y sostiene que en la Argentina cuatro de cada diez chicos y adolescentes de entre 5 y 17 años poseen sobrepeso y obesidad. En menores de cinco, el exceso de peso alcanza al 13 por ciento, bastante más que el 2,3 sugerido por la Organización Mundial de la Salud (OMS). En épocas de crisis, ajuste y hambre, el sobrepeso y la obesidad siguen creciendo y ya son el principal problema de malnutrición del país.

No es sólo en niños. El 66 por ciento de la población total argentina tiene exceso de peso. “Es un mal global, una pandemia, y debemos considerar los factores culturales como causales del entorno obesogénico”, resalta Norma Isabel Guezikaraian, directora de la licenciatura en Nutrición de la Fundación Barceló. Y enumera el listado de posibles consecuencias: diabetes, hipertensión arterial, hipercolesterolemia, hipertigliceridemia. “Basta con observar en la Ciudad de Buenos Aires los pedidos de comida. En la mayoría de los casos se trata de empanadas y pizzas”.

Las metas están lejos de cumplirse. En un contexto inflacionario, sólo un tercio de la población consume al menos una vez por día frutas y verduras, y apenas la mitad ingiere carnes diariamente. Por el contrario, el 36 por ciento come snacks día por medio, y el 37 toma bebidas azucaradas todos los días. En los niños esos porcentajes alcanzan casi el doble que en adultos.

La brecha de ingresos tiene su correlato en las dietas. En 2018, los adultos pertenecientes a los sectores de menores ingresos adquirieron un 22 por ciento más de obesidad que los más pudientes. Frente a la necesidad, decirles que no a las harinas o las grasas es imposible. Un estudio de la sede local de la Fundación Interamericana del Corazón (FIC) y Unicef Argentina encontró que los chicos provenientes del sector socioeconómico más bajo tienen un 31 por ciento más de chances de sufrir exceso de peso. “Por eso –destaca Lorena Allemandi, directora del área de

Políticas de Alimentación Saludable de la FIC–, ante la desprotección del Estado, es importantísimo garantizarles el acceso a alimentos de buena calidad, por ejemplo en comedores escolares, que no reciban ultraprocesados, golosinas o comida chatarra”.

Las campañas de concientización escasean y el tiempo apremia. La 4ª Encuesta Nacional de Factores de Riesgo reveló que sólo el 35 por ciento de los adultos realiza una adecuada actividad física. Si a todo este combo se le agrega que apenas dos de cada diez escuelas ofrecen frutas frescas y que el 25 por ciento de los estudiantes manifestó recibir en su colegio alguna bebida azucarada, el resultado es explosivo.

LO QUE SOMOS

“Había perdido el deseo. No me interesaba salir, y menos comer. Me convertí en una adicta a no comer.” Sabrina vive en Pablo Nogués y tiene 24 años. Hace tres inició un tratamiento cuando esa inanición mostró costados oscuros y peligrosos en su fisiología. Comenzó a ser anoréxica en su adolescencia, junto a otras dos amigas a las que ya no ve.

La contracara del mal comer es la de los trastornos. María Teresa Calabrese, psicoendocrinóloga, se lamenta de que “a la obesidad ni siquiera se la considera una enfermedad, se ve a la persona que la padece como alguien con falta de voluntad. Pero todos somos psique y soma a la vez. Así hay que ver a las patologías del siglo XXI”. Calabrese habla de no permitir que los chicos estén todo el día encerrados en casa: “A veces por querer salvarlos de la inseguridad del ‘afuera’ los dejamos todo el día con el celular, comiendo snacks o viendo comerciales que estimulan la alimentación no saludable. Hay que mirar juntos los programas y explicarles que no hay que hacer una adoración de la juventud y del no paso del tiempo”. La entrevista concluye a las 17.30. A esa hora un canal de aire trasmite un reality donde los participantes deben aprender a confeccionar prendas de modelaje, la mayoría para personas muy delgadas. El ideal se reproduce.

La Asociación de Lucha contra la Bulimia y la Anorexia (Aluba) atiende a 165 jóvenes, entre ellos niños y niñas de tres años, a los que ya se los apunta como gordos o flacos en el jardín. “La inclusión social y el tener proyectos y deseos son vitales. Cuando se siente segura y comprendida, la persona crece normalmente y deja sus miedos atrás”, revela Mabel Bello, titular de la asociación. Viene de trabajar con niñas de la villa La Cava, en San Isidro, para las que “la única ilusión era tener éxito con su cuerpo”. En internet hay webs y grupos de usuarios en redes, como Princesa, donde compiten por ver cómo ayunan más tiempo o se dan “trucos” para ocultar la enfermedad a amigos o familiares. Las patologías son nombradas como si se trataran de dos chicas amigas, Ana (anorexia) y Mía (bulimia).

“Para mí la vianda se acabó. Ahora almuerzo acá todos los mediodías”, le dice un hombre a otro. La imagen corresponde a una publicidad actual de una famosa hamburguesería que promociona sus combos a 180 pesos. En épocas de crisis importa más el precio que el contenido.

Sucede con los lácteos: con una caída del 20 por ciento en su consumo en estos tres años, proliferaron los alimentos “a base de leche”, a un precio hasta seis veces menor que el de las leches reales. En su packaging simulan ser lo que no son.

El de los envases de alimentos es un rubro que ya fue regulado en otros países, como Chile y Perú, a los que el año que viene se sumará Uruguay. “Hoy uno no sabe qué dice la etiqueta. A la gente no le interesa o es ilegible. No hay un sistema claro para que el consumidor pueda entender. La Argentina quedó muy atrás en esto, no lo legisló. Lo mismo que el mercado de las bebidas, que ya está siendo regulado en México”, explica Allemandi.

La FIC estudia la obesidad infantil como un fenómeno multifactorial. Un elemento clave es el de la publicidad de alimentos. Partiendo de la premisa de que los anuncios televisivos influyen sobre la elección de alimentos en los menores, los pedidos de compra a padres (el llamado “efecto fastidio”) y los patrones de consumo, evaluaron los avisos en la pantalla chica. El resultado reflejó que los niños observan 60 publicidades de comida chatarra o de baja calidad nutricional por semana. Nueve de cada diez poseen un nutriente crítico en exceso.

En las publicidades, sobre todo de snacks y gaseosas, el consumo se relaciona con sentimientos positivos, como diversión, felicidad y ser “cool. El 25 por ciento tuvo como protagonistas a famosos, especialmente futbolistas o personajes de películas infantiles del momento. “Todos son datos significativos y dejan en claro que en la Argentina hace falta una regulación que proteja a los chicos de la exposición a este tipo de publicidades”, cierra Allemandi.

LO QUE SE DISFRUTA

El fenómeno es multicausal. En el comer, la salud se entrecruza con las urgencias cotidianas de la vida moderna. Entre el uso de pantallas, el estrés y la ansiedad, personas que van de un trabajo a otro porque uno solo ya no les alcanza, y crianzas a las apuradas, cada vez se presta menos atención al comer. “No es sólo lo estético. Es necesario que la familia comience con cambios paulatinos, incorporando una fruta al día, una porción de vegetales, acompañar las comidas con ensaladas, hasta llegar al pleno conocimiento de una alimentación sana y saludable”, sugiere Guezikaraian.

Según la ENNyS 2, casi un 25 por ciento de las compras de alimentos o bebidas se efectúan por haberlos visto en la televisión. Sin embargo, regular los anuncios en ese medio es sólo una pata más de un mercado publicitario cada vez más diversificado. “Hay un gran vacío legal con internet. Hoy un influencer tomando gaseosa ya está promocionando un producto, o la publicidad directa que llega al celular o al e-mail. Son nuevas estrategias que no están siendo reguladas –acota Allemandi–. Mientras tanto, no se subsidian alimentos sanos ni se ponen mayores impuestos a los que son pocos saludables. Hay que entender que esto ya excede la problemática individual, es una cuestión poblacional y de política pública”.

Fuente. Caras y Caretas

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