Vivir endeudados: entre las tasas impagables y las amenazas de los acreedores

La morosidad no para de crecer y ya alcanza al 13% de los créditos de las familias. Tiempo habló con personas que sufren el acoso de los prestamistas y viven la angustia de no saber cómo seguir.

Son muchas las veces en que los problemas sociales aparecen como cifras. Algunas de ellas son muy preocupantes. El Banco Central ubicó la morosidad en los préstamos a las familias en cifras récord: un 12,9% a julio pasado, con una brutal aceleración desde el cuarto trimestre del 2024, ya que en octubre de ese año alcanzaba al 2,5%. Suman seis millones de personas.

Según Cepa, esta situación es “consecuencia del modelo económico”, en tanto “el incremento de la morosidad, tanto en bancos como en billeteras virtuales, ocurrió a la par del estancamiento y cristalización de la pérdida de poder adquisitivo de los trabajadores registrados”. Según el Monitor de Opinión Pública (MOP) de Zentrix Consultora, el 76% de los argentinos que se endeudaron debió recurrir al crédito para adquirir alimentos, servicios o cuestiones vinculadas a la salud. El mismo estudio indica que en agosto casi la mitad de la población agotó sus ingresos antes del 15 del mes.

A las cifras, se suma en esta nota el costado humano: las personas que están sufriendo el sobreendeudamiento, la morosidad, las presiones de los acreedores, y todo insertado en un futuro que no ofrece una mejoría en el empleo, los salarios y las jubilaciones. Mientras, el Congreso discute una ley para el tema, aunque algunos proyectos buscan más salvar a los bancos.

Atrapadas

“Cuando estás a 20 de cada mes y ves que el sueldo ya no se estira más, no te queda otra que recurrir a esos préstamos”, dice María Florencia. “Accedés a créditos de aplicaciones que son rápidos, pero te atrasás un día y ya comienzan los problemas”, agrega. Comenta que ella pudo saldarlo con un adelanto del sueldo, pero que compañeros y personas cercanas tienen inconvenientes de todo tipo.

Débora se encuentra dentro de este tipo de problemáticas. Indica que las tasas son exorbitantes. “Yo tengo deudas con dos tarjetas de crédito. Una es Cencopay, la otra es Carrefour. Inicialmente las deudas eran de 100.000 pesos y de 1 millón y actualmente me están reclamando 1 millón y medio y 10 millones, respectivamente. La deuda con Cencopay empezó a mediados del año pasado, la de Carrefour a fines del año pasado, para diciembre”.

Nadie le puso una pistola en la cabeza, como dijo el presidente Javier Milei, pero casi. “Soy el principal sostén de familia. Somos una familia de cuatro personas: están mis dos hijas, una que está en la secundaria y tiene 15 años y otra de 33, pero que es discapacitada, por lo que no puede trabajar. Mi marido y yo sí lo hacemos. Tengo tres trabajos: uno de tiempo parcial, que es un negocio que tenemos con mi esposo. Ese está en picada, porque cada vez se vende menos. Después tengo dos más, uno como encuestadora y otro haciendo publicaciones para redes sociales. La situación es esa”.

Camila tiene 21 años. “La deuda que tengo es por un millón de pesos y la última vez que me escribieron me dijeron que la deuda había subido a tres millones”. Durante un año estuvo pagando montos mínimos y en seis meses subió un 300% el monto a debitar, de septiembre 2015 a marzo 2026.

“No puedo saber cuánto debo”, indica Cora. “Desde marzo dejé de pagar el mínimo porque se me fue al doble. Empecé con una deuda de un millón y medio y en junio-julio pasé a cuatro millones y medio. La última llamada de cobranzas del Francés (por el banco BBVA) me marcaba seis millones. En deudores de BCRA indica que son cinco millones”.

Cora comenta que los valores de los planes de pago son muy difíciles de determinar, en tanto no le entregan información con claridad. “Pedí una refinanciación justa: me dieron 60 cuotas con lo que terminaría pagando once millones cuando me prestaron al inicio un millón y medio. Es ridículo, quedás atrapada. Son cifras usurarias”.

Las amenazas

“¿Vas a pagar sí o no?”, “¿por qué no te interesa tu crédito así como el día que lo solicitó?”, “si me deja en visto, empiezo de manera automática con 100 mensajes de WhatsApp cada veinte minutos a ti y tus referencias”. María Florencia muestra el mensaje y algunos más, firmados por una “Gerencia de Cobranza”. Por ejemplo, este: “Citación por embargo”, “se notificó a su empleador y domicilio fiscal”, “en este momento empezamos a comunicarnos con tu lista de contactos para ayudarte a que se genere el pago más rápido”.

Tiempo intentó comunicarse con los números desde los que se contactaron a los endeudados, pero no hubo caso: saltan como no registrados o como llamadas perdidas de inmediato.

“Esos mensajes me llegan de números que tienen características de México y de Colombia; a veces me llegan de números predeterminados tipo 90008 o ese estilo, como los que suelen mandar promociones”, agrega María Florencia. Dice que el Banco Supervielle los empezó a contactar a ellas y a otros compañeros de trabajo (incluidos los jefes) para que conocidos depositen los montos faltantes de sus créditos.

“El acoso telefónico, o vía mail, o vía WhatsApp es permanente”, confirma Débora. “No solamente me llaman a mí, sino también a familiares, amigos, informándoles de mi situación”.

Su caso releva un modus operandi bastante habitual: los bancos venden las carteras de deuda a empresas tercerizadas, cobradoras. Esa situación está al filo de lo legal: se supone que el manejo de los datos financieros debiera regirse por la Ley 25.326, de Protección de Datos Personales. Pero la letra chica de los contratos de préstamo o adquisición de tarjetas habilita ese tipo de prácticas y las entidades suelen ampararse en eso. “El acoso al principio fue por las mismas empresas y después pasó a una suerte de tercerización. Vos sentís que estás hablando con un mercenario, no hay escucha del otro lado”, afirma Débora.

A Camila la llamaron, en julio del 2025, en medio del velatorio de su padre. Cuando explicó que estaba en esa situación y que rápidamente podría afrontar los pagos, le dijeron que no importaba su situación personal.

“Me llaman a veces siete veces por día”, sostiene Cora, y muestra un ejemplo con una captura de pantalla del pasado martes 8 de septiembre, en el que recibió ocho llamadas entre las 11:05 y las 19:31 y siete entre las 09:57 y las 18:19 del día siguiente.

Melina, que sufrió esta situación hace algunos años, también relata una dinámica estresante. “El hostigamiento fue por llamada en medio de la pandemia. Saben muy bien lo que hacen, son calculadores. A veces eran mensajes con una contestadora que te decía que regularices tu situación porque de lo contrario embargarían mis bienes. Levantaba el teléfono mi papá o mi mamá, gente grande. Fue desesperante”.

Y cierra: “Tomar deuda no es delito

Por: Santiago Nuñez

Fuente
Tiempo Argentino

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