El imperialismo y la putrefacción moral de Occidente
El irreversible proceso de declinación de la hegemonía global del imperio estadounidense no es tan solo una cuestión económica o tecnológica. Semejante reduccionismo impediría calibrar en toda su magnitud las múltiples dimensiones de este lento pero inexorable ocaso
Es también una cuestión militar: la imposibilidad de ganar guerras, continuamente resaltada por los analistas de ese país y ratificada en estos días por el revés experimentado por Washington (y sus compinches en Tel Aviv) en la guerra contra Irán.
Es asimismo política, porque una de las consecuencias de la dictadura del capital que subyace a la lógica del imperio ha sido la creciente insatisfacción con la democracia burguesa, cuya práctica solo ha servido para enriquecer exponencialmente a los ricos y mantener en la pobreza a grandes mayorías de la población de Estados Unidos, cada vez más inclinada a buscar opciones progresistas o de izquierda, mismas que fueron fulminadas como “comunistas” por Donald Trump el reciente 4 de julio.
Las formas del genocidio han ido mutando con el paso del tiempo. La barbarie nazi que produjo el Holocausto de los judíos en Europa, o la actual masacre de la población palestina, especialmente mujeres y niños, conviven hoy con una forma más disimulada pero no menos criminal de genocidio: la política de “sanciones” practicada por Estados Unidos y sus indignos peones europeos contra un sinnúmero de países. En fechas recientes, una conferencia del profesor de la Universidad de Chicago John Mearsheimer citó un estudio publicado en la prestigiosa revista británica The Lancet en el cual se divulgaban los resultados de una investigación sobre las consecuencias médico-sociales de las medidas coercitivas unilaterales aplicadas sobre 152 países entre 1971 y 2021. Los autores del citado estudio: Francisco Rodríguez, Silvio Rendón y Mark Weisbrot sintetizaron sus hallazgos diciendo que “las sanciones unilaterales están asociadas con una tasa de muertes anual de 564.258 personas”. Es decir, unas 28 millones de personas murieron a causa de las “sanciones” económicas aplicadas por Washington a lo largo de medio siglo, poco más de un tercio de las víctimas ocasionadas por la Segunda Guerra Mundial. En consecuencia, estamos en presencia de un genocidio lento, invisibilizado, inclemente y que no provoca repudio sino en una pequeña fracción de la opinión pública mundial. Por eso es que el académico de Chicago habla de un “homicidio masivo” producido por esas políticas.
Entre los muchos países que las sufrieron se encuentran Venezuela, sobre todo a partir del 2015, y Cuba, ininterrumpidamente desde 1960, cuando la administración Eisenhower comenzó a imponer las primeras sanciones en contra de la Revolución Cubana. La criminal intensificación del bloqueo decretada por Donald Trump y su secretario de Estado, Marco Rubio, ha llevado las cosas a un extremo sin precedentes. En vano la abrumadora mayoría de los países miembros de la ONU han venido solicitando por décadas al gobierno de Estados Unidos poner fin al bloqueo (que los publicistas del imperio tratan de endulzar hablando de “embargo” y no de bloqueo).
El imperio, cuya brutalidad crece a medida que avanza su declinación, ha hecho caso omiso de estas demandas y ha seguido infligiendo un “castigo colectivo” al pueblo cubano, provocando muertes y terribles padecimientos, sobre todo a quienes necesitan atención médica. Esto aparte del castigo que significa la política del bloqueo en lo relativo al abastecimiento petrolero para la vida cotidiana de toda la población: larguísimos cortes de energía eléctrica, obstáculos a la movilidad, desabastecimiento de bienes esenciales, parálisis en las instituciones, desde escuelas y universidades hasta hospitales públicos.
En lo estrictamente médico, hay que recordar que Cuba, que se encontraba a la cabeza de los países con menor tasa de mortalidad infantil en el mundo, experimentó un aumento de un 148% entre 2018 y 2025, pasando de 4.0 por mil nacidos vivos a 9.9, según un estudio difundido por el Center for Economic and Policy Research de Washington. Este salto significa que aproximadamente 1.800 niños cubanos han muerto a causa del bloqueo, cifra que se empequeñece cuando se le añaden las muertes ocasionadas en pacientes que no pueden acceder a sus medicamentos oncológicos o a drogas para el tratamiento de la diabetes y muchas otras enfermedades crónicas.
En suma, la política de Washington es un crimen de guerra y sus responsables deberían ser enjuiciados como se hizo en los juicios de Nuremberg, después de la derrota del nazismo, con los jerarcas del régimen responsables del genocidio de los judíos. Hoy tenemos otro en marcha —en Gaza, Cisjordania, sur del Líbano— que, sin embargo, no provoca la indignación y el repudio que se suscitara en aquel momento y, para colmo, nos encontramos con una sociedad anestesiada en su capacidad de pensar críticamente y reaccionar contra ese verdadero asesinato en masa que produce la política de sanciones estadounidenses a Cuba, a Venezuela y a numerosos países de todo el mundo.
Esta tácita naturalización del bloqueo es uno de los grandes triunfos del “soft power” imperial. De ahí la urgencia de librar la “guerra de pensamiento”, como decía Martí, y que nos urgía a que la ganásemos “a fuerza de pensamiento”. Esto implica combatir con todas nuestras fuerzas contra el sentido común dominante y los actores que, como Poncio Pilatos, se lavan las manos y se desentienden de esta tragedia, sobre los apáticos y los que hacen un culto de la despolitización y del repliegue sobre los intereses egoístas. En su putrefacción, el imperio ha envilecido a las sociedades del Occidente colectivo, fomentando el egoísmo y tornándolas insensibles ante el dolor de sus semejantes. Vienen al caso las palabras que un joven Gramsci plasmara en su artículo titulado “Odio a los indiferentes”. Allí decía, entre otras cosas, que “la indiferencia es el peso muerto de la historia. La indiferencia opera potentemente en la historia. Opera pasivamente, pero opera. Es la fatalidad; aquello que no se puede contar.” O, añadimos nosotros, lo que se puede pero no se quiere contar porque el espacio mediático está dominado por el enemigo, empeñado en encubrir los crímenes del sistema. Y seguía Gramsci diciendo que “vivir quiere decir tomar partido. Quien verdaderamente vive no puede dejar de ser ciudadano y partisano. La indiferencia y la abulia son parasitismo, son cobardía, no vida. Por eso odio a los indiferentes.” Gramsci recoge en ese pequeño artículo el legado humanista que Dante Alighieri dejara estampado en La Divina Comedia cuando sentenció que el “círculo más horrendo del infierno lo había reservado Dios para quienes en tiempos de crisis moral habían optado por la neutralidad”.
