Crónica desde una plaza colmada con la Cuarta Marcha Federal. La lucha y la búsqueda de justicia. Y la respuesta al Gobierno: «Obvio que la marcha es política, porque la política es lo que decide si un pibe puede ser médico o tiene que dejar todo para sobrevivir».
Agustín Soplán se sacude el traqueteo del tren Roca mientras acomoda el termo bajo el brazo. A los 21 años, el cuerpo todavía le guarda la vibración del viaje desde La Plata hasta Constitución, ese primer tramo de una peregrinación que esta tarde de otro martes furioso termina sobre el pastito de la Plaza de Mayo. Estudia el profesorado de Educación Física en la UNLP y no camina solo: a su lado, Antonella -rulos morochos y mirada encendida- custodia el mate como si fuera un tesoro. La chica cursa segundo año de Ciencias de la Educación. Bajo un cielo de otoño, de un celeste tan impecable que parece ignorar la gravedad de lo que cruje abajo, los hermanos se refugian tras un cartón escrito a mano que funciona como declaración de guerra y principios: “La libertad empieza por la educación”.
Agustín y Antonella son la primera generación de universitarios en su familia. Su mamá es portera de escuela; su viejo, empleado. “Hacen un esfuerzo terrible para que estudiemos. No quieren que nos corten el sueño de tener un título”, dicen casi a coro. Para los hermanos, el ajuste mileísta no es una abstracción macroeconómica: es la cuenta en rojo de la SUBE y la beca Progresar congelada en 35 mil pesos. “Alcanza para un par de apuntes y nada más. Da asco lo que hace este gobierno”, sueltan con la honestidad de quien ve a sus docentes —profesionales con doctorados y maestrías— subsistir con “moneditas” para arañar los 250 mil pesos.

A sus espaldas, la marea crece. Otros pibes agitan una bandera que sintetiza el siglo XX argentino: “La conquista más grande, que la universidad se llenó de hijos de obreros”. Miran la Casa Rosada convertida en un búnker vallado, y no entienden el temor del poder. “Tienen miedo a que nos eduquemos, a que pensemos. La libertad no empieza por el mercado, empieza por el aula”, sentencia Antonella antes de perderse en el hormiguero humano.
“Obvio que la marcha es política, porque la política es lo que decide si un pibe puede ser médico o tiene que dejar todo para sobrevivir“
La marcha crece desde el pie. Las columnas fluyen como ríos caudalosos por Avenida de Mayo, las diagonales y hasta San Telmo. Es un hormiguero atacado que se junta para lamerse las heridas y mostrar los dientes. La comunidad universitaria pública supera los 2,5 millones de personas, y parece que todos decidieron ocupar el mismo metro cuadrado frente a la Pirámide de Mayo.
El escenario es dantesco. Mientras la multitud se apretuja, el Gobierno libertario ensayó en la previa un manotazo de ahogado: un nuevo recorte de 3000 millones de pesos al Conicet y la poda de 5000 millones a infraestructura universitaria. A la educación le recortaron en total 78 mil millones de pesos. Todo horas antes de la marcha.

Una provocación de víspera para un sistema que sangra. “Los salarios cayeron en abril por 18º mes consecutivo. Estamos por debajo de los valores de 2002”, repiten los delegados gremiales. Las fuerzas del cielo quieren poner de rodillas a la ciencia; las fuerzas del aula salieron a pelear.
Federico Servini, docente de Astronomía en La Plata con 25 años de antigüedad, camina con sus pergaminos sobre el lomo: es graduado en Diseño Industrial, magíster en Marketing y doctor en Ciencia y Tecnología. Tantos títulos para cobrar “chaucha y palitos”.
Cuando le pregunto a dónde van los fondos que no llegan a las aulas, no duda: “A un agujero negro”. Servini ve a sus colegas haciendo Uber o changas para pagar el alquiler. “Están incendiando el futuro”, dice. Y recomienda un libro a tono para que lean los funcionarios: Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enriquez.

Argentum virtus robur et studium
Cerca del Cabildo, la economía popular se adapta al conflicto: los dealers de la calle venden muñequitos de Mafalda con delantal blanco. Vendedores, estudiantes, investigadores, transeúntes, todos tratan de sobrevivir en la Argentina distópica. A metros, el operativo de seguridad le saca lustre al “palito de abollar ideologías”. El despliegue es desmesurado, un gasto millonario que bien podría haber financiado laboratorios o aulas en el Conurbano. Pero dicen que no hay plata.
En el “sur profundo”, Micaela y Silvina dan clases en primarias de Caraza. Se formaron en terciarios públicos y hoy marchan por sus alumnos, esos pibes que llegan a la escuela con el guardapolvo impecable pero el estómago vacío. “Milei se ensaña con la educación porque no conoce la pobreza. Es un niño bien al que no le pusieron límites; debería hacer terapia, lastima mucho”, lamentan.
La identidad universitaria es un tatuaje invisible. Julia, pediatra y residente en un hospital público, camina con una remera que luce el sello de la UBA: “Argentum virtus robur et studium”. Me lo traduce con orgullo: “La virtud argentina es la fuerza y el estudio. De ahí venimos, esa es nuestra historia y no nos han vencido ni lo harán”.

“La lucha es un poema colectivo”, se lee en el cartel que John Suárez sostiene con la firmeza cerca del escenario. John tiene la mirada mansa y el discurso afilado; cursa el tercer año de Medicina y confiesa su devoción por la poesía de Idea Vilariño. Para el futuro médico, la protesta no es un ruido molesto, sino una forma de respiración necesaria ante una asfixia presupuestaria que se siente en los pasillos de la facultad.
¿La marcha es política? John no esquiva la pregunta: “Obvio, por eso luchamos. La política es lo que decide si un pibe puede ser médico o si tiene que dejarlo todo para sobrevivir. Los profes tienen que tener dos o tres trabajos para llegar a fin de mes; no es justo. Estoy acá por ellos, por nosotros y por todos los trabajadores que queremos estudiar y tener un horizonte”, explica mientras la marea humana lo empuja hacia el centro de la plaza.

Cuenta que trabaja en la red federal de fibra óptica pero tiene que pedir plata prestada para comer. “La salida es cuando Trump les suelte la mano o en las urnas. Vamos a seguir peleando”, dice antes de perderse en la boca del subte. El eco de la plaza persiste: la libertad no es una operación del mercado, la libertad es el conocimiento, es la universidad pública.

