Raros dueños nuevos
El poder económico se reconfigura
La derrota de Techint en el negocio para la exportación de gas no es un hecho aislado. Es una señal de algo más profundo: la reconfiguración del poder económico en la Argentina. La apertura, el FMI, la necesidad de dólares y la relación con China están redibujando el mapa de los negocios estratégicos y marcando quiénes son los nuevos dueños del sistema.
Otra derrota para Paolo Rocca
Paolo Rocca volvió a quedarse con las manos vacías. Esta vez en una de las licitaciones más sensibles del nuevo esquema energético: la obra civil del gasoducto que unirá Vaca Muerta con el Golfo San Matías.
La adjudicación quedó en manos de la UTE Víctor Contreras – SICIM. La decisión fue unánime. El contrato ya está firmado. En el sector no lo leen como un hecho aislado, sino como otra escena de un proceso más profundo: el corrimiento de Techint de lugares que ocupó durante años.
El proyecto pertenece al consorcio Southern Energy. Ahí están Pan American Energy, YPF, Pampa Energía junto a Harbour Energy y Golar LNG. Es el núcleo que intenta meter a la Argentina en el negocio mundial del gas natural licuado.
Para hacerlo, tuvieron que dividir el proyecto. Southern quedó para la producción de GNL a partir de la contratación de dos plantas flotantes de licuefacción. Pero tuvieron que armar otra empresa para el transporte, San Matías Pipeline. El gasoducto es parte de ese segundo vehículo. Dos estructuras separadas para poder aplicar al régimen de incentivos. Esa ingeniería ya dice algo.
A escala global, el proyecto es chico. Recién hacia fines de 2027 se proyectan exportaciones de 2,45 millones de toneladas anuales. Una cifra marginal en el mercado mundial. Pero para la Argentina es la puerta de entrada a un negocio fenomenal. Es un primer paso.
Techint quedó afuera. El dato tiene un condimento adicional: dentro de Southern Energy están YPF y Pampa Energía. En el caso de YPF, su presidente es Horacio Marín, formado en Tecpetrol —el brazo petrolero de Techint— y considerado delfín de Rocca.
Del otro lado aparece Marcelo Mindlin. Dueño de Pampa Energía y también de SACDE, la constructora socia de Techint en la UTE que se presentó para construir el gasoducto. Es decir, Mindlin competía con una empresa propia en una licitación impulsada por un consorcio del cual él mismo forma parte.
Esa doble condición explica una decisión clave: fue apartado del directorio al momento de definir la adjudicación. Aun así, el dato no pierde peso. La empresa de uno de los socios locales quedó afuera de un proyecto que ese mismo socio impulsa. Y, al mismo tiempo, dejó afuera a su propio aliado industrial.
Ese episodio tiene un antecedente inmediato: la licitación de los caños, el negocio más emblemático de Techint. Ahí también quedó afuera.
Tenaris cotizó por encima del precio internacional. La diferencia fue determinante. Southern Energy rompió una lógica histórica y salió a importar los tubos desde India, a través de la siderúrgica Welspun. Fue un corte abrupto. Un antes y un después.
Fue en ese momento, con la importación de los tubos, cuando la tensión que venía creciendo entre Paolo Rocca y Javier Milei quedó cristalizada con el apodo “Don Chatarrín de los tubos caros”. Pero ya en febrero de 2025, durante su exposición en el Banco Interamericano de Desarrollo, Milei apuntó directamente contra Rocca. Lo acusó de haber impulsado presiones devaluatorias tras la desregulación del mercado de chatarra. El planteo fue lineal: al liberar la exportación de ese insumo, subieron los costos para la siderurgia local. Y eso, según el Presidente, activó una reacción corporativa.
Después vinieron otros movimientos: la flexibilización de importaciones desde China, que golpeó directamente el negocio de caños sin costura; la frustración de una emisión de deuda de Tecpetrol por 700 millones de dólares; y el telón de fondo de los aranceles de Donald Trump al acero argentino, frente a los cuales el gobierno argentino decidió no confrontar.
La relación dejó de ser funcional cuando al comienzo del gobierno el vínculo era otro. Techint no sólo acompañó: fue parte de la base de sustentación. Colocó nombres en lugares clave. Incidió en áreas estratégicas del sector energético. El caso más visible fue el de Horacio Marín, proveniente de Tecpetrol, que terminó al frente de YPF. Pero esa influencia no alcanzó.
Ahora aparece, en cambio, otra figura: Marcos Bulgheroni, histórico competidor de Rocca. Dueño de Pan American Energy, representante de otro perfil empresarial, menos atado a la integración local, con una lógica más financiera que industrial.
Bulgheroni no confronta en público. No hay declaraciones cruzadas. Pero la enemistad con Rocca existe y desde hace mucho. Es una competencia por rentas, por mercados y por influencia política.
La decisión de importar los caños lo tuvo como protagonista. Fue su consorcio el que rompió con Techint. Y fue Javier Milei quien tomó ese episodio para construir un relato: el de la apertura contra la “patria prebendaria”.
La decisión de Southern fue clara. Según explican desde adentro de la compañía, la adjudicación terminó inclinándose por una UTE que, si bien tiene como cara visible a Víctor Contreras, incorpora a la italiana SICIM, un jugador internacional con mayor espalda financiera y mejores garantías de ejecución.
“Hay que romper el club de los mismos de siempre”, es la frase que condensa un cambio de lógica. No se refiere sólo a una obra. Apunta a algo más amplio: quién se queda con los negocios en una Argentina que se abre.
Ahí se cruzan dos modelos: el de Rocca, anclado en la protección frente a competidores globales, en la lógica de integración occidental, y el de Bulgheroni, más adaptado a un esquema de costos internacionales, dispuesto a comprar donde sea más barato. En el medio, el Estado redefine reglas. Los cambios en la política económica reorganizan a los grupos dominantes. No es un fenómeno nuevo, pero sí tiene particularidades.
Esta vez, el factor externo pesa más: la necesidad de generar dólares, la inserción en cadenas globales y, sobre todo, la presencia de nuevos proveedores y financistas que alteran el equilibrio previo.
Lo que empieza a verse es un corrimiento. Durante años, ese espacio estuvo dominado por un grupo acotado de jugadores locales, con capacidad industrial y vínculos políticos. Hoy, ese esquema se tensiona. Aparecen empresas con otra escala.
La pregunta ya no es sólo quién gana una licitación, sino quién queda adentro del nuevo mapa de negocios. Si los grupos locales de siempre, o si ese lugar es capturado por jugadores nuevos.
La apertura no es neutra. Reconfigura poder económico. Redefine alianzas. Y deja al descubierto una tensión que atraviesa todo este proceso.
En ese escenario, la secuencia que deja afuera a Techint no es un accidente. Es parte de ese reordenamiento. Y en ese reordenamiento, el rol de actores externos —con China en un lugar cada vez más gravitante— empieza a pesar más de lo que aparece en la superficie.

Dime con quién andas
Hay momentos en la historia en los que la política se disfraza de economía. Y otros en los que la economía revela la política real. La discusión sobre China pertenece a ese segundo grupo. No es una cuestión comercial, es una línea de fractura. Divide a empresarios, reordena alianzas y define quién juega con quién en el tablero global.
En la Argentina, esa discusión dejó de ser abstracta. Bajó al terreno de los negocios concretos. Y ahí es donde se empieza a ver la reconfiguración de los grupos económicos locales. No por ideología sino por intereses, por escala, por supervivencia.
La clave es simple: no todos necesitan lo mismo de China. Y eso determina posiciones que parecen doctrinarias, pero son profundamente materiales.
Para Paolo Rocca, China es un problema. No un socio. No un mercado. Un problema. Su diagnóstico es consistente. Y viene repitiéndolo hace años. En el seminario ProPymes de 2024 dijo taxativamente que no integra cadenas de valor con proveedores que comercializan con el gigante asiático. No es un matiz, es una frontera.
Rocca ve en China una amenaza estructural, no sólo para la Argentina sino para todo Occidente. Su argumento central es que el país asiático no compite bajo reglas de mercado. Que subsidia su producción. Que sostiene fábricas aun cuando su consumo interno cae. Y que, para evitar el freno, inunda el mundo con productos a precios que ningún productor privado puede igualar. Lo define como una “actitud predatoria”. No es una metáfora casual. En su lógica, China no participa del juego. Lo distorsiona.
En ese punto, su discurso se cruza con la geopolítica. Ya no habla solo como industrial. Habla como actor de un bloque. Y ahí aparece la tensión.
Porque del otro lado están los que no pueden darse ese lujo. La Familia Bulgheroni no discute con China: negocia con China. Hace décadas. La relación no es nueva: se construyó en los años ’90, en territorios donde el mapa no es un dibujo escolar: Asia Central, Turkmenistán, gasoductos que cruzan zonas de conflicto, interlocutores que no aparecen en los balances.
Ahí, en ese terreno áspero, los Bulgheroni empezaron a interactuar con actores que orbitaban la estrategia energética china. Para Pekín, asegurar el abastecimiento de energía es una prioridad de Estado. Para los argentinos, una oportunidad de negocios.
El vínculo se fue consolidando. Esa relación derivó en inserción institucional. En 2018, Alejandro Bulgheroni fue nombrado presidente honorario del Centro de Intercambio China-Argentina en la Universidad de Economía y Comercio Internacional de Pekín. Un cargo que no se explica por cortesía.
Pero la realidad es más compleja. A comienzos de 2026, Pan American Energy —con participación del gigante estatal chino CNOOC— cerró un acuerdo con Continental Resources, la petrolera de Harold Hamm, un hombre cercano a Donald Trump. El objetivo: expandir operaciones en Vaca Muerta.
La escena es elocuente: capital chino y capital estadounidense sentados en la misma mesa, bajo el paraguas de un grupo argentino. Mientras algunos plantean elegir bando, otros arman negocios con ambos.
Esa diferencia no es menor. Marca dos formas de leer el mundo. En el equipo de los Bulgheroni también están Miguel Galuccio y José Luis Manzano.
Los tres transmitieron el mismo mensaje en distintos encuentros con Javier Milei. Galuccio en la Casa Rosada, en noviembre de 2025. Manzano en Miami, en una reunión privada en el Marriott Marquis, acompañado por inversores extranjeros, incluido un fondo suizo. Marcos Bulgheroni en conversaciones más discretas pero en la misma línea. El mensaje fue claro: no se puede romper con China. No por convicción ideológica sino por necesidad.

Manzano es un caso extremo. A través de Integra Capital, controla más de 240.000 hectáreas de salares en el norte argentino: litio, el mineral estrella de la transición energética. Pero el negocio del litio no termina en la extracción. Ahí empieza. China domina la cadena de valor de las baterías. Controla el procesamiento químico. Tiene las plantas. Tiene la escala. Tiene la demanda. Sin China, el litio es sal. Manzano necesita compradores. Necesita financiamiento. Necesita tecnología. Y todo eso, hoy, pasa por China. Romper ese vínculo no es un gesto político. Es paralizar el negocio.
Galuccio enfrenta un dilema distinto, pero con la misma conclusión. Para desarrollar Vaca Muerta, las petroleras necesitan insumos: equipos, tubos, tecnología. En muchos casos, China produce esos bienes a costos que ningún otro país puede igualar. Además, Vista Energy es una empresa que rinde cuentas a inversores de Wall Street. Su objetivo es claro: maximizar rentabilidad. Cerrar la puerta a insumos chinos encarece la producción, reduce márgenes, complica balances. No hay ideología, hay estructura de costos. Por eso Galuccio rechaza cualquier barrera que limite el acceso a esos insumos. No porque simpatice con China, sino porque la ecuación no cierra sin China.
Hay un elemento adicional que refuerza esa posición, y no depende de decisiones empresarias sino de la estructura del comercio global: China no solo produce, también organiza el flujo de mercancías.
Las grandes navieras, como Cosco, dominan el transporte de contenedores. La red de puertos financiada bajo la iniciativa de la Ruta de la Seda redefine las rutas comerciales. Muchos cargamentos hacen escala en terminales controladas por empresas chinas.
A eso se suma la geografía. El estrecho de Malaca, por donde circula una porción clave del comercio mundial, conecta el Océano Índico con el Pacífico. El Mar del Sur de China concentra rutas hacia Japón y Corea del Sur. Son cuellos de botella, espacios donde la presencia china es determinante. No hace falta controlar todo el mar, basta con influir en los puntos críticos.
Pero hay una razón más simple, más contundente: China es el gran comprador global. El ejemplo del litio es ilustrativo. Aun cuando el destino final sean Japón o Corea, gran parte del procesamiento pasa por plantas chinas. Es ahí donde se agrega valor, donde se define el precio, donde se decide la escala. Lo mismo ocurre con otros productos. Ignorar a China no es una decisión comercial, es una fantasía. En este punto, la discusión deja de ser empresarial y pasa a ser estructural.
La Argentina se mueve en un esquema bimonetario. Los grupos económicos locales son divisa-dependientes. Necesitan dólares, necesitan exportar y necesitan mercados que absorban volumen. China ofrece eso. Al mismo tiempo, la industria local enfrenta la asfixia de importaciones baratas. Y ahí el diagnóstico de Rocca encuentra eco. Las dos cosas son ciertas. Y ese es el problema. Por eso no se trata solo de abrir o cerrar la economía, se trata de en qué cadenas de valor insertarse, y con quién. Esa división no es solo económica, es política. Define interlocutores, alianzas y agendas.
Quiénes son
El poder cambia de manos. Durante décadas, el mapa empresario tuvo nombres estables. Algunos crecían, otros retrocedían, pero el tablero era reconocible. Hoy eso se resquebraja. Una parte de esa reconfiguración es más clásica: privatizaciones, venta de activos, retiro del Estado. Y ahí aparecen jugadores que hasta hace poco no estaban en el centro de la escena. En ese desplazamiento hay un caso que sintetiza el momento: el de los hermanos Neuss.
En menos de dos años, Juan Neuss y Patricio Neuss pasaron de un lugar lateral a una posición estructural. No es una exageración, es un cambio de escala.
Venían de manejar una distribuidora eléctrica en la Patagonia. Un negocio relevante, pero periférico dentro del sistema energético nacional. Hoy están en otra dimensión. Su expansión no fue gradual, fue por acumulación rápida, en cascada.
El primer movimiento fuerte fue quedarse con las distribuidoras del norte: EDET en Tucumán y Ejesa en Jujuy. A eso sumaron la transportista Litsa y la central hidroeléctrica Potrerillos.
A los pocos meses compraron las represas Alicurá y Cerros Colorados por 226 millones de dólares. Ahí dejaron de ser un jugador de distribución para meterse de lleno en la generación.
El último paso terminó de cerrar el círculo. Esta semana presentaron la mejor oferta para quedarse con Transener, la operadora de alta tensión por donde circula el 86% de la energía eléctrica que consume el país. Es el sistema nervioso del mercado eléctrico. Sin eso, nada circula. Lo pagaron 356 millones de dólares.
Generación, transporte, distribución. La cadena completa.
El vehículo de esa expansión es Edison Energía. Se constituyó en 2025 y tiene detrás una arquitectura de socios que también dice mucho del momento. Participa el fondo Inverlat. Entre sus socios aparece Federico Salvai. También están Rubén Cherñajovsky y Luis Galli, del Grupo Newsan.
No es un holding cualquiera. Es una convergencia.

La pregunta no es solo cómo crecieron, sino por qué pudieron hacerlo con esa velocidad. Hay una respuesta económica y otra política. Las dos son necesarias.
Del lado económico, el contexto es claro. El Estado remata activos estratégicos. Del lado político, el alineamiento es explícito: amigos personales de Santiago Caputo, a quien conocen de la infancia, y mucha historia compartida en el country Martindale.
El proceso de licitación para la venta de Transener fue, de mínima, desprolijo. Las ofertas económicas se publicaron a las 10 de la mañana. En ese primer corte aparecieron dos competidores con sus precios detallados, Central Puerto y Edenor. Una hora y doce minutos después se sumó la oferta de Edison, que terminó siendo la más alta.
El próximo capítulo se juega en el gas. En las próximas semanas se definirá la venta de la participación que YPF tiene en Metrogas, la mayor distribuidora del país. El proceso lo conduce Citi. Ya hubo ofertas técnicas y el banco empezó a ordenar la segunda fase.
Los Neuss están adentro. No solos. Compiten con José Luis Manzano a través de Integra Capital. También con Santos Uribelarrea, con MSU. Y con el tándem Ecogas-Central Puerto. Todos jugadores locales.
Ese punto no es menor. La disputa por activos estratégicos está en manos de capitales nacionales. Pero no son los mismos de siempre.
En el fondo, lo que se está redefiniendo no es solo un negocio. Es la arquitectura del poder económico. Y, como en otros momentos de la historia argentina, ese cambio no se anuncia. Se ejecuta.
Terminales políticas
Los grupos económicos piensan en décadas, se mueven como placas tectónicas. Las terminales políticas, en cambio, respiran en ciclos cortos: un mandato, una elección, un acuerdo que dura lo que dura una necesidad. Esa diferencia no es menor: es estructural. Y los empresarios lo saben.
Lo saben porque lo viven. Porque se ocupan de que los gobiernos cambien de discurso. Porque ajustan decisiones a señales que muchas veces se contradicen. La política promete estabilidad, pero opera en la urgencia. Y en ese desfasaje se ordena buena parte de la reconfiguración actual del poder económico.
Hubo un momento inicial en el gobierno de Javier Milei en el que esa tensión pareció resolverse, al menos en apariencia. La idea era construir una comunidad de negocios, un espacio donde distintos grupos económicos convivieran bajo un mismo paraguas. Una forma de distribuir poder, de equilibrar intereses, de generar una base de sustentación más o menos estable. Ese esquema duró poco.
“El punto de quiebre fue el Fondo Monetario Internacional”, explicó a El Cohete Pablo Manzanelli, investigador de Flacso y director del Centro de Investigación y Formación de la República Argentina (CIFRA). No es una frase al pasar. Es un encuadre.
“La idea original del gobierno de construir una comunidad de negocios al inicio de su gestión —que fue la forma en que distribuyó el poder— se terminó cuando tuvo que acudir al Fondo Monetario Internacional. A partir de ese momento, se desplazó el equilibrio y empezó a prevalecer el capital financiero sobre los grupos económicos en esa disputa hegemónica”, señaló Manzanelli.
En ese contexto, la política se mueve con otros tiempos y otras urgencias. A mitad de año vence el swap de monedas por 18.000 millones de dólares que la Argentina mantiene con el gigante asiático. Ese acuerdo explica casi la mitad de las reservas brutas del Banco Central. Si China decidiera no renovarlo, el país enfrentaría un problema inmediato. Debería devolver más de 5.000 millones de dólares correspondientes al tramo activado. No hay dólares disponibles para afrontar ese pago. La ecuación es simple. La política exterior se vuelve política económica.
El antecedente reciente muestra la complejidad del vínculo. En 2024, Beijing decidió renovar el swap pese a los ataques verbales que había lanzado Milei durante la campaña. La renovación incluyó una condición tácita: bajar el tono. El Presidente cumplió, dejó de insultar a China. Pero no avanzó con una visita de Estado que también formaba parte del entendimiento.
Ahí aparece otra vez la lógica de corto plazo. La política gestiona urgencias, evita choques inmediatos, pero posterga definiciones estratégicas. Los grupos económicos miran ese movimiento con cautela, porque saben que detrás de cada decisión hay costos diferidos.
Del lado de la oposición, el panorama no es más claro. La relación con el Fondo Monetario Internacional es un vacío en la mayoría de las propuestas alternativas al gobierno. No hay un consenso, ni siquiera un diagnóstico compartido. La discusión se diluye en generalidades, y eso también es leído por el poder económico.
En ese contexto, algunos nombres ordenan referencias. Uno de ellos es Axel Kicillof. El establishment lo observa, lo estudia, lo mide. No es un dirigente desconocido. Al contrario, el gobernador se encargó de que lo conozcan de cerca.
Axel genera menos terror que Cristina Fernández de Kirchner. Una percepción que no es unánime, pero circula. Un episodio lo ilustra con claridad. El ex funcionario del Fondo Monetario Internacional Alejandro Werner —que tuvo un rol central en el crédito otorgado durante el gobierno de Mauricio Macri— dejó una frase que llamó la atención. “La mejor reforma estructural es que no regrese un gobierno con ideas como las de Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner, o como las que expresa a veces Axel Kicillof”. El “a veces” no pasó desapercibido.
Mientras tanto, en el mundo empresario, las apuestas se diversifican. Nadie juega a una sola carta. Es una regla no escrita. Un principio de supervivencia.
Uno de los casos más interesantes es el de Marcelo Mindlin, dueño de Pampa Energía, uno de los holdings más grandes del país. Otro actor central del sector energético. Mindlin tiene historia y tiene reflejos.
Durante los años de Cristina Fernández de Kirchner, la relación con el entonces ministro Kicillof fue tensa. Hubo informes críticos sobre su gestión en Edenor. Desde el kirchnerismo duro lo señalaban como parte de un entramado de empresarios cercanos al macrismo. Pero esa relación cambió.
Con la llegada de Kicillof a la gobernación bonaerense en 2019, se abrió un canal de convivencia. No fue un giro ideológico, fue un reacomodamiento pragmático.
La escena se volvió habitual. Recorridas compartidas, actos, fotos. En 2021, ambos visitaron las obras de expansión de la central térmica Ensenada Barragán. Una pieza clave del sistema eléctrico bonaerense. En 2023, se mostraron juntos en la ampliación de un parque eólico en Coronel Rosales. No son gestos menores, son señales.
El vínculo se consolidó con inversiones concretas. Mindlin asumió la conducción de Loma Negra, la principal cementera del país. Un actor estratégico para la obra pública y privada en la provincia de Buenos Aires. La operación implicó el regreso de la compañía a manos argentinas tras años bajo control del grupo brasileño Camargo Correa.
En Olavarría, uno de los principales polos cementeros del país, el empresario fue recibido por el intendente Maximiliano Wesner, alineado con el gobernador. Recorrieron la planta L’Amalí, mantuvieron reuniones de trabajo.
La escena contrasta con el discurso oficial nacional. Desde el gobierno se insiste en que las inversiones buscarán jurisdicciones con menor carga impositiva, con menos regulaciones, con más incentivos. Sin embargo, Olavarría tiene un impuesto histórico sobre la explotación de canteras: un tributo del 3% sobre el valor de venta. Y aun así, la inversión llega.
En Bahía Blanca, la apuesta es todavía más grande. A través de su subsidiaria Fértil Pampa, el grupo proyecta invertir unos 2.400 millones de dólares para producir 2,1 millones de toneladas anuales de urea, un insumo clave para la agroindustria. Un negocio con fuerte proyección exportadora. Y es un distrito peronista.
En ese cruce, las terminales políticas aparecen como lo que son: intermediarios inestables de un proceso más profundo. Intentan ordenar. A veces lo logran, muchas veces no. Se mueven entre urgencias fiscales, presiones externas y disputas internas. Mientras tanto, el poder económico reconfigura posiciones, ajusta alianzas, redefine liderazgos. No espera, porque sabe que, cuando la política se mueve en el corto plazo, la ventaja es para quien puede pensar más allá.
