El abismo temporal
Extractivismo, desindustrialización y costo humano
Mientras hay periodistas y comentaristas en el diario La Nación que tratan de realizar análisis y observaciones políticas con algún sustento en la realidad, el editorial del día 19 de abril titulado “Preservar el programa, proteger a Milei” se elevó a la categoría de panegírico panfletario de las políticas mileístas.
El texto arranca sosteniendo que “después de 80 años de encaminarnos en la dirección equivocada, privilegiando la autarquía sobre la competitividad, el consumo sobre la inversión y el gasto estatal sobre la iniciativa privada, existe una oportunidad de cambiar el rumbo y hacer realidad el infinito potencial de nuestro país. Ese giro de 180 grados implica forzar la estructura colectiva, adaptada a tantas décadas de flotar en sentido inverso, resistir el impulso de la inercia y apuntar la proa hacia nuevos horizontes, con poca experiencia, cortos de herramientas y atiborrados de quejas. Durante esas décadas toda la sociedad argentina, incluso los ahora quejosos, consintieron esa marcha desviada que hizo aumentar cada año, de forma exponencial, el costo social del inevitable cambio que algún día llegaría. Y ese día llegó”.
Nada nuevo en cuanto a la teoría subdesarrollante que sostiene que en nuestro país la industrialización fue una “desvío”, una “deformación” de la verdadera y sana economía argentina, que debería ser por siempre agraria, o en todo caso extractiva. Con el agregado discursivo mileísta de que todo lo que pasó en estos 80 años es populismo y estatismo (incluyendo a Videla con Martínez de Hoz, Menem con Cavallo, y Macri con Caputo y Sturzenegger).
El otro elemento interesante es que se anuncia que finalmente el día de la “corrección” de ese desvío de la senda semicolonial, llegó.
Con Milei las cosas se van a poner finalmente en su lugar, se sugiere. Lo que tenga que desaparecer, desaparecerá, para que quede el país atrasado y satelital que se prefigura en las mentes de los mileístas, sus padrinos económicos y políticos, y los editorialistas de La Nación. Por fin la Argentina volverá a ocupar sin cortapisas su lugar en la división internacional del trabajo diseñada desde los centros del capital global, de la que nunca debió salir. Sus instituciones y su población deberán ser “forzadas” al cambio regresivo.
Luego de extensos párrafos celebratorios de la acción de gobierno, dignos de la pluma de Adorni o de Santiago Caputo, el editorial admite que “las pymes comerciales e industriales ubicadas en los centros urbanos y sus periferias sufren aún los dolores de la reconversión”, pero anuncia que ya en 2030 “se prevén ventas de hidrocarburos al exterior por más de 30.000 millones de dólares; otro tanto de minerales y otra similar de agroindustria frente a exportaciones totales por 86.500 millones de dólares en 2025”. Si el párrafo no está mal escrito, la suma de todas esas “hazañas exportadoras” da 90.000 millones de dólares, casi lo mismo que el año pasado. Si el párrafo no está mal escrito, están diciendo que no va a pasar nada relevante con las exportaciones argentinas. Para dejar el beneficio de la duda, debemos señalar que el CEO de AmCham, la Cámara de Comercio de Estados Unidos en la Argentina, Alejandro Díaz, estimó recientemente exportaciones por 128.000 millones de dólares para 2033. Esa cifra implicaría una balanza comercial claramente favorable, que aportaría dólares genuinos para pagar los abultados vencimientos de intereses de la deuda externa, si es que el Estado argentino tiene los fondos necesarios para comprarle esos dólares a las empresas privadas que los obtengan con sus exportaciones. Con los dólares de las commodities exportadas a los mercados industriales, pagaremos a los acreedores financieros (bancos, fondos de inversión y FMI). Así de simple será el resúmen económico de la Argentina futura.
La esperanza en la coyuntura, para el editorial de La Nación, está puesta en que se supere el apretón monetario que hubo que hacer en septiembre, para contener la corrida cambiaria en ese momento. Agregaría Adorni: por culpa de la conspiración kirchnerista-izquierdista-empresaria-periodística que creó desconfianza en los mercados.
Continúa el editorial: “Existen ahora indicios de un cambio de tendencia, por mayor demanda de dinero (…) Si la tendencia se consolida, habrá más crédito bancario y ello se reflejará en la actividad económica, la mejora del empleo regular y en el humor colectivo”.
Este punto es clave para saber qué esperar de la coyuntura: se enfrentan dos viejas visiones económicas, una que sostiene que la economía se impulsa desde la oferta, y otra que se impulsa desde la demanda. El “ofertismo”, dentro del credo neoliberal, sostiene que si hay crédito disponible, empresarios o familias lo tomarán para realizar inversiones y compras, y que eso será estimulante para la actividad económica. Es lo que dice Luis Caputo que pasará en los próximos meses. El keynesianismo, en cambio, en situación de crisis económica, sostuvo que había que estimular la demanda, para que tuviera sentido producir algo. Si no aparecía la demanda, si no había perspectivas de vender, advertía, nadie tomaría crédito. La chispa inicial de la demanda la tenía que encender el Estado, empujando con el gasto público los movimientos iniciales de la rueda productiva.
Lo cierto es que estamos ubicados, en este momento, en una pendiente declinante de actividad económica que no tiene freno a la vista, y el Presidente es un fanático antikeynesiano. Salvo que la gente —después de leer el editorial de La Nación— salga a gastar, aunque no tenga con qué.
Más tarde se afirma lo siguiente: “Como bien señaló Marcos Buscaglia en La Nación, el gobierno debe dar ‘prestaciones simbólicas’ —a falta de monetarias— con su ejemplo de austeridad y honradez para inspirar el acompañamiento durante la transición”. Es extraordinario el uso de los tiempos verbales: “el gobierno debe dar…” como si recién comenzara la gestión, y no existiera ya una profusa cantidad de casos de cleptomanía en amplias áreas del Estado. El ejemplo de austeridad y honestidad no está, y la transición hacia el paraíso extractivista tiene para varios años más.
También es destacable que se proponga darle a la gente “prestaciones simbólicas” en cambio de darles prestaciones materiales, de las cuales en realidad está siendo despojada. Así piensa y gobierna la derecha, redistribuyendo la riqueza hacia el 5% de la población y ofreciéndoles a los desposeídos, sectores medios y bajos, diversas fantasías y consuelos para que se la banquen felices. Entre ellas, una de las prestaciones simbólicas favoritas del público es la “austeridad y honradez” que el editorial de La Nación opta por poner en el terreno de los buenos deseos a futuro.
Acto seguido el texto lanza una frase desopilante: “Ahora es importante que los libertarios fijen la vara moral muy alta”. Se ve que comparten la escala moral mileísta, donde la destrucción de la gente de carne y hueso no constituye un tema moral, pero sí lo es el congelamiento del sueldo del Presidente, como premio consuelo universal para tontos.
Sigue La Nación: “La corrupción no genera desconfianza por sí misma. La genera si los inversores perciben que, por hechos que dañan esas prestaciones simbólicas y conmocionan la opinión pública, se pueden perder elecciones cruciales para asegurar la continuidad de reglas de juego hoy propuestas y mañana quizás desechadas. Dicho de otra forma: los libertarios deben cuidar al Presidente Javier Milei dejando de lado sus intereses y sus internas facciosas, pues no está solo en juego su legitimidad, sino la viabilidad del país”.
¿Quedó claro? Ojo con la corrupción, que puede afectar políticamente al proyecto de fondo, al proyecto de nuestros negocios. La “viabilidad del país” estaría dada por los inversores externos (¿serán los autores del editorial?) que vendrían a aprovechar el proyecto extractivista, y a esos no hay que asustarlos con el peligro de una derrota electoral de los partidos lacayos. En cuanto a cómo conecta el editorial las internas facciosas de los libertarios con los “hechos que conmocionan a la opinión pública”, se pueden imaginar diversas combinaciones posibles, dados los personajes involucrados.
El final del editorial es contundente: “Es fundamental preservar el plan en curso, fuere quien fuere el gobernante, como política de Estado. Y evitar que el populismo aplauda de pie su abandono, como en 2001, para recuperar poder y financiar desmesuras. Si ello ocurriese o si el mercado creyese que podría ocurrir, nos hundiremos en lo más profundo de un décimo círculo donde Dante Alighieri hubiera puesto a los países fallidos e irrecuperables”.
Más allá de los vaticinios apocalípticos —“o mis negocios, o el abismo”—, es interesante observar que La Nación —o una fracción importante dentro del diario y de los sectores sociales que representa— toma posición al lado de Milei, advirtiendo sobre las desprolijidades que llevan a que trascienda el afano a cuatro manos, pero no le da mayor relevancia al desastre social, al proceso de empobrecimiento y deterioro humano masivo que se está produciendo. Se mantienen fieles a la idea de que la gente es capaz de reemplazar comida, empleo y medicamentos por declaraciones de austeridad del gobierno. Suponen que las penurias reales de la gente pueden ser compensadas psicológicamente con la ficción de que los funcionarios (los “explotadores” en el imaginario popular neoliberal) también la pasan mal.
Se propugna seguir el rumbo con quien sea que gobierne, y engañar con astucia a la gente mientras ocurre el milagro de la reconversión. Esa es la propuesta.
Tiene que ver con el tipo de proyecto —y de relato— que están construyendo para los gobiernos que pretenden instalar en las próximas décadas.
Una hoja de ruta para un futuro extractivista
El 26 de marzo, Ricardo Arriazu, una figura histórica, muy influyente del neoliberalismo financiero argentino desde la dictadura militar hasta la actualidad, disertó en la Fundación del Tucumán sobre el tema “¿Estancamiento o Recuperación?”. El valor de sus palabras reside en la franqueza con la que expone planes de negocios privados de largo plazo, y en los consejos sobre cómo transitar hacia la reconversión y cómo manejar a la sociedad para concretar esos negocios.
En esa presentación Arriazu sostuvo lo siguiente: “La Argentina tiene una estructura productiva absolutamente artificial. Hemos subsidiado lo que no tenemos ventajas comparativas y hemos castigado a todo lo que tenemos ventaja comparativa (SIC). Si la Argentina tiene que crecer tiene que cambiar eso. Pero cambiar implica que hay sectores que van a desaparecer… Y la destrucción es siempre más rápida que la creación. Y eso genera bolsones de pobreza, de descontento y de desempleo. Lo que se va a crear está casi todo en las provincias y en la periferia. Jujuy, Salta con litio, Catamarca con cobre, San Juan con enormes yacimientos de cobre (…) uranio, plata, oro, petróleo no convencional, incluso el agro. (…) Pero todo es acá [refiriéndose a las provincias mineras y el interior]. Y ¿dónde es la destrucción? En el Gran Buenos Aires. Si ustedes miran el último indicador de confianza del Instituto di Tella, que cayó, subió en las provincias y cayó en Buenos Aires” [este dato no coincide con los informes de los últimos tres meses del Índice de Confianza en el Gobierno elaborado por la Escuela de Gobierno del Instituto di Tella, donde la confianza pública en la gestión cae en forma continua en todo el país] (…). Y ese es el juego, y el gran desafío. Por eso yo dije que habría que hacer un estudio de equilibrio general para ver dónde iban a estar los bolsones (de pobreza) de tal manera de atemperarlo. Porque sabemos que después, posteriormente, la economía va a crecer y va a crear empleo de vuelta. El problema son los dos o tres años (…) en el Gran Buenos Aires. El proteccionismo hizo que la industria se radique al lado del centro de consumo, Buenos Aires, y generó una enorme migración del interior a Buenos Aires y el interior se quedó o con ventajas comparativas o se quedó con empleo público (…) Y esa es la historia del interior. Ahora es al revés. Y están viendo la migración hasta Neuquén, nada más que para hablar de minería”.
Luego Arriazu realiza una enumeración de varios grandes proyectos mineros en los cuales hay interés en invertir por parte de corporaciones extranjeras, y dice “nosotros tenemos el 70% de los Andes, es imposible que todos los minerales estén del otro lado. No estaban, estaban acá. Y justo el cobre es el factor escaso, con todo el tema del procesamiento de datos, inteligencia artificial. Entonces sabemos cómo se va a beneficiar Catamarca, sabemos cómo se van a beneficiar Salta, San Juan, Neuquén, un poquito menos Santa Cruz y Chubut, tienen que hacer cambios. Tienen que permitir la mayor mina de plata del mundo, que está en Chubut, y no la dejan explotar, y tiene que desarrollar otro yacimiento parecido al de Vaca Muerta, que se llama Palermo Aike (…). ¿Y dónde queda Tucumán? Tucumán no está beneficiada por la minería, no está beneficiada por la energía. Va a recibir algo de la parte de Catamarca, puede estar como centro logístico, la agricultura si cambian los precios relativos se va a beneficiar, pero parte de la industria de Tucumán se va a perjudicar. Entonces el mismo proceso que se da a nivel nacional se va a dar en Tucumán. Y es fundamental que las fuerzas vivas lo entiendan, lo examinen, y lo anticipen (…)”.
Las palabras de Arriazu constituyen un insumo extremadamente valioso desde el punto de vista de la reflexión económica y política.
- No nos sorprende que Arriazu continúe con la perimida teoría de las ventajas comparativas estáticas, en la que solamente creen las elites analfabetas y fracasadas de la periferia. En el capitalismo desarrollado trabajan y fortalecen sus ventajas competitivas dinámicas, y por eso logran insertarse en los segmentos más atractivos y rentables del comercio internacional. China hace exactamente lo mismo. La industria, también para Arriazu, fue una desviación. “No nos corresponde ser industriales” grita a coro la derecha local.
- No se entiende por qué todos los logros industriales argentinos deben ser desmantelados en función de un proyecto de expansión de la actividad minera y energética, salvo que se entienda que nos hace daño tener industria. ¿De dónde surge la oposición entre las diversas actividades? ¿La destrucción industrial será para reducir el empleo, la actividad interna, la demanda de divisas, y dejarlas libres para los pagos de compromisos externos? Por otra parte, la concentración industrial en torno a las grandes ciudades no se dio por subsidios, sino que arrancó con la crisis mundial de los mercados “libres” de los años ’30. Gracias a la industrialización espontánea ocurrida en esa década el sufrimiento social no fue aún peor. Los problemas económicos del país desde 1976 tienen un nombre fundamental: la deuda externa, y no los subsidios a la industria, que son cifras muy menores en comparación con los intereses que viene hace décadas pagando la Argentina por préstamos que sólo sirvieron al enriquecimiento de minorías y a la fuga de capitales.
- Se señala, acertadamente, que la destrucción es más rápida que la creación. En el caso argentino, desde 1976 hasta hoy, a la destrucción que producen las aperturas comerciales y financieras indiscriminadas de los neoliberales, no la siguen los paraísos económicos modernizados, eficientes y competitivos, sino crecientes trabas y restricciones al progreso productivo, con el consiguiente costo social.
- Arriazu señala una serie de puntos en el norte y el este del país, donde pueden llegar a radicarse importantes inversiones mineras e hidrocarburíferas. Son áreas puntuales, enclaves, que tendrían dentro de pocos años auges que podrían prolongarse durante algún tiempo. Desde el punto de vista del empleo directo e indirecto, esas áreas no tienen ninguna capacidad de reemplazar, ni hoy ni en el futuro, al entramado productivo industrial, comercial y de servicios de lo que aún hoy funciona en el AMBA. La industria es la actividad que todas las potencias, no importa su orientación, consideran la actividad portadora de progreso y soberanía. Nadie quiere destruir su industria en nombre de alucinaciones ideológicas. La minería puede ser una actividad que en determinadas condiciones sirva para apalancar el avance industrial, la infraestructura que integre el territorio, o la mejoría social. Pero en el esquema de Milei y la elite argentina, la minería sólo servirá para aumentar las ganancias de un reducido grupo de empresas, y consolidar una alianza con el capital extranjero de espaldas al país.
- La brecha temporal, suponiendo que un entramado productivo pudiera ser reemplazado por otro equivalente, no es un chiste. No son tres años. No hay forma de cubrir el desastre económico y social masivo generado por la desindustrialización, por la magnitud que tendría y el tiempo que duraría. El sólo hecho de plantearlo –insólito a nivel internacional— habla de un estado intelectual desquiciado en los estratos más altos de la sociedad. Uno de los puntos más débiles del pensamiento neoclásico es su alejamiento de la realidad material, producto de una abstracción matemática despegada de la referencia empírica. Así, una trabajadora de una fábrica del Conurbano podría ser re-empleada a los diez minutos de ser despedida, en un emprendimiento minero en San Juan; un contador sin trabajo podría ser empleado en un yacimiento de Palermo Aike, en el medio de Chubut; un pibe que está fracasando como financista estrella en criptomonedas podría irse a Catamarca a extraer cobre para los centros de inteligencia artificial de Palantir. Todo es así en ese mundo de fantasía: piezas intercambiables y no seres humanos concretos, con cuerpos, con psiquis, con historia.
- Arriazu transmite una mirada en donde las riquezas mineras son un manjar exquisito para ser devorado cuanto antes, como un objetivo en sí mismo. Esa es efectivamente la visión de las grandes mineras. No hay país, no hay sociedad, sino grandes proyectos de negocios que deben realizarse, sí o sí. El resto del territorio –ya no país– debe acomodarse a esos requerimientos perentorios. Esa es la función de los políticos.
- Es gracioso cómo se refiere Arriazu a provincias “beneficiadas” por la minería. En todo caso, la naturaleza geológica de la Argentina determinó que existieran ciertos metales en ciertas zonas del país. Si las provincias que cuentan con esos bienes van a ser o no beneficiadas por la extracción minera está por verse, y no depende de la naturaleza. No sólo por todas las advertencias largamente dichas sobre los aspectos predatorios de la minería en relación con el agua, la contaminación del suelo, la afectación de la vida natural, el daño a otras producciones regionales sustentables, sino porque en el actual contexto político argentino –marcado por la deserción de las élites de cualquier idea nacional– no hay garantía alguna de que tener algún mineral deseado por el mercado mundial redunde en un proceso de progreso provincial o regional. A la gente se le puede prometer que se van a crear puestos de trabajo, cosa que es cierta, por un cierto tiempo. Pero que la comunidad local, y la comunidad nacional puedan recibir una fracción significativa de la riqueza obtenida por las multinacionales, es otra cosa. Argentina hoy está postrada, y pareciera que no existen fuerzas nacionales capaces de imponer reglas de explotación al capital extranjero mínimamente beneficiosas para nuestro país.
- Arriazu, así como también los señaló el CEO de AmCham recientemente, ven problemas sociales en el horizonte asociados a la decisión de destruir la industria nacional y promover un puñado de grandes negocios mineros, y proponen tomar algunas medidas paliativas. En Tucumán, Arriazu advierte que hay que anticiparse para amortiguar el malestar del futuro quiebre de su industria. Al Gran Buenos Aires lo ve como un polvorín. ¿Le pedirá tomar medidas responsables al Presidente más irresponsable de la historia argentina?
- De todas formas, hay que tomar nota de cuáles son los planes del gran capital, y de la reconfiguración a gran escala que están cocinando para la sociedad argentina. Vale la pena aclarar que nada de este proyecto de negocios fue votado por el pueblo argentino, al que tienen distraído permanentemente para que no advierta lo que se viene. Ya la dictadura cívico-militar tuvo entre sus planes la redistribución geográfica de la industria argentina, para disolver los “focos subversivos” que eran las grandes concentraciones obreras y combativas de Córdoba, del corredor de Rosario a Buenos Aires. Ahora la cuestión es erradicarla definitivamente. Cambiar la composición social y la distribución poblacional para que la transformación social progresiva sea imposible.
- La eventual detonación programada de la gran región del AMBA por parte de las elites de negocios, donde viven millones de compatriotas, debería ser un tema relevantísimo de discusión. No como especulación teórica a futuro, sino porque está en marcha, en este mismo momento, delante de nuestros ojos. Sólo hay que unir los puntos de la política económica mileísta, y proyectar resultados a pocos meses. La derecha local es especialista en generar hechos económicos y sociales que después se vuelven irreversibles, teniendo siempre muy en claro el rumbo estratégico al que apuntan. Recientemente el funcionario libertario Diego Chaher, titular de la Agencia de Transformación de Empresas Públicas del Ministerio de Economía declaró: “Buscamos que, si alguien intenta reestatizar AySA (luego de que la privaticen), le resulte carísimo al país y enfrente sanciones internacionales». La próxima “Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada” que ya comenzó a ser tratada en el Congreso en estos días, apunta en la misma dirección: impedir todo cambio del orden neocolonial en construcción.
Si alguien quiere reemplazar este liderazgo social cipayo, que tanto daño le hace al país, va a tener que ser capaz de igualar y superar semejante vocación de cambio estructural que muestra la derecha, y aprender mucho de esa habilidad política que el poder concentrado tiene para irlo logrando.
