Gas, infraestructura y transición energética: el mundo mira a la Argentina como caso testigo
América Latina tiene el mayor potencial para liderar la energía limpia, pero se destaca el caso argentino por su expansión del gas natural, el desarrollo de infraestructura y su rol como combustible puente en un escenario global.
América Latina y el Caribe cuentan con algunas de las condiciones más favorables del mundo para avanzar en la transición energética, pero el ritmo de ese proceso sigue siendo lento frente a las exigencias del escenario global. En la última década, el progreso regional en materia de transición energética apenas mejoró un 1,2%, muy por debajo del promedio mundial, que alcanzó el 6,2%. La brecha no responde a la falta de recursos, sino a limitaciones estructurales: infraestructura insuficiente, financiamiento escaso, marcos regulatorios fragmentados y dificultades para atraer inversiones de largo plazo.
Aun así, la región parte de una base sólida. América Latina es hoy la segunda región más avanzada del mundo en energías renovables y líder global en generación hidroeléctrica. Representa el 7% de la población mundial y el 5% del suministro total de energía, y concentra una porción relevante del crecimiento futuro de la demanda energética global. En paralelo, las inversiones en energía limpia muestran una tendencia creciente: para 2025 se proyectan desembolsos por unos u$s70.000 millones, un 25% más que en 2015.
El desafío aparece al analizar el financiamiento. En 2024, la región captó apenas el 5% de la inversión privada global en energía limpia y solo el 4% del capital mundial destinado a la transición energética. Según las estimaciones del estudio, para cumplir los objetivos energéticos y climáticos será necesario más que duplicar ese esfuerzo: la inversión anual en energía limpia debería escalar hasta los u$s150.000 millones en 2030 y continuar aumentando de manera sostenida hacia 2050.
En ese contexto, según reveló un nuevo informe del World Economic Forum (WEF) y Accenture, el gas natural emerge como una pieza clave del rompecabezas energético. El aumento de la demanda global y las presiones para reducir emisiones están revalorizando su rol como combustible de transición, especialmente en regiones con abundantes recursos y potencial exportador. América Latina aparece bien posicionada, con proyectos en marcha tanto para ampliar la producción como para desarrollar infraestructura de transporte y exportación, particularmente de gas natural licuado (GNL).
Según explica Nicolás Ruiz Moreno, senior manager en Energy Industry Consulting de Accenture Argentina, los obstáculos son estructurales: cuellos de botella en infraestructura, políticas fragmentadas, baja innovación y financiamiento insuficiente. “Allí están las áreas críticas donde la reforma y la inversión focalizada pueden liberar todo el potencial de la región”, señala.
Dentro de ese mapa, el caso argentino se destaca con claridad. Durante años, la matriz energética del país estuvo condicionada por una fuerte dependencia de importaciones, el uso intensivo de combustibles líquidos más caros y una integración limitada de su sistema energético. Todo ello ocurrió pese a contar con una de las mayores reservas de gas no convencional del mundo en Vaca Muerta. Las restricciones de infraestructura y de mercado impedían reemplazar combustibles de mayor intensidad de carbono, expandir exportaciones y fortalecer la seguridad energética.
La respuesta fue una estrategia coordinada entre el sector público, empresas energéticas e YPF, orientada a expandir la producción de gas y a cerrar los cuellos de botella históricos. El Plan de Promoción de la Producción de Gas Argentino, lanzado en 2020, incentivó la inversión y la participación de los productores, mientras que la puesta en marcha del Gasoducto Perito Francisco Pascasio Moreno en 2023 amplió de manera significativa la capacidad de evacuación desde Vaca Muerta hacia los principales centros de consumo.
A ese esquema se suma un ambicioso plan de infraestructura a futuro: nuevas terminales de GNL, gasoductos transfronterizos y proyectos orientados a posicionar a la Argentina como proveedor regional y global de gas natural. De concretarse, estas iniciativas consolidarían al gas como eje central de la transición energética del país, combinando seguridad de suministro, reducción de emisiones y generación de divisas.
El análisis del WEF y Accenture también subraya que este tipo de estrategias no se limita a la infraestructura dura. Entre las buenas prácticas que surgen del caso argentino se destacan:
- el diálogo entre los distintos actores del sistema energético para construir consensos y legitimidad social;
- la reconversión laboral mediante programas de capacitación y certificación orientados a las nuevas industrias energéticas;
- la diversificación productiva regional, clave para sostener el desarrollo más allá de un único recurso.
En un escenario global atravesado por la urgencia climática, la necesidad de energía confiable y la competencia por atraer capital, el informe plantea que los países que logren articular recursos, infraestructura y políticas consistentes estarán mejor posicionados.
En ese marco, la expansión del gas natural en la Argentina aparece no solo como una respuesta coyuntural, sino como un caso de estudio sobre cómo convertir un recurso abundante en una plataforma de transición energética, desarrollo industrial y proyección internacional.

