Antiperonismo, sin dólares ni libertad

La oferta electoral bonaerense de la alianza LLA-Pro

En 2007, Mauricio Macri eligió como locación para lanzar su primera campaña a jefe de gobierno porteño un basural de Villa Lugano, una de las zonas, tanto entonces como ahora, más desfavorecidas de la ciudad.

A diferencia de Macri, que cuando se paró en esa tarima era diputado, sin responsabilidad ejecutiva sobre la ciudad, Milei es presidente hace ya veinte largos meses. Y Villa Celina, La Matanza y Buenos Aires, forman parte del territorio argentino que él gobierna. El riesgo de que la jugada le vuelva encima como un boomerang no es para despreciar. Veamos.

Además de banalizar la dictadura cívico militar con la leyenda «kirchnerismo Nnca Más», la foto de hoy en Villa Celina, con los candidatos cabeza de lista seccional vestidos con buzo de egresados violeta se parece demasiado a aquella puesta en escena.

El atraso o la falta de desarrollo, poco importa en este caso si son reales o imaginarios, son apenas una excusa. Porque el plato principal que ofrecerá la fuerza de los hermanos Milei esta vez es antiperonismo, puro y duro. Antiperonismo a secas. No se trata de una decisión libre sino de una muy condicionada. Básicamente, por la realidad.

En esto, ni Milei ni su estratega Santiago Caputo, formado en la escuela de Durán Barba, tampoco inventan nada. Macri, que arrancó ofreciendo felicidad y repartiendo globos, se fue destilando gorilismo, tirando por la borda la afeitada de bigote y los esfuerzos por sacarse la papa de la boca.

Y, cuando perdió las PASO de 2019 por un margen de dieciséis puntos, atribuyó la reacción de los mercados a que «el mundo no confía en el kirchnerismo».

En sus inicios, Milei prometía libertad y, especialmente, dólares. Dólares para todos. Ahora hay dólares (aunque ya quedan pocos), pero no son para todos, porque los ingresos no alcanzan para comer y los billetes de Washington no son comestibles. En Villa Celina, como en Olivos, por citar un barrio acomodado, la mayoría está peor.

Luego, como ocurrió con el Pro, ante la evidencia de las promesas pasadas incumplidas, sólo queda ofrecer antiperonismo. Por eso la bandera «kirchnerismo Nunca Más», una promesa bastante más honesta y creíble que las anteriores, que además permite distraer la mirada de los candidatos, en su mayoría flojitos.

Días atrás, se le escapó al ministro Caputo la expresión «riesgo kuka» como explicación de la suba del dólar. Casi una confesión de que los pronósticos para septiembre no los favorecen. La explicación es sencilla.

Para la base electoral de Milei, aquélla que lo votó en los tres turnos de 2023, agosto, octubre y noviembre, constituida básicamente por varones jóvenes, de sectores medios bajos y bajos, muchos de ellos precarizados, la promesa electoral de 2025 es muy poco seductora. De mínima, menos seductora que la de hace dos años. Para ellos, exceptuando a la minoría radicalmente ideologizada que le festeja a su líder cada salida de cadena, el cambio de discurso es una nueva decepción.

¿A quién interpela o aspira a interpelar, entonces, el planteo «kirchnerismo Nunca Más»? Al votante antiperonista tradicional, no al hijo de familia peronista, de clase trabajadora, enojado con el relato familiar, con el mundo que ya no existe, hecho de cuotas fijas y asado los domingos, que apenas llegó a disfrutar de pibe. Ése es el que muy probablemente se quede en su casa el 7-S.

Y ahí surge otro problema para Milei y su oferta electoral. Algo parecido a lo que los consultores llaman «desperfilamiento». Cuando un dirigente o candidato deja de parecerse a sí mismo y el electorado reacciona con desconfianza.

Al votante tradicionalmente antiperonista, la condición plebeya, vulgar de Milei, le hace ruido. Más ruido aún le causan las conductas de figuras encumbradas de su entorno, incluyendo al comisario retirado okupa que va de candidato a primer diputado.

¿Puede funcionar, así y todo? Unos años atrás, habríamos dicho que no, sin dudarlo.  Pero… En uno de mis pasajes favoritos de El Eternauta, Salvo le pregunta a su amigo el Tano: «¿Se rompió la brújula?». A lo que Favale responde: «La brújula está bien, Juan. Lo que se rompió es el mundo». Roto, sí, pero esperemos que no tanto.

Por Marcial Amiel

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Pagina12

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