Milei y el arte de imponer la agenda
Javier Milei ocupa hoy el centro absoluto de la escena política argentina. Es el Presidente quien toma las iniciativas, ordena las discusiones públicas y fija el temario sobre el que gira casi toda la conversación nacional. No aparece, por ahora, un actor capaz de generar un campo de atracción alternativo que obligue a hablar de otros asuntos o a discutir prioridades distintas.
Milei funciona como un verdadero ordenador del sistema político: gobernadores, dirigentes opositores, empresarios y referentes sindicales se definen, antes que nada, por su posición frente a él. El mapa se organiza en torno a dos grandes zonas: quienes apoyan —total o parcialmente— las iniciativas oficiales y quienes las rechazan, a veces proponiendo alternativas, como ocurre con la reforma laboral. Pero incluso esas resistencias se mueven dentro del terreno que fija el propio Presidente. Se discute lo que él propone y al ritmo que él impone.
Cada uno de estos temas enciende debates intensos, divide aguas, genera indignación y ocupa horas de televisión, radio y redes sociales. El Gobierno no solo tolera ese clima: lo estimula. La controversia permanente es parte de su modo de gobernar.
Sin embargo, hay un punto donde esta lógica mostró límites: los incendios que arrasan vastas zonas de la Patagonia, especialmente en Chubut. Allí la tragedia ambiental y social no entró fácilmente en el esquema habitual de polarización discursiva. La primera reacción oficial fue distante, casi desentendida, en línea con otras emergencias recientes (como el caso de las inundaciones en Bahía Blanca): la idea de que las provincias o las ciudades deben arreglárselas por sí mismas. No fue suficiente esa imagen generada con inteligencia artificial en la que el Presidente felicita a un bombero, una postal épica pero artificial que contrastó con la magnitud real del desastre. La situación es demasiado grave y el dolor demasiado visible: gobernadores, dirigentes locales y, sobre todo, amplios sectores de la sociedad civil lograron instalar el tema. Los incendios duelen, y el abandono tiene costos políticos. Entonces el gobierno nacional está obligado a tomar alguna iniciativa. Así funciona la cosa: cuando se impone una realidad y la sociedad se moviliza, cambia el clima en las redes y en los medios y el gobierno reacciona.
La gran habilidad política de Milei no es solo imponer temas, sino invisibilizar otros. Mientras el debate público se consume en la edad de imputabilidad, en los migrantes o en la supuesta “exageración” de las políticas ambientales, quedan en segundo plano problemas que afectan la vida cotidiana de millones de personas. Se habla poco del deterioro de los salarios y de la caída persistente del consumo. Se discute menos aún el cierre de empresas y la pérdida de empleos formales e informales. Casi no aparece en la agenda la crisis habitacional, que deja a generaciones jóvenes sin posibilidad de alquilar o acceder a su primera vivienda. Tampoco ocupa el centro la paralización de la obra pública, con rutas y caminos cada vez más deteriorados, ni el retroceso presupuestario en educación, ciencia, tecnología y salud. Mucho menos la desarticulación de políticas de derechos humanos y de protección de mujeres y diversidades. Ni qué hablar del silencio absoluto del Poder Judicial en cada uno de estos temas para proteger derechos o exigir el cumplimiento de la ley.
Una agenda que se impone siempre oculta otra que se evita. Milei no inventó este mecanismo, pero lo maneja con una destreza notable. La hiperactividad temática, la provocación constante y la confrontación cultural funcionan como una cortina que tapa el deterioro material de amplios sectores sociales. También sus apariciones en teatros o en foros locales o internacionales: su palabra se transforma en el centro de atención y de los posicionamientos políticos. El éxito no es lograr el consenso sobre los contenidos sino la imposición de los temas sobre los que conversamos.
¿Cómo se sale de esto? Primero: se sale. Ninguna política regresiva es eterna y ocultar los problemas reales de las personas o de las empresas o de los sistemas educativos o de salud se pueden tapar sin costo alguno. Segundo: se sale de abajo para arriba. Porque el arriba está hoy muy orientado a mirar y ubicarse frente a todo lo que hace Javier Milei. Pero abajo hay ya muchos problemas postergados que van a aparecer, más tarde o más temprano. La gente la está pasado mal y por ahora una buena parte de las/los ciudadanos tiene la mirada puesta en la esperanza. Otra parte sabe que este camino no conduce a ninguna tierra prometida. Pero todos vivimos en el mismo país, atravesados por una brecha creciente entre el relato de transformación y una realidad cada vez más áspera. Y más allá del sistema político, más tarde o más temprano, esta distancia entre las promesas vacías y la realidad, producirá efectos concretos. Y empezará de abajo para arriba, aunque se demore más de lo que deseamos. Me parece.
