El fantasma de la crisis productiva

Día a día se acumulan noticias de cierre de empresas, conflictos laborales y quejas por las importaciones. La política de liberalización a ciegas sólo puede agravar los problemas de empleo y de divisas y alejar definitivamente la posibilidad de un desarrollo tecnológico, clave para lograr mejores ingresos para la población.

El fantasma de la crisis productiva recorre la Argentina de Milei. No pasan días sin que haya noticias de cierre de empresas, conflictos laborales, quejas por las importaciones. Se lo ha nombrado de distintas formas, pero “industricidio” parece ser la más adecuada para las circunstancias. Las pymes son las primeras víctimas de la coyuntura económica signada por la baja demanda, ajuste fiscal y salarial y problemas de competitividad cambiaria. Están en la trinchera de esa guerra económica que el gobierno está llevando contra la industria argentina.

Pero en los últimos tiempos han llamado la atención las repetidas noticias de grandes empresas con dificultades de distinto tipo. Que sean las firmas agropecuarias como Los Grobo, las industriales como Celulosa Argentina, o la energética Albanesi, el tendal de default y cesación de pago es llamativo. Si nos retrotraemos a la última década, podemos agregar a Pescarmona o a Vicentin como otros ejemplos llamativos, aunque caen en la misma lógica: la crisis del capitalismo argentino es una crisis de acumulación de capitales, y por eso mismo también es la crisis de sus empresas, por más grandes que sean.

La dinámica política de los últimos años ha traído a la presidencia a Javier Milei, un outsider que se enfrentaba a dos candidatos con mucha experiencia y apoyo empresarial, inicialmente mucho más del que tenía el que finalmente ganaría la presidencia. Las primeras políticas de ajuste feroz han sido del agrado de las grandes empresas locales, que veían por fin sus proyectos de reducción de costos impositivos y salariales plasmarse sin contemplaciones ¡Por fin un presidente con las agallas para hablar claramente del libre comercio y realizar el ajuste fiscal más grande del universo! ¡Por fin un gobierno que firma Acuerdos de Libre Comercio con el mundo!

Luego de los festejos por aquella victoria, empezaron los dolores de cabeza. El discurso de libertad económica terminó afectando intereses importantes. Un caso es la fusión de Telecom y Telefónica bloqueada por el gobierno, en desmedro del Grupo Clarín. Se sucedieron varios otros episodios, como el desarme parcial del régimen de Tierra del Fuego y por último la licitación perdida por Techint a manos de una empresa india para la construcción de un gasoducto.

Resulta que el gobierno efectivamente iba a liberar el comercio y bajar los gastos, afectando al sector productivo de la construcción, que iba a realizar acuerdos de libre comercio con todo el mundo, bajo la impronta de que “las importaciones siempre conllevan un incremento de las exportaciones”, como teoriza el inefable Sturzenegger.

Siguiendo esa misma línea, la UIA no dejó de sorprender con su declaración de apoyo al Acuerdo de Libre Comercio entre la Unión Europea y el MERCOSUR, en el cual se entrega toda posibilidad de desarrollo industrial local a manos de los europeos. El discurso neoliberal de los grandes industriales argentinos tiene una larga continuidad, pero nunca dejaron de realizar sus negocios en condiciones de ventajas institucionales que contemplaban algún tipo de protección o favor en una licitación. El principal argumento era que en última instancia lo que se protegía es el trabajo argentino. El liberalismo pregonado por esas empresas, era para los demás, no para ellos.

¿El empresario nacional?

Si bien al lado de estos golpes existen numerosas dádivas entregadas por el gobierno que permitirían hablar de ganadores y perdedores dentro de las grandes empresas, no todo parece tan simple. Las lecturas tradicionales que se suelen hacer de estas grandes empresas son por lo menos tres. La primera es una perspectiva sectorial, por la cual el cierre de grandes empresas locales o su venta a multinacionales suelen ser vistas como pérdida de capacidades tecnológicas, y de eslabonamientos locales en una perspectiva de integración productiva, un proceso que viene dándose desde los años setenta.

La segunda es una perspectiva más social, en la cual se plantean que estos grandes grupos económicos son diversificados y que lo que pierden en lo industrial lo pueden compensar con ganancias en otros sectores. Esa flexibilidad les permite acomodarse a las crisis, pero sobre todo concentrar mercados para convertirse en “generales de la economía”. La tercera es más tradicionalmente marxista, en la cual se suele asociar esas empresas a la lumpenburguesía, en el sentido que se someten al capitalismo transnacional.

Las historias de las grandes empresas industriales argentinas muchas veces se emparentan con políticas estatales. El caso de las compañías de medicamentos debe su florecer a los años cuarenta, cuando los hospitales empezaron a ser una política de Estado y el empuje a la demanda que resultó de las políticas sanitarias de Carrillo durante el gobierno peronista.

El propio Mercado Libre fue fecundado en el marco de la ley de software de 2004, junto a otras empresas que hoy se consideran Unicornios o que cotizan en Estados Unidos. El caso de Techint, creciendo como proveedor de YPF durante todo el período de la sustitución de importaciones, es ilustrativo. Su posterior financiarización y extranjerización desde los años setenta es también una muestra de su acomodamiento a las dinámicas del capitalismo global, tanto como la consecuencia de la desindustrialización de Argentina. Su dominio sobre el mercado del acero argentino y su expansión internacional hizo que varios trabajos académicos tiendan a analizar al grupo Techint como un grupo transnacional más que como una empresa local. La propia trayectoria de esa empresa y otras del mismo calibre complejizaron la noción de empresa nacional tal como la conocíamos hasta la dictadura militar, en los años de Gelbard. ¿Hoy qué es ser empresario nacional? ¿El que invierte en el país puede ser una variable definitoria? Es sin dudas una pregunta de gran relevancia en la actualidad.

“Argentinización”

Si bien estas fricciones entre gobiernos neoliberales y grandes empresas siempre han ocurrido, sobre todo cuando hay tensiones con las importaciones, la principal diferencia de este gobierno con otros como el de Menem o Martínez de Hoz parece radicar en el momento actual del capitalismo global. La industria argentina, pero también la brasileña, la estadounidense, la alemana y la francesa, se encuentran en un momento de apretón por la fuerte competencia de la industria asiática, de China en primer lugar, pero como lo vemos, esto se extiende a la India y vendrán otros orígenes con menores costos aún.

Las estrategias seguidas por los distintos países frente a estos problemas son variadas. La opción de Trump es proteger la industria de EE.UU. con aranceles, proveerse de insumos y alimentos para abaratar costos en el mercado local, abrir mercados con Tratados de Libre Comercio o a cañonazos como vimos en Venezuela. Y sobre todo encarecer el acceso a los recursos naturales para China al sacarle los mercados latinoamericanos. Podemos pensar que, si los insumos que necesita China se encarecen, su industria perderá competitividad y reducirá la presión sobre la industria estadounidense.

Brasil puso en marcha una gran política industrial, el Nova Indústria, que apuntala sus sectores frente a la competencia internacional, y podríamos decir que los europeos están despertando a la necesidad de reforzar sus políticas industriales y buscar mercados en otros continentes, como lo muestran sus tratados de libre comercio con Canadá, el Mercosur y la India.

En Argentina, la opción de Milei parece ser la de liquidar la industria, como lo hizo Pinochet en Chile, dejando al país dependiendo de sus recursos naturales. Los límites de esa estrategia son claros: Argentina tiene una relación de recursos naturales per cápita menor al promedio de la región, y esos sectores no son suficientes para traccionar semejante economía.

La salida de numerosas empresas multinacionales en los últimos años es un síntoma inquietante de la crisis. La recompra de esas empresas de parte de las firmas locales da lugar a una “argentinización del capitalismo argentino” que, lejos de ser una buena noticia, podría ser una muy mala: las perspectivas de volver a una acumulación de capital en las condiciones propuestas por el gobierno no son buenas. Al revés de la extranjerización que sucedió en los años noventa, el actual reflujo de inversiones extranjeras directas es sintomático de un proceso que puede empeorar.

En este marco, Argentina debe pensar en nuevas estrategias que contemplen el empleo, el desarrollo tecnológico y las divisas. Lejos de un problema de precios que puedan tener productos locales (dado que nadie podría competir con China), todo radica en qué industrias se quiere fomentar y cuáles son las importaciones de las cuales no queremos depender. Hay industrias que se encuentran cerca de la frontera tecnológica que deben ser protegidas, o que son parte de eslabonamientos claves localmente e internacionalmente que no pueden sacrificarse.

Además, a diferencia de los países europeos o de EE.UU., hay que pensar en términos de ahorro de divisas antes que en términos de precios. Esto significa calcular las divisas que nos ahorramos produciendo localmente un producto (incluso importando sus insumos) en relación a la importación de un producto terminado. En suma, realizar políticas industriales parece más acertado hoy que nunca en el mundo que se viene. La política de liberalización a ciegas realizada por el gobierno actual solo puede agravar los problemas de empleo, de divisas, y alejar definitivamente la posibilidad de un desarrollo tecnológico, clave para lograr mejores ingresos para la población.

Por Martin Burgos

*Martín Burgos es investigador del Centro Cultural de la Cooperación y de la Flacso

Fuente
Pagina12

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