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22 de noviembre de 1963: Kennedy, caso abierto

La investigación por la muerte del mandatario estadounidense en 1963 transitó por infinitos vericuetos pero sin ninguna resolución firme.

22 de noviembre de 1963: Kennedy, caso abierto
Sus principales asesores le habían recomendado esquivar Dallas en su paso por Texas. Pero él se negó a omitir un distrito tan importante en aras de reforzar sus chances de reelección. Por eso, aquel fatídico 22 de noviembre de 1963, John F. Kennedy se subió al descapotable presidencial para realizar un breve recorrido por las calles de la ciudad y saludar, con su característica sonrisa, a los seguidores que habían ido a verlo.
“Señor presidente, ciertamente no puede decir que Dallas no lo quiere”, le susurró al oído la esposa del gobernador John Connally, Nellie, quien también estaba dentro del auto. Fueron las últimas palabras que Kennedy escuchó en su vida. Al instante, cuando la limusina giraba hacia la Plaza Dealey y tomaba la calle Houston, una ráfaga de balas cayó sobre su cuerpo.
En ese momento, la vida de JFK se terminó. Pero el magnicidio abrió la puerta a uno de los casos más sombríos de la historia estadounidense, cuyas preguntas, a 50 años de la muerte del entonces presidente, todavía no pueden ser contestadas con certeza. ¿Quién mató a Kennedy? ¿Hubo un solo asesino o varios? ¿Cuántos disparos se registraron en la escena del crimen? ¿Por qué lo mataron? ¿Quiénes se beneficiaron con su muerte?
Si hay algo que está claro en ese mar de dudas, es que el de Kennedy es un crimen que aún permanece impune. Porque el único hombre señalado como culpable pocos minutos después de la muerte del presidente, Lee Harvey Oswald, fue asesinado tras pasar sus primeras 48 horas en la cárcel. Según la policía y las pericias de la Comisión Warren –formada especialmente en 1964 para investigar el crimen–, el muchacho de apenas 24 años había actuado solo, por su propia cuenta.
El precoz y oscuro asesinato de Oswald, a manos de un hombre llamado Jack Ruby y mientras era trasladado a otra cárcel, llenó de sombras el caso, que el gobierno estadounidense se encargó de dar por cerrado rápidamente. La versión estatal fue cuestionada por políticos y fiscales. Las teorías conspirativas florecieron al calor de las dudas. Primero fueron señalados los cubanos molestos por el fiasco de la invasión de Bahía de Cochinos; luego, aquellos mafiosos furiosos por la campaña que había encarado contra ellos el secretario de Justicia y hermano de JFK, Robert Kennedy.
En 1988, la BBC presentó un informe televisivo en el que Christian David, un ex nexo entre el crimen organizado y la provisión de drogas en Estados Unidos, sostuvo que un bar de Buenos Aires fue el escenario para la firma de un contrato con el que la mafia corsa decretó asesinar a Kennedy. Pero hubo todo tipo de hipótesis, incluso algunas disparatadas, como la que sostiene que el chofer del descapotable presidencial habría asesinado al presidente como parte de un esfuerzo por encubrir una invasión extraterrestre.
Uno de los representantes más importantes de aquellos que se negaron a aceptar el cierre del caso de forma tan precipitada fue el fiscal Jim Garrison, inmortalizado en la película JFK, de Oliver Stone. Después de una extensa investigación y de recolectar centenares de pruebas, Garrison llegó a la conclusión de que Oswald no había actuado por su propia cuenta, sino que apenas era un pequeño eslabón dentro de una infinita y turbia cadena de responsables que habían conspirado para asesinar a Kennedy. A fines de los años ’60, el fiscal apuntó, sobre todo, contra el complejo militar-industrial, la CIA, el FBI, las Fuerzas Armadas y los servicios secretos estadounidenses, que habrían tomado represalias por la revisión que el por entonces presidente habría hecho de la política hacia la guerra de Vietnam.
Consultados por Tiempo Argentino, una serie de especialistas dieron su visión sobre el caso. Para Valeria Carbone, historiadora e investigadora del CONICET, la pesquisa de la Comisión Warren tuvo muchos “puntos oscuros” y “se encubrió información”. “Personalmente, no creo en la posibilidad del asesino solitario. Se repite demasiadas veces en la historia norteamericana como para ser creíble. El presidente norteamericano es, en líneas generales, el hombre más y mejor protegido del mundo. Su servicio secreto ha de tener a los hombres más y mejor entrenados. Sin embargo, la ‘desaparición trágica’ de presidentes y otras prominentes figuras políticas a manos de un ‘atacante solitario’ con tremenda puntería plaga el devenir histórico de los Estados Unidos desde Lincoln a Reagan”, explicó la académica.
En el mismo sentido, Laureano Ralón, coordinador del Programa Norteamérica del Centro Argentino de Estudios Internacionales (CAEI), sostuvo que “es una locura pensar que un magnicidio pudo haber sido orquestado por un rezagado que actuó en soledad”. Para Ralón, “Oswald había sido elegido de antemano como el ‘chivo expiatorio’ porque reunía todos los requisitos: un hombre solitario que se decía marxista, que había vivido en la Unión Soviética durante algunos años y que al volver a EE UU simpatizó con Fidel Castro. El presidente de los Estados Unidos asesinado por un simpatizante castrista: ¿qué mejor historia que esa? Simple, concisa”.
El ex agente de la KGB Daniel Estulin, investigador del caso y autor de libros como El club de los inmortales, también avaló la tesis del “chivo expiatorio”. Desde Suiza, Estulin dijo que “cuando Ruby le disparó a Oswald lo estaban grabando los de la televisión en vivo. Fue un mensaje a la nación que demostraba que Oswald fue un auténtico chivo expiatorio que se escapó tras matar a Kennedy. No se atrapó a los asesinos, la Comisión Warren encubrió los hechos. Quedó la impresión de que los hombres que habían ordenado el asesinato estaban en alguna parte, sonriendo y tomando cócteles, lejos del asunto”.
Doce años después del informe de la Comisión Warren, en 1976, el Congreso estadounidense formó el Comité Selecto de la Cámara sobre Asesinatos (HSCA, por sus siglas en inglés) para investigar no sólo el crimen de JFK, sino también el de su hermano Robert y el de Martin Luther King. Tres años después de iniciar sus tareas, la HSCA concluyó, al igual que la Comisión Warren, que Oswald había sido el asesino. Pero no el único. El comité parlamentario sostuvo que en el asesinato había participado un segundo tirador y que Kennedy, tal como había denunciado el fiscal Garrison, probablemente había sido víctima de un complot. Sin embargo, la HSCA “no pudo identificar al otro individuo armado ni la magnitud de la conspiración” y sus conclusiones también fueron discutidas.
El caso no quedó exento de vueltas de tuerca y giros inesperados. En 1996, de forma sorpresiva, un ex militar se declaró como el autor de los disparos que impactaron contra el cuerpo de Kennedy. Se trata de James Earl Files, quien en los ’60 se habría involucrado con la mafia y que aseguró que Oswald no había participado del asesinato, por lo que quedó como el único autor confeso del crimen. Sin embargo, su historia no ganó muchos adeptos entre aquellos que creen firmemente en la teoría de la conspiración debido a las inexactitudes y contradicciones que presentó su misterioso relato.
Lo cierto es que, a 50 años de la muerte de JFK, la mayoría de los estadounidenses desconfían de las versiones oficiales. Según una encuesta de la agencia de noticias AP, el 60% de los ciudadanos cree que más de una persona participó en una conspiración para asesinar a Kennedy y sólo un 25% piensa que Oswald actuó solo. La historiadora Carbone aseguró que el “verdadero asesino” de JFK “fue cambiando en la imaginación colectiva en relación al momento histórico que atravesaba el país”.
Una teoría explicada por Brad Meltzer, escritor y conductor de History Channel. “En la década de 1960 creíamos que lo habían matado los soviéticos. En la década de 1970, y dado que desconfiábamos de nuestro propio gobierno, que había sido la CIA. En los ’80, con el auge de las películas sobre mafiosos, la mafia pasó a ser responsable de su asesinato. Hoy día, creemos que nuestro propio gobierno tuvo algo que ver. El asesino de JFK parece ser aquel del que tenemos más miedo o más desconfiamos en determinado momento”, planteó Meltzer.
¿Pero por qué lo mataron? Para Ralón, los motivos fueron muy variados. “Se habla de la mala relación de (el entonces vicepresidente) Lyndon Johnson con el presidente y su hermano; que estaba a punto de ser denunciado por asociación ilícita y que podía quedar afuera de la fórmula presidencial de 1964. A esto se suma la negativa del presidente Kennedy de echar mano dura al régimen de Fidel Castro, tal como lo pretendía la CIA y los grupos anti-castristas que habían organizado la fallida invasión de Playa Girón. Por último, están las investigaciones que Robert Kennedy venía impulsando sobre los negocios de la mafia durante los años en que John F. Kennedy fue presidente”, explicó el coordinador del CAEI.
Por su parte, Carbone opinó que se trató de “motivos claramente políticos y, a mi entender, con cuestiones más domésticas que de política exterior”. La investigadora del CONICET agregó que tras el asesinato de JFK no hubo muchos cambios en el gobierno estadounidense, por lo que no puede hablarse de “sectores beneficiados” por la muerte del presidente. “Todo su Gabinete se mantuvo, y de hecho Johnson mantuvo la misma línea que Kennedy en política exterior, principalmente en las relaciones diplomáticas con la URSS”, aseguró Carbone.
En 1993, un escritor llamado Gerald Posner publicó un libro en el que avaló las conclusiones a las que había arribado la Comisión Warren y tituló su trabajo con dos palabras claras: Caso cerrado. Sin embargo, a 50 años de la muerte de Kennedy, los investigadores siguen buscando respuestas a las incógnitas abiertas. Aún miles de documentos que pertenecen a la CIA sobre el crimen continúan clasificados y fuera del alcance del público. Ante esa realidad, todo parece indicar que si se escribiera un nuevo libro acerca del asesinato del ex presidente demócrata, debería titularse: “Kennedy, caso abierto”.
Debate histórico
El gran debate del 26 de septiembre de 1960 entre el vicepresidente Richard Nixon, candidato republicano a la Presidencia, y John F. Kennedy, postulante de los demócratas, fue el primero en la historia estadounidense. Pero no sólo quedó en la historia por ese motivo, sino también por la importancia que tuvo en los comicios de ese año y por las imágenes que dejó cada uno de los candidatos.
El debate duró una hora y atrajo a 70 millones de espectadores, la mayor audiencia para un evento político televisado en el país del norte. Frente a frente, Nixon y Kennedy discutieron sobre política interior y exterior. Mucho más relajado y preparado, el entonces senador demócrata logró manejar los hilos de la conversación y superó a su contrincante ampliamente.

Algo que quedó reflejado en el rostro pálido y sudoroso de Nixon, nervioso ante la contundencia de JFK. Kennedy, por el contrario, lucía bronceado y relajado. Muchos dicen que ese debate fue decisivo a la hora de las elecciones, que el joven demócrata finalmente ganó por escaso margen.

Fuente: Tiempo Argentino

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