POLITICA

Tres décadas de boletas electorales

Un repaso de las papeletas de sufragio utilizadas en las elecciones realizadas en suelo porteño en estos 30 años. Orgullo cívico, simpatías, rechazos, nostalgia.

Tres décadas de boletas electorales
En 30 años de democracia, como en la vida misma, cambiaron muchas cosas. Ya no existen los sellos redonditos que autoridades de mesa aplicaban en las últimas páginas de los DNI o de los viejas Libretas de Enrolamiento. Algunas de esas hojas que, ajadas, llegaron a colapsar por casi una treintena de elecciones en estas tres décadas. En las dos últimas elecciones nacionales un pequeño troquel llegó para convertirse en la constancia del sufragio.
En la Argentina aún no se implantó el voto electrónico. Como en todos estos años, aun antes del actual período democrático, la elección se ejerce mediante la boleta. De listas cerradas o abiertas, con las caritas de referentes históricos, con los logos partidarios o simplemente con los nombres de los partidos, en letras ilegibles o de molde, de izquierda, centro o derecha, de las que miden unos escasos centímetros a otras papeletas gigantescas tamaño sábana.
De las impresas en papel prensa a las actuales, implementadas en las elecciones de 2011, en papel ilustración a multicolor y con la impresión clara de los siempre sonrientes candidatos. Las también llamadas hojas de votación existen desde el siglo XIX, cuando remplazaron al libro donde se efectuaba el voto cantado, perfeccionando el sistema de sufragio.

Son un emblema de la democracia. En este espacio se pretende homenajear el sistema imperante que cumplió tres décadas, con un raconto de las boletas electorales de los sufragios realizados desde ese 30 de octubre de 1983 hasta el del pasado domingo, aunque ceñidas a las realizadas en la Capital Federal.

Boletas repletas de candidatos: a presidentes, vice, o distintas instancias de legisladores, titulares y suplentes, elegidos en forma directa o por la vía de electores. Con nombres o sobrenombres. Desde aquella 1 del MID hasta las de extraños números de tres cifras. De los partidos tradicionales o de los conocidos sólo por algunos familiares de los candidatos y pocos más.
Nombres muy repetidos, otros que pasan de partido a partido, los que ganan, los que pierden, los que se postulan a todos los cargos, las postulaciones simbólicas, y mucho más. Hay de todo. Boletas para cargos tradicionales o listados extraordinarios como la de 1996, cuando se eligieron representantes para dictar el Estatuto Organizativo de la flamante CABA. U otra excepcional: la de candidatos a la Convención Constituyente que reformó la Constitución en 1994.
Una recorrida por esas boletas puede resultar tan nostalgiosa como emocionante. Reconocer nombres elegidos o rechazados, simpatías tan fuertes como repulsas refrescadas en la memoria. Y puede durar mucho tiempo: incluso más de 30 años.
Hasta la victoria, siempre
Las sierras de San Luis fueron testigos. Se conocieron en ENTEL mientras se derrumbaba la dictadura. Los atravesó Malvinas y los preludios de la democracia. El Luna Park los vio en la popular sur. Los sedujo la imagen del Viejo bonachón, progre. Los laberintos de la Patria Grande, la alternativa nacional, popular y revolucionaria, liberación o dependencia. Los insolentes ’70 cosechaban en los ’80: utopía, subversión, rock sinfónico, hippismo, sexo sin tabúes.
En la Patota del Doctor militaron la campaña del ’83 con Oscar Alende y el Gringo Viale. La 8ª porteña del Partido Intransigente. La marchas a Plaza de Mayo o a Once. Cumpas entrañables como el Gordo Dattilo, Norber, el alemán Bischof, la Negra. Las peleas con la Banda y el VTR, el rabanaquismo, éramos los “troscos”, pintamos a cal y ferrite, levantamos un local y le pusimos Hasta la victoria, siempre…
Clase ’57, iba a votar por primera vez cuando llegó la dictadura. La imagen del primer cuarto oscuro de la vida en el ’83. La búsqueda de la boleta del PI. La extraordinaria sensación de votar. Casi 350 mil votos. Apenas un 2,3% ante el 51 de Alfonsín. Hace 30 años: aprovecharon el feriado largo para pasear por San Luis. El 10 de diciembre los encontró en un bondi, de Merlo a la capital. El sol rompía la ruta. Alguien advirtió: a esa hora juraba Alfonsín, se acababa la puta dictadura. Alguien, en un grito, arrancó: “Oíd mortales…” Muchos llorábamos. El chofer que detuvo el micro hasta un rato después del “juremos con gloria morir…”
 La pareja tuvo un hijo y al tiempo se divorció. Ella optó por los caminos de Trotsky, mientras él seguía rutas intransigentes, hasta que los sapos de los ’90 fueron demasiado. Aunque coincidieron en la agitación inigualable cuando el hijo, ya crecido, integró la boleta del Proyecto Sur, como candidato a una banca de la junta comunal en 2011. Justo dos décadas después de que el padre integrara la del Fredejuso, como postulante a concejal metropolitano en la lista de Aníbal Ibarra.
Fuente: Tiempo Argentino
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