CULTURA

Bioética y derechos humanos

Una pandemia como la que hoy padecemos problematiza a la totalidad de los supuestos éticos tradicionales en la medicina y la salud. Con ello interpela y convoca a la reflexión crítica a un campo normativo como la bioética cuando éste se funda en el respeto de los derechos humanos como moral básica.

Bioética y derechos humanos

En primer lugar porque obliga a debatir las cuestiones teóricas y metodológicas del pluralismo de valores y principios éticos cuando deben establecerse normas y procedimientos en el marco de la tensión entre la imprescindible intervención del Estado y el respeto de las libertades individuales y grupales.

Así sucede, por ejemplo, con la exigencia de un permiso obligatorio y específico para que las personas mayores de 70 años puedan circular en la Ciudad de Buenos Aires. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos, en su Resolución “Pandemia y Derechos Humanos”, adoptada el 10 de abril, recomienda a los Estados miembros que “el objetivo de todas las políticas y medidas que se adopten deben basarse en un enfoque de derechos humanos”. Y en particular señala que los gobiernos deben considerar en la implementación de medidas de contingencia el balance que debe existir entre la protección ante el Covid-19 y la necesidad particular de las personas mayores de conexión con sus familiares, para quienes se encuentran solos o en residencias de largo plazo”.

Pero algo semejante cabe decir de otras personas y grupos en situación de vulnerabilidad: personas que tienen enfermedades crónicas, personas privadas de libertad, mujeres, pueblos indígenas, niñas, niños y adolescentes, personas LGBTI, personas con discapacidad, personas que viven en pobreza, indigencia, y situación de calle,  profesionales y trabajadores de la salud entre otras. El cuidado debe ir unido al respeto, y la política a la ética y los derechos humanos.

Por eso, en una situación que exige decisiones radicales para la vida y el vivir, el campo de encuentro entre diversas disciplinas en la bioética tiene mucho para aportar a esa complejidad normativa. Las visiones de las profesiones de la salud y la salud pública en diálogo con la filosofía, el derecho, y las ciencias cuyos saberes se unen a las prácticas sociales, ayudan a un mejor  entendimiento de esa complejidad. Esa participación ha de extenderse a la información, la educación y la construcción de consensos para la emergencia sanitaria. La tarea principal de la bioética, en este nivel, es brindar aportes que puedan ser útiles para dar mayor coherencia ética y social a la imparcialidad, la equidad, la no discriminación y la solidaridad de esas políticas.

Esa problematización radical del vivir comunitario alcanza a la vez a la relación entre profesionales de la salud, pacientes y familiares. El cuestionamiento tradicional al modelo médico hegemónico y al rol paternalista de los profesionales de la salud se ha invertido en la situación de pandemia, cuando las sociedades han podido vislumbrar el valor esencial del Estado en la protección de la salud pública y han llegado a ver a esos profesionales como víctimas cuasi heroicas en el ejercicio de su trabajo. A la vez, pacientes y familiares han debido experimentar por imperio de medidas adoptadas ante la precipitada gravedad de las circunstancias, un paternalismo más fuerte aún que el propio de la medicina tradicional. Y esto es porque los standards de cuidado de la salud y el manejo de la información se ejercen hoy en un contexto muy diferente que amenaza su respeto. Por eso es que los comités de ética clínica o asistencial  y las comisiones de bioética deben estar representadxs en los distintos niveles de los comités institucionales de crisis, participando en el diseño de las respuestas ante la emergencia.

Y en otro de los tradicionales escenarios de intervención bioética que es el de las investigaciones en salud ante  una enfermedad con alta mortalidad y para la que no se tiene tratamiento ni vacunas, las vías rápidas de evaluación de esos estudios que procuran alcanzar resultados beneficiosos, nos enfrenta a la posibilidad de serios riesgos para el deber de protección de los derechos de las personas que participan en ellas. De ahí que los comités institucionales y las comisiones provinciales de ética deben ser fortalecidxs en su función de protección de esos derechos.

El deber de cuidar y el standard de cuidados

Las cuestiones que convocan a la reflexión bioética en la pandemia se relacionan con la problematización de la interdependencia e interrelación de todos los derechos humanos en un contexto en el que las políticas públicas frente a la emergencia sanitaria introducen un nuevo standard para el cuidado de la vida y la salud. El carácter extraordinario de este nuevo standard no debe disociarse en modo alguno de los standards ordinarios de cuidado, y el fundamentar la vinculación armónica entre ambos es una exigencia del aporte bioético a las políticas públicas. Para esa reflexión es necesario atender a la evidencia de los datos.

Se estima que la pandemia de gripe A de 2009 causó más de 200.000 muertes respiratorias en todo el mundo.  Y al observar la proyección piramidal de sus tasas de ataque no sólo podemos proyectar los datos y porcentajes de Covid-19, sino también reflexionar sobre el aspecto ético de las políticas públicas en sus respuestas a la pandemia de hoy.

El tipo de coronavirus de la actual pandemia denominado SARS-CoV-2 por Síndrome Agudo Respiratorio Severo por coronavirus 2, es nuevo y su morbimortalidad era desconocida hasta ahora. La enfermedad respiratoria grave que causa es la que llamamos Covid-19. Pero hay otros agentes infecciosos que pueden causar brotes de enfermedades infecciosas emergentes con potencial epidémico o pandémico, como ocurrió en 2009 con la pandemia de influenza A (H1N1), y cualquiera de ellos puede ocasionar una infección respiratoria grave con amenaza de muerte. Este dato es relevante para la evaluación ética de la asignación de recursos de cuidados generales y críticos durante la emergencia sanitaria, porque el tratamiento de las enfermedades habituales y de las reemergentes debe continuar bajo los standards ordinarios de cuidado.

Aunque el pico de la pirámide, en tanto probabilidad de la muerte de una persona es el resultado menos deseado en la atención de la salud, con la pandemia de Covid-19 se ha observado el desborde de muchos sistemas de salud en el mundo en cuanto a la disponibilidad de sus recursos y procedimientos para dar una respuesta racionalmente ordenada a esa emergencia y evitar muertes.

Paradójicamente, los países con mejores puntajes en el ordenamiento del Índice Global de Seguridad en Salud 2019, desarrollado por el Centro Johns Hopkins para la Seguridad de la Salud en cuanto a proteger a las personas de epidemias y desastres, han resultado los países con mayores desastres sanitarios: Estados Unidos tuvo el mejor puntaje y se ubicó en primer lugar, el Reino Unido fue el segundo, España el 15, Italia el 31 y China el 51. En nuestra Región y siempre en relación al mundo, Brasil ocupó el lugar 22, Argentina el 25, Chile el 27, y Ecuador el 45, mientras Cuba quedó relegada al lugar 110. Es evidente la contradicción entre ese estudio de corte estático y la realidad evidenciada en la dinámica de las políticas en salud pública entre unos países y otros. La bioética debe reflexionar sobre las diferencias entre esas políticas y su impacto sobre la población.

Cuidar a cada uno es respetar la dignidad humana

Si la pirámide epidemiológica de la pandemia de gripe A, y varios hechos registrados durante la actual pandemia de Covid-19 algo nos enseñan, es que la tarea de protección del derecho a la vida y la salud empieza por la base que es la población sana, sigue con los pacientes afectados que no requieren hospitalización, luego con los internados y finalmente con los cuidados críticos. Tener que decidir sobre asignar o no un respirador a un paciente que lo necesita es un drama ético inconmensurable. Pero mayor peso moral tiene la muerte de una persona por no haber podido acceder a los cuidados de salud o de persona alguna. Durante esta pandemia se han denunciado, en distintos países, la muerte de algunas personas en sus domicilios sin haber llegado a recibir atención en su salud. Y tanto más se ha denunciado la muerte masiva de personas mayores en establecimientos de cuidados geriátricos. Por eso la bioética tiene el deber de defender las políticas que hacen del cuidar a todos la estrategia de salvar vidas.Podremos salvar algunas vidas y otras no, dependiendo de nuestra habilidad en el uso de los medios con los que podamos contar, pero podemos y debemos tratar dignamente a todo ser humano en estado de enfermedad, cualquiera sea el recurso con el que contemos para poder asistirlo porque siempre podremos cuidarlo: antes, durante y después de una enfermedad.

El gobierno nacional ha dado este significado prioritario a su estrategia en el sentido de proteger la salud de todos y salvar más vidas. Pero “salvar el mayor número posible de vidas” no es un enunciado ético en sí mismo. Si “salvar el mayor número de vidas” se asocia a otros criterios como ganar el mayor número de años por el pronóstico de supervivencia a largo plazo, o a la calidad de vida que tengan las personas después de ser tratadas, o la subordinación a cálculos económicos egoístas, el utilitarismo de esas visiones pone en grave amenaza el respeto de derechos fundamentales fundados en el respeto de la dignidad humana.

El temprano aislamiento social obligatorio afirmó en el cuidado de la población en su totalidad el fundamento del objetivo de salvar vidas: son los cuidados de toda la población los que las salvan. Por eso se entiende que el marco de interpretación para el salvar más vidas que han de tener los cuidados críticos en el contexto eventual de recursos escasos frente a la pandemia no se ha de medir por la mera eficacia utilitaria de los procedimientos sino por el respeto de la dignidad humana de todas y cada una de las personas. Y todos los criterios del standard han de ser consistentes con este imperativo.

Si el respeto de la dignidad humana es el fundamento normativo en el que cobran significado todos los criterios de un standard nacional del cuidado de la vida y la salud en el contexto de una emergencia en salud pública, los valores y principios fundamentales y sus criterios particulares hay que ir a buscarlos en las prácticas sociales y el funcionamiento institucional relacionado con nuestra salud pública. Hay tres experiencias que son una fuente importante para establecer los criterios del estándar de cuidado que necesitamos: son las experiencias de la epidemia HIV-Sida, los trasplantes de órgano y la muerte digna.

Es desde esas experiencias que cobran sentido los valores, principios y criterios del deber de los cuidados generales, críticos y paliativos, y su proporcionalidad, imparcialidad, equidad, transparencia, no discriminación,  solidaridad y universalidad. Es con esos valores consolidados socialmente en modo de principios, que debemos establecer los criterios para un standard nacional de cuidados en salud en contextos de pandemia. Es  de ese modo que tendremos mayores garantías en la participación y el respeto comunitario de los mismos.

Fuente. JUAN CARLOS TEALDI para El Cohete a la Luna

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