CULTURA

La historia de la mayor imprenta clandestina que combatió a la dictadura

Recorrida por un sitio emblemático del horror. Los crímenes, los juicios y los testimonios de los sobrevivientes. La reconstrucción.

La historia de la mayor imprenta clandestina que combatió a la dictadura

“Ah, ya me imagino porqué ustedes están ahí”, dice una vecina señalándonos con su dedo índice y gesto de sabérselo todo. Nicoletta se acercó a la reja de la ventana que da a la calle Fructuoso Rivera al 1035 en el barrio Observatorio, la casa de la imprenta. La de los “guerrilleros” que hacían revistas.

La mujer, de unos setenta y pico e inocultable deleite por contar lo que al mismo tiempo jura ni-saber-ni-querer-contar; no pudo con su curiosidad y está allí para no perderse detalle del inusual movimiento de gente dentro de la que fuera la mayor imprenta clandestina que funcionó durante la última dictadura. El aire ensopado de la siesta de un febrero que apenas permite respirar la baña en transpiración, pero ella necesita expresar lo que vino a decir previo un inverosímil tire y afloje en tono yo-no-hablo-mal-de-nadie, pero.
-¡Mire usted! – se lamenta como quien ha sido engañada- Mis hijos jugaban con sus hijos acá en la cuadra. Y ellos en cosas raras…

-Señora, la pareja que vivía acá tenía una imprenta –le responde la militante y sobreviviente Susana Gómez, autora de un valioso libro-diario sobre su cautiverio-. Ellos difundían revistas, ideas. ¿Sabe usted que los torturaron, que los mataron y están desaparecidos?

-Mire, yo en eso no me meto… Si los mataron, eso ya fue. Pasó. Bien muertos estarán… Qué se yo. Andaban en algo y bueh… Lo que digo es que acá en el barrio parecían como todos y eran otra cosa. Y mis chicos jugaban con sus chicos y hasta venían a tomar la leche a esta casa ¡Imagínese!

No hay cómo no imaginar. Ya desde su fachada art noveau, toda la casa de Fructuoso Rivera 1035/39 permite entrar a su primer destino de hogar de militantes; de imprenta subterránea y, luego de su caída durante la Dictadura, de campo de concentración, tortura y muertes. Después vendría la usurpación facilitada por el ex juez Federal Miguel Angel Puga; la recuperación legal y su ahora próximo futuro de nuevo sitio de la Memoria para Córdoba. Carlos “el Vasco” Orzaocoa, abogado y sobreviviente, está orgulloso de refrendar a Página/12 que sí, que “aquí funcionó la imprenta clandestina más grande que hubo en el país. Incluso mucho más que la de San Andrés, en provincia de Buenos Aires”.

El Vasco recuerda ante un grupo de jóvenes militantes de Derechos Humanos, que “acá vivieron los compañeros Héctor Eliseo “El Negro” Martínez, su mujer Victoria “la Gorda” Abdonur y sus tres hijos: Walter, Laura y César. Cuenta que “abajo de esta casa chorizo” se construyó durante todo el ’73 y principios del ’74 un subsuelo “a diez metros de profundidad” donde se instaló “una imprenta que tenía hasta maquinaria alemana mejor que la de La Voz del Interior de ese momento”. ”Imprimíamos hasta 120 mil ejemplares de El Combatiente y La Estrella Roja. Y durante la (llamada) Primavera Camporista” que duró 49 días; hasta las vendían “en el kiosco de la esquina. Pero sabíamos que eso no iba a durar mucho –dice con los ojos clarísimos fijos en la tierra del patio-. Por eso nos seguimos cuidando”.

Cuidarse para Orzaocoa, que era parte del bureau político y de edición de imprenta; era mantener el secreto y la clandestinidad que arrancó con la construcción del sótano. “Miren, Héctor había sido empleado en la Fiat. Lo habían despedido y tenía una camioneta Ford F100. Ese vehículo fue clave en la construcción”. En su caja cubierta cada noche el Negro y sus compañeros militantes del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), “trasladaban la tierra que iban socavando y la tiraban en el río (Suquía), en las nacientes de La Cañada, que queda cerca. Ahí también traía a los trabajadores que se quedaban seis días a la semana en la casa a lo largo de un año”. Los militantes llegaban con los ojos vendados en la camioneta que conducía el Negro, para que no supieran la ubicación exacta.

El dueño de casa y el grupo de arquitectos e ingenieros del PRT-ERP contaron con el asesoramiento de los Tupamaros uruguayos “que ya se habían fugado de la cárcel”, de Punta Carretas; y hasta vinieron “mineros potosinos, del Cerro Rico, que eran expertos en túneles”.

Golpe a golpe

La casa y la imprenta funcionaron casi sin sobresaltos hasta el 10 de julio de 1976, cuando alguien le avisó a Victoria “la Gorda” Abdonur que venían por ellos.

Según los hijos, ese día su madre estaba en la peluquería del barrio cuando una mujer se acercó y le dijo algo al oído. Según contaron a dos redactoras del sitio web La Tinta, Victoria “salió tan rápido que ni se sacó los ruleros”. Ese mismo día con su esposo Héctor Eliseo Martínez y sus tres hijos huyeron con lo puesto. Primero a un hotel en algún sitio de Córdoba, y luego viajaron a Moreno, en provincia de Buenos Aires. Los represores los persiguieron y encontraron el 22 de junio de 1977. En el asalto a la casita que habitaban, asesinaron a Héctor, y se llevaron aún viva a Victoria que para evitar que se robaran o mataran a los chicos, salió envuelta en una sábana blanca a modo de rendición, y se entregó con Walter, Laura y el bebé César en brazos. Walter recuerda que su mamá, aún cuando le pusieron un arma en la cabeza, le repetía la dirección de su hermana Maruca, “la tía Maruca” en Córdoba.

Esa tía fue quien luego de su propio cautiverio y torturas en la casa de barrio Observatorio, se hizo cargo de sus sobrinos. Miguel Barberis y Matilde Sánchez, la pareja de militantes que estaban a cargo del trabajo de la imprenta, padecieron un destino similar. Todos fueron capturados, asesinados y desaparecidos. Durante los juicios se supo que los represores al mando de Luciano Benjamín Menéndez irrumpieron en la casa de barrio Observatorio el 12 de julio cuando ya no había nadie. Se sabe también que el coronel Carlos Carpani Costa al mando del asalto, se enfureció ante el supuesto falso dato, la nada que encontró. Pero tras insultar y maldecir, dejó montada una guardia “ratonera” por si alguien tocaba a la puerta: un modus operandi habitual durante toda la dictadura. Recién varios días después –y tal vez buscando algo para comer– uno de los soldados descubrió una de las dos entradas, la más pequeña, en el piso de mosaicos de la alacena, frente a la mesada. Fue cuestión de horas que encontraran la mayor, la del montacargas por donde se ingresaron las máquinas y salían las revistas, ubicada detrás de la heladera y un mueble.

Pero el golpe cuasi final al ERP ocurrió el 19 de julio de 1976, cuando poco después del mediodía, las huestes del Terrorismo de Estado allanaron un departamento en Villa Martelli y mataron a balazos a Mario Roberto Santucho y Benito Urteaga. Otro de los integrantes de la cúpula de la organización, Domingo Mena, había sido asesinado horas antes. Así las cosas, en pocos días el PRT-ERP se había quedado sin imprenta y sin conducción.

A partir de entonces la casa del Negro y La Gorda, en barrio Observatorio, mutó en campo de concentración de la Dictadura. Durante el Megajuicio-La Perla- Campo de La Ribera, hubo varios testigos y sobrevivientes que atestiguaron sobre las múltiples violaciones, tormentos y fusilamientos perpetrados allí. Una de las víctimas que dio su testimonio, fue María “Maruca” Abdonur, la hermana de Victoria.

Bocas del tiempo

No es fácil bajar a la imprenta. El barbijo apenas deja respirar y se ajusta a la nariz con una pieza de metal. Los anteojos se empañan. El polvillo flota y los guantes que hay que usar son enormes. Imposible prescindir de ellos para aferrarse a la herrumbrada escalera de incendio que se corta a los seis o siete metros. Algo o alguien cortó el resto. Desde su fin hay que saltar a otra escalera metálica que sostiene Jesús (sí, así se llama el trabajador que cumple esa tarea). Arriba avisaron: el sótano-imprenta-túnel no es apto para claustrofóbicos ni para quienes padezcan de vértigo.

Por eso antes del descenso por escalones (demasiado) separados entre uno y otro como para no sentir el vacío debajo los pies a cada paso; un grupo integrado por jóvenes ingenieros, antropólogos y museólogos muestran a esta cronista el “plano general para ubicarse en el espacio casa-imprenta”. Luego del living, en la vivienda-chorizo se suceden dos piezas, hasta que se llega a la cocina, el lavadero y el baño. Es debajo de estos tres últimos cuartos que se extiende, a modo de vagón de tren abovedado, el sótano donde funcionó la imprenta clandestina. Recién entonces señalan sus dos entradas. Esas que a los represores les llevó varios días descubrir.

La más estrecha y por la que bajaban los redactores y gráficos durante los dos años y medio que funcionó a pleno, es un cuadrado de unas cuatro a seis baldosas con su mampostería de cemento incluída, disimulado en el piso de una alacena en la cocina. La “tapa” se levantaba cada vez que los militantes entraban o salían. Esa era la entrada habitual para Matilde Sánchez y Miguel Barberis, los encargados del trabajo cotidiano. La otra entrada estaba a la vuelta de esa alacena, en dirección al patio y oculta detrás de un mueble y una heladera. Ahora se la ve abierta: es un cuadrado de metro y medio por metro y medio “de piso bien grueso que pesa más de dos toneladas”, y que se acciona con un sistema de poleas y pesas. Un montacargas cuya entrada se abría tocando una llave de luz común que ponía en marcha todo el mecanismo de apertura que sólo se utilizaba para entrar el papel, la tinta, o sacar las revistas a la superficie. Según Orzaocoa, por ahí ingresaron las rotativas. “Dos Rotaprint, dos impresoras Cabrenta, una guillotina Krausse, las mesas de trabajo y los elementos para la edición y sala de fotografía”.

“Estuve muchas veces en la casa y en la imprenta” –memora el Vasco– y no, no había ruidos de ningún tipo. Se había hecho un buen trabajo”.

Bajo tierra

Ya diez metros bajo tierra es Federico Strezelecki, un joven ingeniero civil, el encargado de guiar a esta cronista. A la entrada, a la izquierda, hay dos pequeños cuartos con piso más elevado donde se hacía acopio del papel, la tinta y el material impreso. A esa especie de “depósitos”, le sigue la nave central: una construcción en bóveda con techo y paredes en arco.

Se puede caminar sólo por un listón plástico que se extendió para no pisar los “mosaicos flexiplast” originales que el agua y la tierra de más de 40 años han estropeado y a la vez mantenido, como a todos los materiales que se encontraron. “Papel, goma, plástico, metal y demás cosas que estamos clasificando”, según explicó Valentina Saban, del equipo de antropólogos. La tierra, una vez más, hizo de cofre (como solía escribir Hamlet Lima Quintana) para “documentos que se hubieran perdido para siempre si el barro no los cubría”.

A lo largo de la bóveda que es muy parecida a una cripta religiosa, se notan a simple vista la diferencia de estilos de los mineros bolivianos en la parte trasera, con sus premoldeados de hormigón; y la delantera con algunas barras de metal sosteniendo la mampostería de “los Tupas que (en 1971) habían logrado un escape cinematográfico del penal” de Punta Carretas en Montevideo. Una fuga de 111 presos que, en su momento, lideraron Pepe Mujica y Eleuterio Fernández Huidobro.“Mire, yo siento que los militantes, los redactores de entonces nos esperaban cuando bajamos por primera vez. Que nos dijeron ¡por fin llegaron! Ellos tenían la misma edad que nosotros ahora”, dice el ingeniero y muestra las pintadas intactas. “Hay que preparar hombres que no consagren a la revolución sus tardes libres, sino toda su vida”, Lenin. PRT, se lee en una de las más extensas. Y la pintada de los “compañeros cubanos” que la visitaron: “Seamos como el Che”y otras consignas.

También hay violentos estallidos de tinta roja sobre algunas leyendas: “Fueron los milicos cuando entraron”, explica Jesús Tello, y también señala una cruz esvástica dibujada en negro cerca del baño (que tenía su propio pozo) y la cocinita, al pie de la escalera. Allí abajo, en la que fuera la imprenta de libros, revistas y volantes, apenas nos iluminan algunos focos eléctricos y la claridad que baja desde la entrada mayor abierta de par en par en la superficie. La boca gigante del montacargas. Miro hacia arriba. Se ve tan lejos. Intento sacarme un guante para tomar nota y me advierten: “No, esto está lleno de una bacteria que puede provocar neumonía”. Y me muestran un cable que parece brotado de grumos oscuros.

La ventilación es buena al punto de que pasado el primer momento, uno puede olvidar de que está en un oxímoron terroso más profundo que cuatro o cinco tumbas una sobre la otra. O una debajo de la otra. Entonces pienso en otros soles y otras sepulturas. Pienso en el mausoleo de Eva Perón en La Recoleta. Tuvieron que enterrar su cuerpo embalsamado diez metros bajo tierra para evitar que se repitiera su robo y su peregrinar de 16 años. Militar tras militar, continente tras continente. Pienso en la historia de nuestro país donde para imprimir ideas que pretendían librar del hambre, la pobreza y la desigualdad; y hasta para cantar canciones que denunciaban ese (mal) estado de cosas; hubo quienes debieron partir al exilio o como en este caso, cavar túneles, insonorizar paredes, construir escondites, plantar tubos que atravesaran todo y el techo –alrededor del tanque de agua– para respirar el aire, adivinar el cielo y sentir que no estaban ni vencidos ni enterrados. Pienso en el Vasco que sigue atestiguando arriba; pero también en Roberto Matthews, “Carlitos” un joven militante asesinado mientras repartía las revistas a principios del ´75. La imprenta subterránea lleva su nombre desde entonces. Ya se llamaba así cuando la hija de Rodolfo Walsh, “Vicky”, la visitó poco antes de su muerte. Todas esas huellas están en las paredes, en las escaleras imposibles y en los documentos recuperados. ¿Cuándo se podrá visitar este nuevo sitio de Memoria “y resistencia”? Quizás en uno o dos años, cuando todo haya sido puesto a salvo: lo que quedó y lo que intentaron destruir.

Durante el Megajuicio de La Perla que duró tres años, nueve meses y 28 días, los represores en el banquillo se mostraron obsesionados con esta imprenta. Ernesto “el Nabo” Barreiro solía blandir durante sus largas exposiciones de auto-defensa, ejemplares de La Estrella Roja y El Combatiente. Para él y la mayoría de sus cómplices, esas revistas eran, per se, prueba irrefutable de “culpabilidad” y merecedoras de la violencia que ejercieron.

Cuarenta y cuatro años después como ha ocurrido siempre –y seguirá sucediendo– las ideas de libertad y las letras que las expresan le ganaron a las balas.

Juez, complicidad y regalos

Por Marta Platía

“A esta casa la recuperamos tras un juicio larguísimo –le contó el abogado y sobreviviente Carlos Orzaocoa–. Después que la allanaron los militares en julio de 1976, y la usaron de campo de concentración; un juez (federal, Miguel Angel Puga) se la cedió a Héctor Varela, un empleado judicial de su confianza, quien la puso a nombre de su esposa, Ofelia Cejas. La pareja vivió décadas en la casa e intentó quedarse con la propiedad alegando que los dueños desaparecidos se la habían vendido a una mujer en abril de 1976, y que esa supuesta propietaria, vivía ahí cuando ellos llegaron. Pero Orzoacoa y los hijos de Héctor y Victoria lograron probar que los usurpadores mentían: esa persona había muerto en agosto de 1973. La línea de tiempo no cerraba. Este caso se tomó como una muestra más de la “generosidad con lo ajeno de algunos de los miembros de la Sagrada Familia”. El ex juez Puga fue juzgado y condenado en el llamado juicio a los magistrados en noviembre de 2017 por los fusilamientos en el invierno de 1976, de 31 presos políticos a cargo del Poder Ejecutivo Nacional en la UP1, la Cárcel de Barrio San Martín.

Fuente. Pagina12

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