ECONOMIA

Una política cambiaria sin convicciones

La política cambiaria ingresó en un laberinto. En efecto, si se analiza la trayectoria del tipo de cambio en las últimas semanas, se observa que no se tuvo en cuenta ni la idiosincrasia, ni la historia económica, ni el proceso de formación de precios domésticos. En nuestro país, el dólar no es un precio más de la economía, es EL valor de referencia. Los efectos no están desacoplados, ya sea por el precio de bienes primarios exportables y su cadena de valor, o por la significativa cantidad de insumos intermedios importados en la industria o por comportamientos de imitación y expectativas.

Un análisis comparado de incidentes de presión cambiaria en mercados emergentes demuestra que el comportamiento de la autoridad monetaria debe tener tres características: ser simple, efectiva y robusta. Simple, utilizando instrumentos transparentes y con impacto directo, para que el mensaje sea claro. Efectiva, mostrando capacidad de gestión inmediata, construyendo al mismo tiempo credibilidad. Robusta, enviando una señal fuerte, e incluso sobrerreaccionando, para torcer expectativas y reinstalar la confianza. Las autoridades deben demostrar su convencimiento de que el camino elegido es el correcto.

En este marco, durante el presente episodio de tensión cambiaria se advierte un accionar sin convicción. El Banco Central dejó correr la suba del tipo de cambio durante varias semanas, esperando pasivamente una autorregulación de la oferta. No sólo eso, sino que tras haberle comprado dólares al Tesoro nacional por 500 millones de dólares el 24 de julio (por segunda vez en el mes), cuatro días más tarde se desprendió de 305 millones de dólares en reservas. Esto resulta contradictorio, ya que el Banco Central debió haber dejado que el Tesoro descargue esos dólares en el mercado, de manera de contribuir a aumentar la oferta de divisas, aplacar las presiones y sacrificar menos reservas.

La intervención tardía finalmente ocurrió, al establecer un techo para el tipo de cambio. El tener un valor fijo o semifijo genera incentivos para que el mercado le tome el pulso a la autoridad monetaria. Esto refleja el sesgo a utilizar la tasa de interés como único instrumento para hacer “todo” el trabajo de política monetaria y cambiaria, lo cual constituye una subutilización de las herramientas disponibles.

Cada vez se requiere una tasa más alta para rescatar los pesos sobrantes de la economía. Los números son elocuentes. En las últimas dos licitaciones mensuales, con vencimientos récords, el ente rector no pudo renovar el total de los vencimientos, dejando $136.700 millones en el mercado el 21 de junio y $65.200 millones el 19 de julio, lo que luego le significó una mayor agresividad casi a diario en el mercado secundario, finalizando junio con un exceso de $39.800 millones y julio con un exitoso retiro de $62.300 millones. En el próximo vencimiento mensual de Lebac del 16 de agosto vencen $535.000 millones (56% del stock total en circulación según últimos datos), por lo cual si no se renueva más del 80%, otra vez estaremos ante una inyección de pesos abundante, y consecuentemente con una mayor tasa en el mercado secundario y presión cambiaria.

La autoridad monetaria debe evitar cambios bruscos que puedan afectar al resto de las variables, dentro del concepto de equilibrio general de la economía. En nuestro país existe una alta sensibilidad de la población a movimientos cambiarios abruptos, arraigada en acontecimientos de inestabilidad, confiscaciones y devaluaciones. Estas conductas económicas no se reconfiguran de un plumazo. Falta un trecho para considerar a la economía argentina como “normalizada”. Estamos en presencia de una transición con movimientos pendientes de precios relativos.

Los países emergentes enfrentan creciente incertidumbre por la volatilidad en el flujo de capitales internacionales. En la intervención en sus respectivos mercados, para estabilizar movimientos que se consideren disruptivos, se observa una distintiva participación en el mercado cambiario aún en aquellos países que han adoptado metas de inflación. Todo esto no hace más que demostrar que una flotación administrada profesional, es decir que no busque tapar los fundamentals, es el esquema más adecuado para la transición hacia el equilibrio de largo plazo de nuestra economía. Al mitigar las fluctuaciones, se evita distorsionar las señales de precios relativos para el ahorro, la inversión y el consumo. Este enfoque es el que permite una política cambiaria autónoma y no el resultado de una señal política.

El ente rector tiene todos los instrumentos para darle tranquilidad al mercado cambiario y marcar un sendero no explícito. Las intervenciones del Banco Central vendiendo divisas deben tener un impacto que se refleje en una sensible baja en la cotización del tipo de cambio. La única manera que el mercado entiende señales, es cuando pierde con respecto al día anterior.

En los próximos meses, no hay espacio para la tibieza. La política cambiaria debe ser consistente e independiente. La acción contundente e inequívoca de la autoridad monetaria en el manejo cambiario, permitirá generar la previsibilidad y fortaleza necesaria para aislar cualquier tipo de inestabilidad. Esta presencia no debería estar asentada sobre componentes de orden político, sino en la plena convicción de que una política cambiaria anticíclica, que amortigüe picos y valles en el tipo de cambio, es el mecanismo más robusto para navegar este período transicional de la economía, mientras vamos pavimentando el camino para todos los argentinos.

Fuente: ámbito.com

 

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