POLITICA

Una década en la que se cumplieron las tareas de la democracia inconclusa

El 25 de mayo de 2003 se inició un proceso de transformación histórica en la Argentina que podría sintetizarse en la siguiente frase: lo viejo comenzó a morir y lo nuevo sigue naciendo.

Una década en la que se cumplieron las tareas de la democracia inconclusa

En el marco de los 30 años de democracia, la década kirchnerista asumió las tareas de la democracia inconclusa para unir las libertades democráticas con la inclusión de las grandes mayorías que habían quedado excluidas de los derechos sociales.

Lo viejo, el modelo neoliberal implantado a sangre y fuego por la dictadura militar, y continuado en democracia por el menemismo que lo profundizó hasta el estallido de diciembre de 2001 durante el gobierno de la Alianza.

Fue un modelo de desindustrialización, endeudamiento del país, desocupación y ruptura del tejido social solidario que tuvo su origen en el terrorismo de Estado.

Lo nuevo, el gobierno encabezado por Néstor Kirchner y continuado por Cristina Fernández de Kirchner comenzó a desarticular cada paradigma del modelo neoliberal a contramano de las imposiciones del capitalismo financiero internacional.

El estallido de ese modelo, que en Argentina se anticipó en 2001, hoy se refleja en la bancarrota de los países capitalistas desarrollados y que, de no existir la decisión política adoptada a partir de 2003 de romper con las viejas recetas, hubiera provocado en el país una nueva y poderosa crisis superior, incluso, a la que vive actualmente Europa.

La desarticulación del primer paradigma, la desindustrialización, consistió en impulsar el desarrollo de la industria a través de “la acción disciplinadora del Estado sobre la burguesía nacional existente, o la nueva que nazca por la sustitución de importaciones y el proteccionismo” como “apuesta final para que la elite empresaria, sujeto económico esquivo en comprometerse con los destinos del país, sea un actor activo en la ampliación de la frontera productiva, en la creación de empleo, en el aumento de las exportaciones, y en definitiva, en el desarrollo nacional”. (Alfredo Zaiat, “Economía a contramano”)

Esta política fue acompañada de decisiones tendientes a lograr la soberanía económica: desendeudamiento con los organismos financieros internacionales; renegociación de la deuda externa y cancelación de la deuda con el FMI.

Un paso decisivo fue la nacionalización de las AFJP para que los depósitos previsionales volvieran a estar en manos del Estado, asegurando así que los haberes de trabajadores, futuros jubilados, no se perdieran en las especulaciones bursátiles y que los actuales pudieran seguir cobrando, en tanto que el gobierno puede disponer de recursos para impulsar la producción.

La creación de nuevos puestos de trabajo posibilitó la reconstrucción del mercado interno mediante el consumo y en esto también influyeron la reactivación de las paritarias, en las que los trabajadores, a través de sus sindicatos, pudieron volver a discutir con los empresarios las pautas salariales.

Otros hechos estratégicos para reconstruir la economía fueron la reestatización de Aerolíneas Argentinas, línea de bandera destinada a desaparecer en manos privadas y la nacionalización de YPF, para recuperar la soberanía energética.

La Asignación Universal por Hijo destinada a quienes aún están desocupados no sólo fue una medida de estricta justicia social, sino que también contribuyó a fortalecer el mercado interno.

Por un momento habría que detenerse a pensar qué hubiera pasado con la economía del país si Néstor Kirchner, con el decidido apoyo del venezolano Hugo Chávez, no hubieran podido impedir el intento del entonces presidente norteamericano, George Bush, de aplicar en la región el ALCA durante la Cumbre de las Américas que se desarrolló en Mar del Plata.

La crisis de sobreproducción que hoy viven los países capitalistas desarrollados se hubiera volcado sobre los países latinoamericanos destruyendo los intentos de industrialización, como en el caso de la Argentina.

En lo político y económico a escala regional la gestión kirchnerista impulsó la integración regional con el fortalecimiento del Mercosur, la Unasur y la Celac, organismos que pueden actuar en forma mancomunada frente a las pretensiones de las naciones desarrolladas de manipular las economías regionales y modificar el rumbo de los gobiernos.

Otro paradigma desarticulado en estos diez años fue el que sostenía que las violaciones a los derechos humanos cometidas durante la dictadura ya no podían ser juzgadas y que ese capítulo lo habían cerrado el punto final, la obediencia debida y los indultos a los represores.

El gobierno logró derogar esas leyes y se retomaron los juicios a los responsables de la represión. Muchos de ellos cumplen condenas y como dato emblemático se puede decir que el dictador Jorge Rafael Videla murió en prisión.

Los derechos sociales y la igualdad ante la ley también  alcanzaron su momento de justicia con la sanción del matrimonio igualitario -una medida que los sectores conservadores no pudieron impedir- y la identidad de género.

La Ley de Comunicación Audiovisual, resistida por grupos mediáticos que interpusieron medidas cautelares ante la Justicia, sigue su camino, y la decisión de la Corte Suprema de declararla constitucional constituyó un triunfo en ese proceso.

Lo importante de la ley de medios es que logró instalar un debate en la sociedad sobre qué significa la libertad de expresión y si ésta sólo puede estar concentrada en un grupo de empresas o debe multiplicarse a través de la creación de distintos medios que no puedan monopolizar la información.

Un capítulo aparte -aunque relacionado con todos los paradigmas que se fueron desarticulando durante estos diez años- es la incorporación masiva de la juventud a la actividad política, un hecho que parecía no volver a repetirse después la noche de la dictadura y el modelo neoliberal, basado en el individualismo y la falta de compromiso social.

Esa incorporación no se da sólo en el interés por la política y el debate -sobre todo en los estudiantes secundarios y los jóvenes trabajadores- sino en la militancia a través de  distintas organizaciones.

El voto a los 16 años destruye otro paradigma: “no están preparados para decidir”, otro viejo prejuicio conservador que también ha comenzado a morir.

Fuente: Télam

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