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Para la ciencia y el turismo, reabren El Shincal, “la Cuzco de Argentina”

Se encuentra a 1300 metros de altura, a 280 kilómetros de San Fernando del Valle de Catamarca. Fue la capital meridional del Imperio Inca, a mediados del siglo XV. Lo pondrán en valor para su estudio y los visitantes.

Para la ciencia y el turismo, reabren El Shincal, “la Cuzco de Argentina”

A unos 280 kilómetros al noroeste de San Fernando del Valle de Catamarca, surgen entre los cerros pardos bañados por el sol las ruinas de El Shincal. “La Cuzco de Argentina”, la definen las autoridades que hoy lanzarán en el Museo Nacional de Bellas Artes su puesta en valor, coordinada en conjunto entre la Gobernación de Catamarca, el CONICET, el Ministerio de Turismo y el de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva.

Por su ubicación estratégica y su imponente arquitectura –señalaron–, se trató de la capital meridional del Imperio Inca. “Es uno de los primeros centros incaicos de toda Latinoamérica, de mitad del siglo XV. Lo que pasa es que estaba oculto, se descubrió hace relativamente poco, en un valle rodeado de montañas. Hoy ves los vestigios de esa civilización y te impresiona, te da sensación de que estás rodeado de vida, notás un centro enérgico importante”, comentó a Tiempo Argentino la directora de la Casa de Catamarca, Yanina Martínez.

El Shincal de Quimivíl se encuentra en el departamento de Belén, al extremo meridional del valle de Hualfín, a menos de 10 kilómetros de la localidad de Londres y a unos 1300 metros de altura, entre el río Quimivíl y el río Hondo. Estuvo habitado durante casi un siglo, hasta aproximadamente 1536, con un trazado urbano similar al de Cuzco, como capital provincial y de rol estratégico en el camino del Inca entre el norte y la zona de Mendoza. Hasta 1981 estuvo tapado por los arbustos “shinki”, casi olvidado, hasta que el doctor de la Universidad de La Plata, Rodolfo Raffino, dio con él y retomó los estudios del lugar, en 1978. Aún hoy sigue trabajando con su equipo de arqueólogos en el lugar y supervisando el avance de las investigaciones y los hallazgos que siguen reproduciéndose. La puesta en valor del sitio se realizará bajo las normas y la información de Raffino, también miembro del CONICET. Según detalló a este diario, parte de sus investigaciones fueron financiadas por subsidios de la National Geographic Society, otorgados en 1984, 1991 y 2001.

“Es el sitio arqueológico, desde el punto de vista incaico, más importante de la Argentina. Es una pequeña reproducción a escala más chica de lo que sería Machu Picchu, y está en permanente crecimiento”, destacó a Tiempo el licenciado en museología, Carlos Fernández Balboa, que trabaja junto a Raffino y su equipo multidisciplinario en la puesta en valor del sitio y el montaje del museo. En estos años las doctoras Aylen Capparelli y Verónica Lema también elaboraron un herbario de la zona, para conocer las plantas utilizadas por los Incas, identificando una veintena de especies, algunas de ellas medicinales, con sus diferentes funciones en la comunidad, y reconocieron procesamientos posteriores a la cosecha en el uso prehispánico de algunos de sus recursos alimenticios, como el maíz y el algarrobo.

“El sitio permite comprender el desarrollo del mundo incaico en la Argentina, y cómo su camino tiene un lugar paradigmático dentro de nuestro país, para poder mostrárselo al turismo y poder hacer investigaciones que permitan entender un poco mejor cómo era el imperio incaico que llegó a nuestro país. Uno quizás lo vincula más a Perú o a otros lugares, pero difícilmente imagina que ese sitio puede estar en la Argentina. Es el país que no miramos”, agregó Balboa.

Tras 12 años de trabajos, el grupo de arqueólogos pudo determinar el “ushnu”, que los incas colocaban en las plazas de las principales ciudades que construían: un altar donde presidían las ceremonias más trascendentes del calendario ritual. Es de los más grandes de la parte sur. También dieron con las “kallankas”, grandes construcciones que podían utilizarse como viviendas comunales, refugio de guerreros y peregrinos o fábricas de elementos textiles. En una de ellas, que perteneció a estamentos altos de la sociedad, hallaron restos de maíz y de carne de camélidos, a diferencia de otra habitada por clases inferiores, probablemente albañiles, en la que los restos daban cuenta de una dieta compuesta por animales de caza.

Los dos cerros de veintena de metros que la circundan eran usados como altares ceremoniales y rituales agrícolas, a los que se llegaba a través de escalinatas de piedra. Los solsticios de invierno y verano, asociados a la siembra y la cosecha, eran las principales festividades. La calidad de los 100 edificios, el espacio para las reuniones masivas, los numerosos galpones de almacenes, la diagramación de la urbe de unas 21 hectáreas con la plaza central, las colinas amuralladas, las atalayas y corrales, y el camino del Inca, dan cuenta de su importancia como centro político, religioso, militar y económico, de los más importantes de todo el Tawantinsuyu. Mientras en otros sitios incaicos radicados en la Argentina se encontraron no más de un 8% de alfarería incaica, aquí supera el 40 por ciento. También se vislumbra las avanzadas técnicas de cultivo e ingeniería, con un acueducto de casi 3 kilómetros que suministraba agua a la población desde el río Quimivíl.

Shincal caerá ante la invasión y conquista de las expediciones españolas, a cargo de Diego de Almagro, quienes usaron en gran parte los caminos del inca construidos un siglo atrás, pero aún hoy quienes pisen el suelo rocoso sentirán el aire de los cerros, el sol, los ríos y los vientos, los arbustos y animales, los espíritus y las escenas que supieron ser cotidianas para una numerosa población siglos atrás, cuya historia y cultura merecen ser conocidas.

Fuente: Tiempo Argentino

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